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Nikole Hannah-Jones, en un sentido ensayo en el New York Times, expone la sistemática injusticia del sistema estadounidense hacia los afroamericanos. Su premiado ensayo inicia preguntándose por qué su padre izaba con fervor patrio la bandera de la nación que jamás le brindó oportunidades y que tolera violencia, abusos y discriminación sistémica a gente como él. Su obra ha dado lugar al Proyecto 1619, año del primer desembarco de esclavos en las costas de Virginia. Su visionario trabajo ha hecho posible la producción de piezas periodísticas de alto impacto como la construcción de las líneas de tiempo y la recopilación de los diferentes videos y ángulos de los homicidios recientes de George Floyd o Rayshard Brooks. Ambos desnudan la brutal discriminación, racismo y deshumanización que aún padece el afroamericano.

Colombia necesita con urgencia este tipo de piezas que nos sacudan y despierten de este letargo. En Colombia, muchos insisten en que el racismo no existe, que todos somos mestizos, que las minorías tienen sus derechos. No obstante, la horripilante violación de una niña embera a mano de 12 soldados –otra Yuliana Samboní pero 1.000 veces peor– ejemplifica nuestra ceguera e indiferencia ante la violencia y discriminación sistémica en contra de nuestros pueblos indígenas. –¡Que boro pira! (dolor en embera).

 El panorama es desolador frente a la violencia física y cultural que padecen y, ahora, frente a la plaga del coronavirus. El último informe de la Onic señala que, para el 25 de junio, la cifra de indígenas contagiados estaba en 988, afectando a 40 pueblos ancestrales –de 102 pueblos que viven en Colombia– y poniendo en riesgo a más de 350.000 personas en los resguardos, en los territorios ancestrales o en contexto de ciudad, principalmente por desplazamiento. 

 En las fronteras, el incremento de casos en países vecinos y las disímiles estrategias de manejo del virus –o su inexistencia en el vergonzoso caso de la Amazonia– han fallado en la contención y, en cambio, han desvelado la rampante corrupción de los sistemas de salud en esas tierras. En una población con una tasa de mortalidad infantil 2,79 veces más alta que la del resto, con más de 13 pueblos indígenas en riesgo ya de extinción física o cultural por el impacto del conflicto armado y el asesinato sistemático de sus líderes, y cuatro pueblos en riesgo por contar con una población menor a 500 personas, la situación es dramática. Ni siquiera la muerte del abuelo Bolívar ‘Tafuyama’, el gran sabedor, que nos llenó de orgullo como protagonista de El abrazo de la serpiente, ha sido suficiente para que pongamos toda nuestra atención en el cuidado de estos compatriotas.

En una historia que parece calcada de la conquista, los indígenas están muriendo en números desproporcionados, porque es muy distinto que mueran miles de miembros de una cultura mayoritaria. En España, Italia y Estados Unidos han muerto miles de personas por la pandemia, pero eso no pone en peligro la existencia de su idioma, sus tradiciones o su cosmovisión. La covid-19 no tiene solo un impacto cuantitativo, sino también cualitativo, sobre los pueblos; no es solo una tragedia personal para quienes pierden un ser querido, sino una pérdida que amenaza con la existencia misma de una particular forma de vida. Y con la desaparición de cualquier cultura milenaria, perdemos, como humanidad, posibilidades de comprender otras maneras de estar en el mundo, de relacionarnos con los demás y con el entorno, de simbolizar y conceptualizar nuestra existencia, de aprender.

 Pero la institucionalidad vuelve y los deja de últimos, pues no se envían los instrumentos médicos necesarios

–como ventiladores– ni se toman medidas con la participación de las comunidades, ni se apoyan las iniciativas de los pueblos indígenas para prevenir y atender la pandemia. Para los pueblos indígenas el virus debe enfrentarse también “con base en el trabajo espiritual, los conocimientos sobre las plantas y el territorio, y el fortalecimiento de la medicina tradicional y los saberes ancestrales”.

Sin embargo, la covid-19 ha hecho que las situaciones de crisis que viven los indígenas se agudicen y se hagan visibles, atropellando importantes procesos que venían en construcción hace varios años, como la apuesta por la educación propia, el rescate de su lengua y de sus tradiciones, su autonomía jurídica y territorial. Y aunque se afirma hasta el cansancio que se “respetan” sus sistemas propios, la realidad es que, si no aprenden español o derecho –el nuestro–, quedan expuestos a más atropellos, desprecio e irrespeto de sus tradiciones y de sus integrantes, a la acelerada deforestación y a la contaminación de sus ríos y territorios.

 Nuestra forma de vida occidental materialista es como una epidemia que amenaza con anular todas aquellas cosmovisiones que sean distintas, como si el profundo egoísmo, el consumismo desmedido, el desperdicio de los recursos y, en muchos casos, el vacío espiritual fueran maneras de vivir realmente más deseables o sostenibles a largo plazo. Aunque este le cueste la vida a cientos de miles de personas por abusos de alcohol, opioides y suicidios. La violación de la niña ebera es atroz, pero no algo nuevo; es el símbolo del derecho que, desde nuestros conquistadores, siente que tiene la cultura dominante de atropellar a quienes son diferentes y, especialmente, a sus mujeres, a sus niñas. En sociedades donde la identidad reside en la colectividad y no en el individuo, la violación de la niña, en sí imperdonable, es también un crimen contra su comunidad.

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