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| 3/2/2019 5:00:00 AM

¿Es esto lo que le conviene a Colombia?

El presidente Duque se ha jugado la carta de líder regional y de socio de Trump en la cruzada contra Maduro. Esa apuesta le ha funcionado en el corto plazo, pero encierra riesgos a futuro.

¿A Colombia le conviene una guerra con Venezuela? La imagen favorable del presidente Duque ha aumentado de 25 POR CIENTO a más de 40 en las encuestas por cuenta del manejo que le ha dado a la situación en Venezuela Foto: AP

En las últimas semanas la imagen favorable del presidente Iván Duque ha venido creciendo. Según las más recientes encuestas, su favorabilidad pasó de un promedio de 25 por ciento a una cifra superior a 40. Esas mismas encuestas demuestran que ese salto obedece, en gran parte, a la posición que el presidente Duque ha tenido frente a la crisis venezolana. El mandatario ha liderado en el continente la cruzada para lograr la transición a la democracia en ese país.

Si Maduro cae pronto, Duque se convierte en un héroe para Colombia, Venezuela y el continente. Si Maduro se atornilla, las cosas se complican para el país.

De hecho, según la última encuesta de Guarumo Econonalítica, el 65,5 por ciento de los consultados respaldan el manejo que el Gobierno le ha dado a ese tema. Solo el 29,9 está en desacuerdo. Esa cifras son muy alentadoras para Duque, y confirman que la bandera de anti-Maduro le ha dado al presidente peso y al Gobierno rumbo. Sin embargo, los efectos que pueden tener hacia el futuro las posiciones de este Gobierno frente a su vecino aún están por verse.

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De todos los países del mundo el que tendría que ser más prudente en su relación con Venezuela debería ser Colombia. No solo tiene 2.200 kilómetros de frontera en común, sino que millones de compatriotas viven en el vecino país, así como otros millones de venezolanos viven en Colombia. Por otra parte, Maduro es un personaje impredecible, acorralado y armado hasta los dientes. El chavismo ha invertido más de 10.000 millones de dólares en armamento, que incluye aviones bombarderos de última generación, centenares de tanques y miles de cohetes. Ese arsenal supuestamente estaría destinado a defenderse de una eventual invasión norteamericana. Pero, en la práctica, el único país contra el cual podría ser utilizado es Colombia.

Los países que no son vecinos, comenzando por Estados Unidos, no tienen ese riesgo. Brasil tiene frontera con Venezuela, pero es remota, selvática y de poca densidad poblacional. Entre esos dos países no hay áreas de conflicto comparables a las que existen con Colombia. Los presidentes de Chile y Paraguay pueden darse el lujo de venir a Cúcuta y arremeter contra Maduro sin riesgo alguno, pues están a miles de kilómetros de distancia. Colombia está a horas de una invasión con tanques, a minutos de un ataque aéreo y a segundos de un misil.

A ese escenario muy probablemente no se llegará. El respaldo militar de Estados Unidos a Colombia es un disuasivo de mucho peso. También está el hecho de que la mayoría de la población venezolana no apoyaría a Maduro en ese propósito, y lo vería como un burdo y demencial intento de quitarles el foco a los problemas locales, con la bandera de la soberanía nacional. Pero Maduro ha demostrado que no actúa dentro de la lógica. Es errático, emocional, y al estar contra las cuerdas, los riesgos aumentan.

Lo que sucedió el fin de semana pasado con la ayuda humanitaria tuvo un sabor agridulce. Por un lado, el concierto exaltó la solidaridad y la hermandad alrededor de grandes artistas. Por el otro, la ayuda humanitaria tuvo un ropaje político que desentonó, y quedó en evidencia la falta de organización y capacidad logística de la oposición para entrar la ayuda. Ese pulso también tuvo dos caras. La internacional que mostró, una vez más, el delirio de un régimen que quema medicinas mientras su pueblo se muere, y la del equilibrio geopolítico, que se inclina hacia Maduro a medida que pasa el tiempo y no se cae. Dentro de sus procesos mentales, era mejor quemar la ayuda que dejarla entrar. Lo importante para él era el pulso político con sus enemigos, que a sus ojos son Estados Unidos, Colombia y Guaidó.

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Y el gran interrogante es qué tan conveniente resulta para Colombia ser la mano derecha de Donald Trump en su intento de tumbar a Maduro. El presidente venezolano siempre había tenido una paranoia sobre inexistentes conspiraciones colombianas contra él. Por eso ha acusado tanto a Uribe como a Santos como a Duque de absurdos atentados contra su vida. Es claro que sí existe un cerco político, diplomático y económico que busca asfixiar al Gobierno de Maduro. Y este último, para muchos expertos, puede ser el puntillazo final de un régimen cleptocrático que depende en gran medida de repartir dinero para mantener la lealtad de los militares. Esas actuaciones del Grupo de Lima, lideradas por Colombia y Estados Unidos, le han dado pie a Maduro para pensar que esa conspiración es real.

Sobre una posible intervención militar, Washington sostiene que todas las opciones están sobre la mesa. Al respecto, Colombia ha tenido una actitud ambigua que ha generado interpretaciones preocupantes. Desde que apareció el bloc amarillo del asesor de Seguridad de Trump, John Bolton, con la frase “5.000 soldados para Colombia”, quedó abierta la posibilidad del uso del territorio colombiano como plataforma para esa supuesta invasión. Duque, al no negar de tajo esa posibilidad en sus entrevistas sobre el tema, le da oxígeno a esas suspicacias.

El rompimiento de las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela complica aún más las cosas. Ni siquiera el incidente de la corbeta Caldas, ocurrido el 9 de agosto de 1989 en las aguas del golfo de Maracaibo, que casi desencadenó un conflicto militar entre las dos naciones, logró que ambos Gobiernos rompieran.

La nueva situación deja 2.229 kilómetros de frontera en una situación más sensible frente al ELN, las disidencias de las Farc y las bacrim. Si cuando había relaciones Maduro no movía un dedo para combatir estos grupos que se refugiaban allá, ahora podría resguardarlos, promoverlos y hasta financiarlos.

Lo preocupante del rompimiento de relaciones diplomáticas es que cualquier incidente puede encender la chispa y no hay comunicación alguna entre los dos países.

Con el cierre de los 15 consulados colombianos que operaban en varias regiones del territorio venezolano, el Gobierno deja de atender a unos 2 millones de colombianos que viven allá. El Gobierno de Duque está tratando de solucionar ese problema al fortalecer los mecanismos de atención en la frontera por medio de otros consulados y al crear un sistema de atención digital para los que viven en Venezuela. Esas iniciativas tienen buenas intenciones, pero no van a ser suficientes.

La situación en este momento es que Maduro está formalmente graduado de enemigo, y no hay ningún tipo de diálogo entre los Gobiernos de Colombia y Venezuela. Como los canales diplomáticos se cerraron y la asfixia económica se aprieta, han aumentado las especulaciones sobre una posible intervención militar. Y esas voces pueden tomar más fuerza si la dictadura decide capturar al presidente Guaidó. Ese escenario es aún remoto y sería desastroso para el prestigio de Estados Unidos en América Latina, para la economía mundial por lo efectos que tendría en el petróleo, pero sobre todo para Colombia. El millón y medio de migrantes venezolanos instalados en el país podría duplicarse o triplicarse. Y más grave aún, la respuesta militar de Venezuela ante esa agresión no tendría de blanco a Estados Unidos, sino a Colombia.

Complica aún más la situaciación actual que tanto Trump como Maduro son hombres ipredecibles, erráticos e impulsivos. 

Dados los riesgos que esa confrontación trae para Colombia, quizá habría sido menos riesgoso que el Gobierno se hubiera limitado a formar parte de un esfuerzo colectivo en el Grupo de Lima. Este se ha convertido en el instrumento de diplomacia multilateral que busca una transición pacífica en Venezuela y descarta la intervención militar. Ese tratamiento colectivo hubiera podido llegar al mismo objetivo al atomizar las responsabilidades y sin que Colombia asumiera el abierto y claro liderazgo con sus respectivos riesgos.

Porque no hay duda de que la estrategia de Iván Duque es tan audaz como arriesgada. Si Maduro cae en poco tiempo sin intervención militar, el presidente Duque pasaría a la historia como el hombre que jugó el papel clave para el restablecimiento de la democracia en ese país y se convertiría en un héroe para Colombia, Venezuela y el hemisferio entero. Pero si el dictador sigue atornillado al poder y no hay un desenlace a corto plazo, las consecuencias para Colombia pueden ser muy graves. Y peor aun si el desenlace es militar, y el territorio colombiano se convierte en el comando central del ejército estadounidense.

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Por lo anterior, es poco probable que esa intervención tenga lugar y es seguro que Colombia no debería prestar su territorio para esa aventura. Pero en medio de la luna de miel de Duque y Trump, no se ve al presidente parándose en la raya frente a su homólogo gringo. Duque ha tenido un claro liderazgo, pero para nadie es un secreto que el poder de Estados Unidos manda la parada, es decir Trump. Si hay alguien parecido en temperamento a Nicolás Maduro es el presidente de Estados Unidos. Es igualmente impredecible, errático e impulsivo. Y una persona con esas características no es un socio fácil en este tipo de ajedrez geoestratégico en el que Colombia tiene todo en juego. 

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