SEMANA: Colombia acaba de inaugurar su embajada en Jerusalén. ¿Por qué esa decisión representa un simbolismo tan grande?
Henrique Cymerman: Es muy importante y muy significativo. Un evento doblemente estratégico. Por un lado, por reanudar la relación de Colombia con Israel en un momento crítico para el futuro de esta región del mundo, tiene mucha importancia. Y tiene una doble importancia porque Colombia se convierte en el décimo país del mundo que traslada la embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Eso es una declaración de intenciones, no solo entre dos gobiernos, sino entre dos pueblos. Hay una declaración de que Colombia quiere formar parte de todo lo que vaya a ocurrir en el futuro.

SEMANA: ¿Por qué es tan importante Jerusalén para este futuro?
H.C.: Jerusalén es importante en cualquier acuerdo de paz futuro. Pero es muy importante históricamente. Hay un hecho que en general no se conoce: Jerusalén fue declarada capital del pueblo judío no ahora en el Estado de Israel moderno, sino por el rey David. Estamos hablando del año 1000 a. C., hace 3.000 años. Es un hecho histórico que no tiene parangón en el mundo. No hay ningún país del mundo, aparte de Israel en este caso, cuya capital haya sido determinada hace 3.000 años. Y hablar, por lo tanto, de colonización u ocupación, como hacen ciertos sectores refiriéndose a Israel, es bastante absurdo; es casi una caricatura de la realidad.

SEMANA: Jerusalén es un lugar sagrado no solo para los judíos, sino también para los musulmanes y los cristianos. ¿Cómo se cruzan esas tres religiones en esa ciudad?
H.C.: El fundador de Israel, David Ben-Gurión, dijo una vez que el problema de Jerusalén era que había tanta historia para tan poca geografía. Realmente estamos hablando de una ciudad en la que se apiñan muchos lugares sagrados para las tres grandes religiones. Además de todo esto, allí fue donde el rey Salomón, hijo del rey David, construyó el primer templo judío. Luego fue destruido y se construyó el segundo templo, destruido por los romanos en el año 70. Ahí parte todo. También es el lugar de la historia de Jesús y del principio del cristianismo, hace 2000 años. Y allí, en el siglo VII, comienza a tener presencia el islam. En la ciudad está el tercer lugar más sagrado del planeta para esa religión: la Explanada de las Mezquitas, donde están la mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca, después de La Meca y Medina, en Arabia Saudita. Estamos hablando de más de la mitad del planeta. Si hoy hay 8.200 millones de habitantes en el planeta Tierra, tienes aquí a 2.400 millones de cristianos que ven este lugar como especial y a 2.000 millones de musulmanes que tienen ahí su tercer lugar más sagrado.

SEMANA: Para los católicos fue el lugar donde se dio la pasión, muerte y resurrección de Jesús y se fundó la Iglesia.
H.C.: Exacto. Yo trabajé durante 12 años con el papa Francisco, fui embajador personal de él, le veía todos los meses por lo menos dos horas. Siempre el tema de Jerusalén estaba presente: ¿qué va a ocurrir? Muchas veces hablamos en Santa Marta, en el Vaticano. Jerusalén y el monte Sión aparecen cientos de veces en la Biblia. A su lado, organicé la primera plegaria por la paz y él, como resultado de esto, consiguió reunir a los líderes políticos y religiosos, tras la visita a Tierra Santa, en la que estuve presente con el papa en todo momento. Luego reunimos a Shimon Peres, presidente de Israel, y al presidente de Palestina en el Vaticano, y hubo una plegaria por la paz. Luego el papa, sin decirme nada, me postuló al Premio Nobel de la Paz. Yo me enteré un año después y me dijo: “Bueno, te lo merecías, hiciste lo imposible”.

SEMANA: Hoy, infortunadamente, el sionismo se ha convertido en una palabra para insultar a la comunidad judía. ¿Cuál es su origen y qué relación tiene con esta ciudad?
H.C.: Tiene toda la relación. Durante 2.000 años, Jerusalén fue el eje de la identidad y del sueño del retorno. El sionismo es el movimiento de liberación del pueblo judío y toma su nombre del monte Sión, que está en Jerusalén. Allí están hoy la sede del Parlamento (la Knesset), del Gobierno, del Tribunal Supremo y, además, está el Muro Occidental, que es el lugar de oración y peregrinación judía más importante. Hay un dato relevante y es que entre 1948, cuando se creó el Estado de Israel, y 1967, Jerusalén estaba dividida en dos. La parte occidental pertenecía al Estado de Israel y la parte oriental pertenecía a Jordania, porque nunca existió un Estado palestino hasta hoy. En 1967 fue la guerra de los Seis Días y en ese momento los jordanos perdieron esa parte de Jerusalén oriental. De la misma forma, Gaza no pertenecía a Palestina, sino a Egipto, e Israel la ocupó como resultado de esa guerra de 1967.
SEMANA: ¿Por qué es tan significativo para el Gobierno de Benjamín Netanyahu?
H.C.: Siempre ha existido controversia alrededor de Jerusalén y, por eso, gran parte de las embajadas estaba en Tel Aviv. Lo que ocurrió fue que, en 2018, la administración de Donald Trump decidió pasar la embajada a Jerusalén y ya, con Colombia, han hecho lo mismo diez países. Pero ahí quiero que me permita hacerle una corrección. Esta decisión no le es importante al Gobierno de Netanyahu; es importante para cualquier ciudadano israelí. Creo que si hace una encuesta en este momento en una calle del norte del país, en el mar de Galilea o en el sur en Eilat, en el mar Rojo, o si va a Tel Aviv o a Haifa y pregunta qué opinan de esto, van a aplaudir. Tenemos elecciones en 11 días, el 27 de este mes, las elecciones más dramáticas de la historia de Israel. Lo que está en juego es muchísimo; no sabemos si va a haber un cambio o no. Pero estoy convencido de que en nuestro futuro Colombia tendrá un papel importante. Cuando se acabe esta guerra –en algún momento se va a acabar–, la historia del planeta se va a escribir en la próxima generación en esta zona del mundo. Colombia aquí se coloca alrededor de la mesa estratégica en la que se va a dibujar el futuro de Oriente Medio.

SEMANA: Usted ha trabajado muchos años por la paz. ¿Cómo ve en este contexto este tipo de decisiones?
H.C.: Soy gran comendador de la Orden del Mérito Civil; el rey de España me dio este título por mi trabajo a favor de la paz. Estoy muy próximo a la Casa Real española y me duele mucho lo que el presidente del Gobierno español hizo en los últimos años, intentando llevar a una ruptura no con el Gobierno de Israel, sino con el Estado de Israel. Creo que esto fue un grave error y me parece que lo que ocurrió con Colombia fue algo similar. Los boicots nunca llevan a la paz; todo lo contrario, lo único que hacen es generar antagonismo y odio. De la misma manera que creo que hay que educar para la paz a los pueblos –que es lo que estoy intentando hacer en este momento con la bendición del papa Francisco–, a nivel político hay que fomentar el diálogo y no el aislamiento. Lo que hizo Colombia durante la época del boicot fue un grave error y me alegra mucho que se esté corrigiendo ahora.
