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Miguel Ángel Herrera
Miguel Ángel Herrera - Foto: SEMANA

El atípico empalme con Petro

Falta un buen trecho para terminar el empalme, pero los cimientos del actual parecen sólidos, por ahora.


Por: Miguel Ángel Herrera

El proceso de empalme entre el gobierno de Duque y el equipo de Petro ha superado los pronósticos más pesimistas que auguraban una transición muy difícil entre dos gobiernos que no son de derecha.

Que la transferencia fuese hacia el primer gobierno de izquierda encendió las alarmas en muchos sectores, que dudaron sobre la seriedad e idoneidad del gobierno electo para recibir con altura el legado del gobierno actual. Y los petristas también llegaron desconfiados y cautelosos al proceso que apenas comenzó el 24 de junio.

Por su propia naturaleza, el empalme no es un proceso fácil, pero la ley colombiana lo reduce -desafortunadamente- a la entrega de un informe escrito por parte del que sale y a la obligación de recibirlo, por quien llega. Increíble, pero -legalmente- el empalme entre dos gobiernos nacionales no es más que eso: un informe.

Adicionalmente, por tradición, en empalmes anteriores se realizaban reuniones de entrega entre los presidentes, como si se tratara en esencia de una transición entre los mandatarios, y no entre dos sistemas de gobierno. Había reuniones de los equipos de lado y lado, pero solían ser equipos de muchas estrellas y pocos indios, que generaba, como consecuencia, mucho debate político y poca o mala discusión técnica.

Por eso resultó muy acertado el proyecto de ley que impulsó el presidente Duque el año pasado para facilitar un proceso más organizado, con información más detallada, con gente más idónea y con garantías que alejaran los choques por intereses, malas prácticas o por colisiones ideológicas. Pero ese proyecto no fue aprobado, inexplicablemente, por el Congreso de la República.

Pero Duque no se rindió y, por sus propios medios, refundó el proceso de empalme, pese a que su beneficiario es su principal opositor.

Creó un proceso con visión gerencial para asegurar que el gran volumen de información y sus respectivas discusiones, entre los dos equipos, fuese más ágil y transparente.

Conformó un comité de primer nivel por parte del gobierno para darle rectoría al proceso y lo complementó con comités sectoriales con un gran énfasis técnico. Adicionalmente construyó, por primera vez, un sitio en internet para que cualquier ciudadano pueda acceder a la información del empalme.

El equipo de Petro, por su lado, se acogió en términos generales al modelo de empalme propuesto por Duque, exigiendo algunos ajustes razonables e importantes como la conformación de comités adicionales para asuntos especiales, como el metro de Bogotá, Hidroituango, Monómeros, la crisis de hambre, la pandemia y otros temas relevantes.

Pero lo que ha sorprendido por parte de los petristas es el elevado número de personas que asisten a las reuniones sectoriales, llegando hasta 20 o más, en algunos casos. La causa es clara: cada equipo sectorial de Petro contiene varios grupos a su vez. A los petristas puros, a los académicos de izquierda, a los centristas que llegaron hace pocos meses y a los tecnócratas progresistas -los de Gilberto Murillo o de Alejandro Gaviria- por ejemplo, que arrimaron hace pocas semanas. Por eso tanta gente.

Pero lo que resulta interesante de esta situación es que, por primera vez, por los pasillos de la Casa de Nariño y de los ministerios, se ha visto circular a una amplia pluralidad de representantes de la otra Colombia. De esa que tenía pocos ejemplares en el gobierno saliente.

Afrocolombianos, indígenas, campesinos, jóvenes de universidades públicas, sindicalistas y mujeres comunes y corrientes, hacen parte de los equipos sectoriales o temáticos de empalme, dejando claro que estamos ante un gobierno electo popular.

Bienvenida la pluralidad popular, pero sin que eso implique que el gobierno pierda eficiencia. Tanta gente representa más costos, más procesos, más juego de intereses, más burocracia y eventualmente más corrupción. Ese no es el cambio prometido. El país sí necesita un nuevo equipo, menos yupi y más representativo de la Colombia real, pero eficiente.

Y ese equipo en general, según cuentan los delegados del gobierno actual, ha sido respetuoso, receptivo y juicioso. Tiene momentos de ansiedad por el poder, pero vuelve pronto a la calma. No han propuesto o exigido cosas raras o inaceptables, pero en ocasiones se sienten conflictos internos entre ellos mismos, los de Petro, por cuenta de las diferencias entre los diversos grupos que coexisten con otras miradas frente a la administración pública que les espera.

Hay comisiones sectoriales de Petro que transmiten ingenuidad, poco conocimiento de la función pública, se muestran en extremo ideológicos o con exceso de academicismo. Eso preocupa. Se les ve bien intencionados pero asustados con el cuero del tigre.

De ahí la importancia de designaciones ministeriales de verdaderos expertos en los temas y reconocidos conocedores del servicio público, porque la mayoría de los ocupantes de sus fragatas no sabrán naufragar solos.

Falta un buen trecho para terminar el empalme, pero los cimientos del actual parecen sólidos, por ahora. Se debe a que Duque no es tan mezquino como la izquierda cree, ni Petro es tan difícil como lo pintan, para trabajar en equipo. Al menos por ahora. Con él hay que seguir viendo para seguir creyendo, pero lo cierto es que el totazo no ha sido tan traumático como parecía.