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| 2018-10-31

Viaje a pie: retratos de la huida venezolana

  • Semana
    Marienela Reyes y Sebastían Quebedo: Marienela decidió salir de su casa en Venezuela porque el hambre la desesperó. Partió con su hijo de tres años rumbo a Bucaramanga. En este punto ya llevaba seis días de viaje, su hijo tenía una infección en el oído, fiebre y no tenían medicinas para el dolor. El clima era de menos cero grados en las montañas santandereanas, pero por un momento esta mujer migrante recordó el mar de donde venía, recordó a su hija de catorce años a quien tuvo que dejar y recuperó fuerzas para seguir caminando por las carreteras nubladas.
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    Leiber Linares: Leiber era alumno de la Guardia Nacional. Todas sus ilusiones de llevar esta carrera se quedaron en el aire cuando reconoció que era imposible sobrevivir de la Guardia. El sueldo que ganaba no le alcanzaba para nada, ni siquiera para un pasaje. Tuvo que huir para buscar un trabajo estable, y dejar a su hijo a cargo de su madre.
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    Liliana Romero: con ocho meses de embarazo, Liliana caminó más de tres días desde Venezuela. Ha ignorado síntomas como la fiebre, inflamación en sus piernas y pies. Aspira llegar a Cali o a Bogotá para encontrar una mejor atención médica en el parto de su bebé.
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    José Brons: José salió de su casa y dejó a sus hijas de seis y nueve años al cuidado de su abuela. Sintió que estaba dejando al tesoro de su vida, pero el dinero no les alcanzaba para comer. Intentó trabajar en todo, y los sueldos no fueron suficientes ni siquiera para un pedazo de carne. Aspira conseguir un trabajo y poder traer con él a su familia.
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    Edward Peña: En ocasiones, Edward tenía la suerte de conseguir un trabajo en una construcción que duraba dos semanas, pero el sueldo era de 8.000 bolívares y una harina cuesta 3.000. Ahora que decidió partir, siente temor e incertidumbre por el duro camino que tiene por delante: “Le pido a Dios que me ayude y me de fuerzas para soportar los kilómetros que aún me faltan por andar para llegar a Perú. Pero sobre todo le doy gracias porque me tiene acá, sé de muchos compatriotas que han intentado salir y han perdido la vida”.
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    Christopher Reinosa: A su corta edad, Christopher lo había intentado todo en Venezuela. Trabajó en una obra del metro, manejó una moto taxi, ayudó en bodegas, pero ningún trabajo le dio el sustento para lo que él quería: estudiar. La situación empeoró y ya no había ni para comer. Por eso decidió emprender camino hacia Ecuador. “Le pido a Dios que me ayude a encontrar un trabajo digno, le pido que proteja a mi mamá que la dejé. Ella me dio todo en la vida y ahora me toca a mí”.
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    Angelie Sequeda: Angelie es una joven de 27 años que movía cielo y tierra para conseguirles a sus hijos lo que necesitaran. Si compraba los zapatos del colegio, sabía que no le alcanzaba para la ropa, si compraba la ropa, no le alcanzaba para la comida, y no aguantó tener que ver a su familia pasando necesidades. Tomó la decisión de partir sola rumbo a ecuador para buscar un trabajo: “Me voy porque no podía ver a mis hijos así, sin nada, pero los extraño. La mayor tiene nueve años y el menor tiene dos. Cuando regrese ya no van a estar iguales, el bebé ya no va a ser bebé, va a estar grande, pero el sacrificio es por él, cada paso que doy es por él”, cuenta llorando a un costado de la carretera del páramo de Berlín, el tramo más frío del camino.
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    Hilmar Gonzales: A Hilmar le encantaba su casa, le gustaba Venezuela y el lugar en el que vivía. Se vio obligada a huir por el hambre: “Se quedaron mis padres y el resto de mi familia. Yo me vine con mi esposo y mis hijos porque la situación era muy difícil. No vamos a un lugar fijo, vamos a un lugar donde nos den trabajo, salimos por los niños, tienen solo tres años y el bebé tiene cinco meses y allá no podíamos darles nada”.
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    Antonio Quintana: Antonio salió de su casa y no fue capaz de despedirse de su madre. Antonio es bailarín profesional y fue ella quien lo acompañó desde pequeño a los ensayos, le cosió sus trajes y lo impulsó a seguir su sueño. La última vez que hablaron, su madre le pidió que regresara, que ella haría lo que fuera para que nada le faltara, pero Antonio no sufre porque a él le falte algo, sino porque se da cuenta que es a su madre a quien le falta un trabajo, comida, ropa y medicinas. Aspira llegar a Bogotá y conseguir un trabajo estable para mandarle dinero.
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    Se cuentan por cientos los caminantes venezolanos que todos los días pasan por las montañas de Santander. Este grupo iba con un perrito que no se separó de ellos ni en los momentos más difíciles.
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