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| 5/12/2018 9:15:00 PM

La odisea de Falcón, el único candidato al que se enfrentará a Maduro

A una semana de los comicios, el opositor Henri Falcón juega sus restos por lograr lo imposible: derrotar a Nicolás Maduro, un presidente que ha amañado todas las reglas para perpetuarse en el poder.

Henri Falcón quiere derrotar a Nicolás Maduro La odisea de Falcón, el único candidato al que se enfrentará a Maduro

Venezuela se acerca a una de las elecciones presidenciales más absurdas de su historia. Convocadas a destiempo (el periodo termina el 10 de enero de 2019), con los principales líderes de la oposición inhabilitados o presos (incluyendo las dos figuras que encabezan encuestas desde hace un lustro, Leopoldo López y Henrique Capriles) o en el exilio; con una campaña de apenas 25 días, un férreo control de medios de comunicación y con toda la maquinaria del Estado apoyando descaradamente la opción oficial, parecen la antítesis de la democracia.

Pero una candidatura opositora unitaria en Venezuela para las elecciones del 20 de mayo tendría garantizado su triunfo sobre Nicolás Maduro, quien busca continuar llevando las riendas del país hasta 2025. En efecto, en condiciones normales todo estaría dado para un cambio en el palacio de Miraflores. Venezuela soporta una hiperinflación del 80 por ciento mensual y se calcula que cerrará el año con un acumulado de 14.000 por ciento, según el FMI. El rechazo a la gestión de gobierno no ha bajado de 70 por ciento en dos años. El presidente en ejercicio es incapaz de generar simpatías. El potencial electoral opositor es de 7 de cada 10 votantes.

Pero esa candidatura ideal no existe, y a pesar del progreso del candidato opositor Henri Falcón, la oposición tiene pocas posibilidades de ganar. De hecho, la mayoría del país cree que Maduro se mantendrá en el poder. Por ejemplo, un sondeo de la empresa Ratio Ucab –perteneciente a una prestigiosa universidad caraqueña– sostiene que el 71 por ciento de quienes se identifican con el chavismo está convencido de apoyar a Nicolás Maduro el 20 de mayo.

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Ratio Ucab concluye que el chavismo se ha reducido a una clientela fija, inmóvil y sin futuro (solo 11 por ciento tiene menos de 25 años), que considera buena la labor de gobierno en 87 por ciento, un porcentaje igual al de quienes reciben alimentos subsidiados directamente en sus hogares –los Clap–. Es una cohesión casi perfecta. La firma More Consulting cruzó variables y estima que cuatro millones de portadores del ‘carnet de la patria’, que votaron a favor del oficialismo en 2017, piensan que el sufragio no es secreto y además reconocen que dependen exclusivamente de los Clap para comer. De ahí que son un voto cautivo del gobierno.

Por eso, Maduro podría ganar incluso sin fraude. El presidente, a pesar de su techo electoral, puede salir beneficiado de una baja participación. Y el gobierno lo sabe y ha generado condiciones para desestimular el voto.

A esos factores se enfrenta Henri Falcón, el exgobernador del estado Lara, quien emprendió una quijotesca campaña en solitario a pesar de que su pasado chavista le acarreó la desconfianza de muchos que veían en él un testaferro para legitimar el triunfo del dictador. Lo hizo luego de que la coalición Mesa de la Unidad decidió no participar en lo que califican de “simulacro”, “farsa”, “pantomima electoral” sin condiciones de transparencia. No hay que olvidar que en julio de 2017 la empresa responsable del software de totalización denunció que las autoridades manipulaban los números (por lo que le cancelaron su contrato). Ni que en las regionales de octubre se demostró que los resultados del estado Bolívar –al sur– fueron cambiados para favorecer al chavismo.

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Falcón, no obstante, se lanzó con la premisa “si votamos, ganamos”. Está convencido de que una avalancha de votos superaría las pretensiones fraudulentas “del gobierno tramposo del candidato del hambre”, como se refiere a su contendor. Así, se lanzó al ruedo sin el apoyo de la mayoría de los partidos, que comenzaron a atacarlo por haber roto “la unidad”.

Llegados a mayo de 2018, y a una semana de la elección, Falcón ha debido lidiar con tirios y troyanos, incluso combinando su mensaje: por una parte, promete liberar presos políticos, apelando a la oposición más convencida; y, por la otra, habla de garantizar una transición en paz, con respeto y sin persecuciones, en mensajes destinados a quienes aún pululan en la alianza gobernante.

Se trata de una continuación de sus posiciones ecuánimes, nunca polarizadas, abiertas al encuentro y promotoras de una vía sin confrontación. Su campaña, de hecho, se ha basado en una propuesta rompedora: dolarizar la economía, lo que según asegura pararía en seco la hiperinflación y devolvería al país a una senda de desarrollo.

Falcón se ha rodeado de políticos moderados, dirigentes tradicionales, hombres de izquierda –en la que se define– e impulsores comunitarios. Además, ha contado con el impulso de un tecnócrata reconocido, el economista Francisco Rodríguez, quien encabezó la redacción del programa de gobierno y es pilar de un equipo que le da forma a una campaña que debe emocionar a un país desmotivado.

Su trabajo ha sido hacer de Falcón una figura nacional y rellenar un vacío. El político nunca fue una opción que despuntara. Hasta que coló su candidatura en 2018, era un líder de rango mediano, con un partido de influencia regional y sin representación en la mesa de las grandes decisiones, esa que negoció acuerdos con el gobierno en República Dominicana y tiene acceso a múltiples mandatarios del mundo occidental.

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Ahora Falcón es un referente. Pero para sacar más votos que Nicolás Maduro el 20 de mayo, requiere dos factores importantes. El primero, que la participación sea lo suficientemente abultada como para que supere el techo electoral del mandatario. El segundo, que se imponga una candidatura única, por acuerdo o por economía del voto.

Lo primero no es tarea fácil, al menos no en el actual ambiente de campaña, tan apagada como no se había visto en décadas. Varios estudios de opinión, como Delphos o Ratio Ucab, ubican la disposición a votar en cerca del 52 por ciento, la más baja para una elección presidencial en 25 años.

Y lo segundo tampoco, pues la estrategia de Falcón de “hablarles a los chavistas” para minarle piso político al presidente, como admiten en el partido Avanzada Progresista, podría quedarse corta ante el surgimiento de la candidatura del pastor evangélico Javier Bertucci, que nunca estuvo en el panorama antes de febrero. Ningún cálculo pudo predecirlo. Henri Falcón tampoco. Y ahora se le ha convertido en un problema.

Todos los estudios de opinión ubican a Bertucci, un empresario neófito en política, entre 10 y 20 por ciento de las preferencias. Es un outsider con una campaña simple, directa y diáfana: reparte platos de sopa a los hambrientos (que los hay por millones) y promete riqueza y que haya de nuevo comida para todos.

La encuestadora Delphos estima que la cuarta parte del electorado del pastor es chavista “inconforme”, los que no quieren a Maduro. Algo que pudo haber sorprendido a Falcón, quien aspiraba a convencerlos al ser, también, un disidente de la revolución que apoyó hasta hace una década.

Falcón requiere, entonces, encarar su última semana en carrera impulsando al máximo su aceptación entre opositores convencidos. Necesita lo que tanto ha evitado: polarizar con el chavismo. Especialmente, porque los sondeos ubican al voto indeciso siempre por encima del 15 por ciento, algo inaudito y hasta inédito en procesos presidenciales venezolanos tan cerca de los comicios.

No obstante, varias encuestadoras, y su propia campaña, están convencidas de que Falcón tiene la primera opción de triunfo si la participación supera el 65 por ciento, pues Maduro tiene un techo electoral. Si el dato llegara a 80 por ciento, como en la elección de 2013, el opositor arrasaría. Pero nada garantizaría que el gobierno no recurriera al fraude para asegurar su permanencia en el poder

Así, el 20 de mayo podría quedar inscrito en la historia reciente venezolana como otra oportunidad perdida, una que abra las puertas a que Maduro salga reelecto, envalentonado con una Asamblea Constituyente superpoderosa. Con ella enfrentará a una oposición en desbandada que deberá buscar, de nuevo, cómo reconfigurarse, y a una comunidad internacional que ha anunciado que no reconocerá su eventual triunfo.

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