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| 4/20/2003 12:00:00 AM

La peste ataca en Bogotá

La neumonía atípica ha hecho recordar al mundo la época de pestes que, eran percibidas como tragedias de otros siglos.. Aunque en Colombia no han sido reportados casos oficialmente, ellos colombianos no están exentos de ser contagiados. Y así lo demuestra la historia. Bogotá, a comienzos del siglo XX, fue azotada por una fuerte epidemia de gripa que acabó con la vida de miles de capitalinos. Lea una crónica escrita por el periodista Alberto Trujillo en la cual retrata la Bogotá de la época.

El cielo azul de la mañana presagiaba el arribo de los densos y oscuros nubarrones de la tarde, anuncio de los aguaceros característicos del mes de octubre en la pequeña y subdesarrollada ciudad de Bogotá de principios del siglo XX.

Con la llegada de las lluvias y el manto gris que cubría a Monserrate y Guadalupe y demás cerros tutelares de la capital, parecían haberse expandido el pesimismo y la angustia provenientes de las trincheras de la guerra en Europa. Más aún cuando la gente se desplomaba en plena vía pública para no volverse a levantar jamás, como si hubiesen sido víctimas del gas mostaza. El pánico al invisible agente infeccioso que había hecho su aparición en aquel año de 1918, hizo temer una tragedia de grandes proporciones.

En julio de aquel año, cuando la peste llegó a Madrid (España), se especulaba acerca del origen de esos microbios: que si eran antiguos, modernos o muy modernos. "Creo que son así de grandes", opinaba una señora mostrando toda la falange de su dedo meñique.

Todo aquel que fuese atacado por el dolor de garganta, taponamiento y secreción nasal abundante, irritación en los ojos, tos seca, dolores musculares y articulares, fiebre, cefalea, escalofríos y problemas digestivos, temía por su vida. Los síntomas de la gripe que empezaban a expandirse entre los 161.639 habitantes de Bogotá vinieron a incrementar la angustia de aquella época marcada por los más de 10 millones de muertos que había dejado la Primera Guerra Mundial y por los 20 millones de víctimas que el influenzavirus ya había cobrado en todo el planeta.

La gripe conquista el nuevo mundo

Según muchos expertos, la primera reseña de una pandemia de gripe se hizo en Inglaterra, Alemania e Italia, durante el año de 1173. La epidemia de 1580 se esparció ampliamente, llegando hasta Asia y África, y causando la muerte de 9.000 personas en Roma. La primera vez que se propagó por el continente americano fue en 1627.

Más de 31 epidemias de amplísima extensión se han contabilizado desde el siglo XVI hasta nuestros días. Una de ellas contagió al rey Felipe II, el Hombre de El Escorial, cuando éste se hallaba en Badajoz con su corte, reconcentrado en la incorporación de Portugal a la Monarquía Española. El soberano logró sobrevivir, mas no así la reina Ana de Austria, su sobrina y cuarta esposa, quien falleció a los 31 años de edad, el 26 de octubre de 1580.

La gripe, influenza o trancazo (como se le llamaba en España a fines del siglo XIX), desembarcó en el Nuevo Mundo junto con Cristóbal Colón y sus muchachos. Más de 20.000 años de dominio indígena estaban por desaparecer de esas tierras. Aunque es imposible dar cifras exactas, se calcula que en 1492 la población nativa sobrepasaba los 90 millones de personas, de los cuales unos 10 millones vivían en el actual territorio de Estados Unidos y Canadá, 30 millones en México, 11 millones en Centroamérica, 445.000 en las islas del Caribe, 30 millones en la región de la cordillera de los Andes y 9 millones en el resto de Suramérica. Durante los primeros 150 años, a causa de ese encuentro inesperado y violento, el 95 por ciento de los habitantes de las regiones más pobladas de América Central y del Sur habían desaparecido. Esta catástrofe demográfica tuvo su origen en los minúsculos e invisibles conquistadores que los invasores europeos habían traído con ellos y que eran desconocidos en América hasta entonces: la gripe, el tifus, el sarampión y la viruela, enfermedades contra las que los indígenas no tenían respuesta inmunológica.

Estos gérmenes habían llegado para quedarse por mucho tiempo. Sobre todo virus como el de la gripe, capaces de mutar sus características antigénicas con cierta periodicidad para eliminar cualquier respuesta inmune por parte del organismo infectado, haciendo que la eficacia de la vacuna sea transitoria.

La moda llega a Bogotá

La pandemia que estaba por llegar a Bogotá ya había invadido a España durante el mes de agosto de 1918, causando numerosas muertes tras haber acometido a 300.000 madrileños. El rey Alfonso XIII cayó a cama afectado por lo que en esos días llamaron "la enfermedad de moda". Los médicos de la capital española explicaron que el microbio se encontraba en la atmósfera y que la epidemia no disminuiría hasta que no cayeran sobre la ciudad un buen número de copiosos aguaceros. Oídos los ruegos, el Cielo les envió tres muy fuertes y el mal comenzó a ceder.

Respecto a las condiciones de salubridad en Bogotá en ese mismo año, se había hecho un llamado al Concejo Municipal para que solucionara el problema de los suburbios del norte, oriente y sur, en donde la carencia absoluta de condiciones higiénicas en cuanto a excusados, desagües, alcantarillados, amplitud de las habitaciones y servicios de agua y aseo representaba un peligrosísimo caldo de cultivo para toda clase de enfermedades.

En septiembre de 1918, el diario El Tiempo lanzó una tímida voz de alerta: "La epidemia de grippa (sic) que hay actualmente en Bogotá es algo verdaderamente fabuloso. Más del 20 por 100 de la población se encuentra atacado de esta fastidiosa enfermedad, sin que ni baños ni remedios sean capaces de librarla de ella y aunque parece que no es grave sí es en alto grado desagradable. Ojalá la Dirección de Salubridad publicara algo sobre la manera de evitar o curar pronto esa grippa (sic), para que los pobres tengan algún remedio contra ella".

El 19 de octubre de dicho año la epidemia ya había tocado a las puertas de todas las dependencias de la capital, infectando tanto a ricos como a pobres. Casi todos los miembros de los ministerios permanecían encamados y el servicio estuvo prácticamente suspendido. En el Senado no hubo sesión ante la falta de quórum y en la Cámara sólo se deliberó durante unas cuantas horas debido a que la mayoría de miembros estaban enfermos. Los bancos y el comercio estuvieron casi paralizados. En muchos colegios las clases se hallaban suspendidas desde hacía cuatro días y en cuarteles como el Regimiento Cartagena y el Caldas el número de afectados por el mal ascendía a 410. Según cálculos oficiales, el 50 por ciento de los policías estaban agripados.

En la Oficina Telegráfica, los empleados que permanecían sanos tuvieron que trabajar día y noche, pese a lo cual no pudieron impedir el retraso en la distribución de los telegramas. El despacho del correo también se vio disminuido.

En medio de las lluvias pertinaces, la desolación de las calles, sobre todo de noche, parecía indicar como si se hubiese decretado el toque de queda. El tráfico de coches, carros y automóviles era insignificante, y había causado gran estupor que los encargados de gobernar las caballerías de los carruajes -los aurigas-, a quienes se consideraba inmunes a la epidemia, también hubiesen sido víctimas de ella.

Asimismo, por la incapacidad de muchos de sus trabajadores, el servicio de tranvías se vio disminuido, y más todavía en horas de la noche, dado que la gerencia del Tranvía Municipal de Bogotá dispuso que los convalecientes debían evitar la exposición al frío nocturno y debían recogerse temprano.

"Entre la gente del pueblo la gripa ha hecho verdaderos estragos y el gremio de sirvientas se encuentra hoy casi íntegramente afectado por este mal, lo cual es causa de innumerables incomodidades en todas las casas", escribió un periodista.

Los días fúnebres

Los fantasmas de la Guerra de los Mil Días habían regresado, cabalgando en los tenebrosos caballos del Apocalipsis en busca de cabezas para segar con sus hoces. Para cumplir la misión encomendada por la Parca, recorrían las calles embarradas, visitaban los hospitales, allanaban covachas, quintas y mansiones.

GOBERNACIÓN DE CUNDINAMARCA ? URGENTE ? OCTUBRE 21 DE 1918 - SEÑOR PRESIDENTE DE LA JUNTA CENTRAL DE HIGIENE:

"Como ha llegado a ser alarmante la epidemia que se ha denominado 'gripe o influenza' y sabe este Despacho que además de los innumerables casos de esa enfermedad, ya ella ha degenerado en otras de mayor gravedad, como tifus, pulmonía, bronconeumonía, etc., de resultados fatales... (se han de acordar) las medidas profilácticas indispensables para reprimir en lo posible el desarrollo de la epidemia..."

A causa del devastador ataque de la gripe, el Anfiteatro batió el récord de autopsias efectuadas en una sola mañana: el doctor Ricardo Fajardo informó haber hecho exámenes anatómicos a 26 cadáveres de gente pobre que no había recibido asistencia médica. Esa cifra demostraba, de manera alarmante, el incremento de la mortalidad y de la morbilidad, más que todo en personas que padecían dolencias cardíacas o pulmonares.

En la semana comprendida entre el 18 y el 24 de octubre, según la Dirección Municipal de Higiene, se presentaron 294 defunciones. 71 el martes, 58 el miércoles y 103 el jueves. Y de acuerdo con los certificados médicos, desde el 19 hasta el 24 de octubre, 121 personas murieron por causas relacionadas con la epidemia.

"Debemos observar que no están incluidos en esa cifra los individuos que han sido llevados al Anfiteatro por haber muerto repentinamente víctimas de la terrible forma cerebral de la gripa, que ha hecho estragos entre los enfermos del corazón", aclaraba el responsable de la noticia.

Continúa

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