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| 6/3/1991 12:00:00 AM

¿VENGANZA O BOLETEO?

SEMANA publica detalles desconocidos sobre el asesinato del ex ministro de Justicia Enrique Low Murtra.

¿VENGANZA O BOLETEO? ¿VENGANZA O BOLETEO?
EN ENERO DEL AÑO PASADO, CUANDO EL grupo de Los Notables le hizo un llamado a Los Extraditables para que liberaran a los secuestrados y se entregaran a la justicia, a cambio de las ventajas que ésta le otorga a quienes reconocen sus delitos, pasó algo sorprendente. Simultáneamente con la liberación de Patricia Echavarría y Diana Velásquez Echavarría y, posteriormente, la de Alvaro Diego Montoya, hijo mayor del entonces Secretario General de la Presidencia, Pablo Escobar envió un mensaje informando que había dado la orden de ejecutar a Enrique Low Murtra, en ese momento embajador en Suiza. Pero que como se trataba de un contrato con miembros de la ETA -el movimiento terrorista vasco- no estaba en condiciones de reversar la orden, pues no existían las posibilidades de comunicación para hacer esto posible.
En otras palabras, había alguien suelto en Europa, cuya misión era asesinar a Enrique Low Murtra.

Tan pronto esa información fue recibida, Germán Montoya le pidió al Presidente que convocara al Consejo Nacional de Seguridad. Ante éste, con la presencia del jefe del Estado, del ministro de Defensa, del director del DAS y de las demás autoridades que asisten a ese organismo, se transmitió el mensaje de Escobar. La pregunta que se hizo todo el mundo fue por qué el jefe del Cartel de Medellín suministraba voluntariamente semejante información. La respuesta fue que se estaba llegando a un acuerdo sobre el problema del narcotráfico en Colombia y Escobar quería dejar en claro que cuando le jugaban limpio, él también jugaba limpio.

La conclusión ds esa reunión fue que tocaba informarle inmediatamente a Low Murtra lo que estaba sucediendo. Germán Montoya fue el encargado de localizarlo y lo consiguió en un museo fuera de Berna, en el cantón de Sien, donde estaba siendo objeto de un homenaje y comenzaba una breve intervención como respuesta a sus anfitriones. En ese momento lo interrumpieron y le dijeron que tenía una llamada de la Presidencia de la República de Colombia. Pasó al teléfono y escuchó la voz de Montoya, quien comenzó peguntándole si estaba tranquilo. Al responder afirmativamente, procedió a oír que un terrorista de la ETA estaba suelto con orden de acabar con su vida y que en consecuencia debía dar aviso a las autoridades locales.
Serenamente volvió al recinto y comenzó su intervención diciendo que acababa de recibir una buena noticia. Que de la Presidencia de la República le habían informado que el Museo del Oro de Bogotá enviaría una muestra para ser exhibida en Suiza. Terminó su intervención y con Gerardo, su conductor, trató de buscar un hotel en el cantón. Sin embargo, por la hora y por la fecha esto no fue fácil y se vio obligado a regresar a Berna, a su residencia. Pocas cuadras antes de llegar a la embajada, se acostó en el piso del automóvil para que diera la impresión de que el conductor regresaba sólo. Finalmente entró a su casa y llamó a la policía suiza que en minutos montó un operativo de seguridad de gran eficiencia. Cinco días se quedó encerrado sin salir, con todas la ventanas de la casa tapadas y con un policía en cada esquina. Gradualmente se fue acomodando a la nueva vida, con el asedio permanente de las disposiciones de seguridad.

Un mes después de eso, sucedió algo aún más novelesco. La cónsul de Colombia en Berna era Nancy de Lara, la viuda de Rodrigo Lara Bonilla. quien como colaboradora diplomática había forjado una estrecha relación con Low Murtra. Una señora colombiana la llamó por teléfono y le contó la siguiente historia: estando en Ginebra se había sentado en un café a descansar después de hacer unas compras. En la mesa, detrás de ella, había tres personas que hablaban español con acento colombiano. Sin que pudiera evitarlo, por la cercanía y el idioma, oyó lo que estaban conversando. Una y otra vez decían que la cosa no podía fallar y que se trataba de un asunto muy delicado. Un muchacho de unos 20 años, que no abría la boca, era a quien se dirigían como si fuera el responsable de ese asunto y le advertían que había que acabar con el

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