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Glidis de Armas y familia.
Glidis De Armas Torres, junto a un de sus hijos y uno de sus nietos. - Foto: John Estrada /Semana

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“Duro es tener que acostar a los niños solo con un vaso de agua”: habitante del sur de Barranquilla

La barranquillera Glidis De Armas comparte un cuarto de 12 metros cuadrados con 4 hijos y 6 nietos. Como en miles de hogares del país, en este el hambre es un habitante más.

A Glidis De Armas Torres le cuesta mucho describir con palabras lo que experimenta su cuerpo cuando pasa muchas horas sin comer, pero conoce bien cómo duele. Se lleva una mano al pecho, lo toca suave, intenta explicar. El hambre, como en miles de lugares en Colombia, pasó de ser un ocasional visitante a convertirse en un habitante más de su hogar durante estos meses de pandemia.

Tiene 47 años, pero su cuerpo grita mucho más tiempo de agonías. Barranquillera de nacimiento, Glidis tuvo que regresar a Colombia hace un poco más de dos años, debido a la crisis económica de Venezuela, en donde había formado una familia.

Con el retorno de la madre, siguieron el camino los hijos y los nietos, todos en búsqueda de un poco de tranquilidad económica. Pero, cuando las cosas parecía que empezaban a tomar impulso, llegó la covid-19 y derrumbó en pocos días la esperanza. El hambre se instaló.

En un pequeño cuarto de unos 12 metros cuadrados, en el suroccidente de Barranquilla, viven también sus cuatro hijos, Rafael, Loingris, José Manuel y Jesús Gerardo; junto a sus seis nietos. Durante el día despliegan un par de sillas plásticas, recogen las colchonetas contra las paredes y el piso descubierto se convierte en el único espacio disponible para circular. La ropa se apila en bolsas y maletines en los rincones. Un estrecho balcón que da a la calle y al borde del canalizado de un arroyo es el punto de encuentro de todos. Desde ahí ven pasar las horas.

Según la FAO, unos 56 millones de personas necesitan con urgencia ayuda humanitaria. Foto: Getty - Foto: Archivo particular

Los días previos a la cuarentena total Glidis vendía sopa entre los vecinos, así no solo se ganaba un dinero, sino que, además aseguraba la comida de su familia. Pero, el plante de la pequeña venta hace días que se esfumó. Luego intentaron con un puesto de fritos, ahora mismo no tienen nada.

Uno de los principales obstáculos es que, debido a la falta de documentos para certificar su nacionalidad colombiana, Gidis ni el resto de la familia ha podido sacar los papeles. Eso dificulta conseguir empleos. Los niños tampoco están escolarizados. Al alto muro de la pobreza se ha crecido, dicen ellos, por la xenofobia. “Nos humillan y nos rechazan. Yo soy colombiana, mis hijos nacieron en Venezuela, por eso les ha tocado fuerte. Cuando les dan trabajo por ahí, no les pagan lo justo”, señala la mujer.

El hambre los ha convertido en indigentes ocasionales. Loingris, la hija mayor ha tenido que salir varias veces a pedir a la calle para conseguir alimentos para su bebé de un año y medio. A pesar de eso, muchos días se han acostado si probar nada. “No puedo describir lo que se siente tener hambre, cada persona tiene que vivirlo para saber qué se siente. Lo duro que es tener que acostar a unos niños chiquitos cuando solo se han tomado un vaso de agua”, cuenta la mujer.

Han sido varios momentos duros durante la pandemia, hace solo tres días pasaron casi 48 horas sin probar alimento y así se tuvieron que acostar. Como ellos, más de 12,3 millones de personas en el país pasan largo periodos sin comer, más de 2,5 veces el número de personas que sufrían de hambre en el país que antes de la pandemia.

Y, aunque, es en las ciudades de la región Caribe, donde un mayor porcentaje de los hogares no tienen acceso a las tres comidas diarias, en las grandes capitales —por el tamaño de su población— es donde más personas pasan hambre.

Según el Pulso Social, 1,15 millones de hogares en Bogotá no tienen acceso a las tres comidas, 477 mil en Medellín, 414 mil en Barranquilla y 372 mil en Cali. Esto significa que el 69 por ciento de los hogares que pasan hambre está en alguna de estas cuatro ciudades. “No sabemos qué hacer, es muy fuerte vivir así, a uno le llega el desespero y es capaz de hacer cualquier cosa”, explica Glidis.