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JORGE HUMBERTO BOTERO
JORGE HUMBERTO BOTERO. PRESIDENTE DE FASECOLDA. FOTO: GUILLERMO TORRES - Foto: GUILLERMO TORRES

El mito de Sísifo

La política antidrogas es un fracaso absoluto; siempre lo será mientras el peso recaiga en los países productores, como Colombia y Afganistán, y no en los consumidores.


Por: Jorge Humberto Botero

Sísifo fue condenado por su rebeldía frente a los dioses a cargar una pesada roca hasta la cúspide de una montaña desde donde se desploma para que, sin cesar, tenga que arrastrarla de nuevo. Este mito ayuda a comprender la tragedia que padecen los principales países productores de sustancias prohibidas de origen natural. Los perjuicios son enormes en términos de vidas humanas, deterioro ambiental, corrupción y dilapidación de cuantiosos recursos públicos.

El gobierno saliente mantuvo la política tradicional, insensible a sus ostensibles fracasos: erradicación y sustitución de cultivos, persecución de los recursos financieros y precursores químicos, desmantelamiento de bandas criminales, en fin, el repertorio completo de medidas represivas que la comunidad internacional respalda.

Los resultados son patéticos. Colombia permanece imbatible como el primer productor mundial de cocaína. A pesar de que cada tanto las autoridades proclaman avances momentáneos en los distintos indicadores, la realidad es otra: más de doscientas mil hectáreas sembradas, más de mil toneladas al año colocadas en el mercado internacional. Mientras tanto, los homicidios en las zonas productoras crecen de manera dramática, son recurrentes los éxodos poblacionales en ciertas regiones y enormes las dificultades para implementar los planes de desarrollo con enfoque territorial, PDET. El paro armado decretado hace unos meses por un cartel mafioso, paralizó ochenta municipios en once departamentos, prueba elocuente de que, como siempre, estamos cerca de ganar, aunque siempre perdemos la llamada “guerra contra las drogas”.

La reducción de la oferta de drogas ha fracasado, entre otras razones, porque ignora que el precio de la materia prima -la pasta de coca o el opio- o incluso el producto final -la cocaína y la heroína- pesan poco con relación al precio final que pagan los consumidores. Pasa lo mismo que con el café: su precio en la góndola del supermercado o en el restaurante es una fracción del que percibe el productor. Pero en magnitudes mayores como consecuencia de la ilegalidad del cultivo y comercio de psicotrópicos.

De otro lado, es falso, como lo prueba la experiencia, que el negocio sufre un impacto demoledor cuando caen ciertos carteles o capos. El desmantelamiento de los clanes de Pablo Escobar y los Rodríguez democratizó el mercado sin afectar su tamaño. Alias Otoniel ya fue sustituido por sus segundos (algunos caerán en el proceso de ajuste jerárquico). Existe un caso incluso más dramático. Durante veinte años, Estados Unidos tuvo el control militar y político de Afganistán, país en el que invirtió sumas ingentes para modernizarlo, lo cual implicaba, entre otras cosas, erradicar la producción de opio. El fracaso no pudo ser más estruendoso.

Para superar estos problemas estructurales se requiere abandonar el enfoque represivo de la oferta a partir del reconocimiento de una realidad incontrovertible: mientras haya demanda habrá quien la satisfaga. La alternativa consiste en concentrarse en los problemas de salud asociados al consumo de ciertas sustancias, y en la adopción de un régimen diferencial para la introducción de drogas al mercado legal, teniendo en cuenta que los riesgos de salud son, así mismo, distintos. Tratándose de las drogas de origen natural, por ejemplo, la marihuana es de ordinario inocua, mientras que la ingesta del yagé, un compuesto de diferentes plantas que usan ciertas comunidades indígenas, puede ser muy grave.

Es arduo el camino para lograr que la comunidad internacional se ocupe de nuevo de este problema. Colombia carece de autonomía para intentarlo sola. Tendrá que actuar como parte de una coalición que incluya países productores y comercializadores, tanto como aquellos que han avanzado en la legalización del consumo. Entre los primeros, Afganistán, el primer productor mundial de opio, y México, un país agobiado por la violencia desatada por los cárteles que controlan el negocio de la cocaína. Holanda, a su vez, que ha abandonado la política punitiva del consumo, sería un gran aliado. Desde luego, antes de que nos movamos en el ámbito internacional, es preciso procurar un consenso interno, compleja tarea habida cuenta de factores ideológicos y hasta religiosos.

En un estupendo y breve libro -La guerra sin fin- Rafael Pardo Rueda ha puesto de presente las graves falencias de la política basada en la represión de la producción. Allí se sostiene que la clasificación internacional de drogas prohibidas incluye, sin ninguna lógica, drogas psicoactivas -aquellas que pueden alterar la percepción o la conducta del consumidor- y otras que no lo son. Y que la normativa se centra de manera injustificable en las drogas de origen natural, pero es laxa frente aquellas que se producen de manera lícita por empresas farmacéuticas de los países ricos. Una falta de equidad intolerable.

Si bien los problemas que padecen los productores de drogas prohibidas de origen natural son de la misma naturaleza, Colombia padece otro gravísimo: la deforestación de su territorio, el cual, en 68 % es bosque natural. Esa enorme riqueza que aportamos al mundo está seriamente amenazada, en buena parte, por los cultivos ilícitos. Dotar a Colombia de recursos que le ayuden a afrontar esta situación es una causa que debería recibir un aporte mayor de la comunidad internacional.

El consumo de bebidas embriagantes y ciertas drogas es viejo como la humanidad. Heródoto, el padre de la Historia, cuenta que mientras los maságetas se emborrachaban con el humo resultante de quemar ciertos frutos, los griegos lo hacían tomando vino. El resultado era el mismo: unos deseos irreprimibles de cantar y bailar. ¡Los Joe Arroyo y J. Balvin de aquella época seguro fueron más famosos que Homero!

Quiero imaginar a mi país, dignificado por su condición de víctima en una guerra estéril, jugando un papel protagónico en la adopción de una nueva política contra las drogas. El gobierno saliente, a pesar de estar convencido de las bondades de una política de represión por completo fallida, deja un proyecto en marcha en el departamento del Cauca sobre cultivos de coca para propósitos gastronómicos que debería continuarse y expandirse.

Habrá que ver si el nuevo gobierno, que, por fortuna, profesa convicciones diferentes, es capaz de unificarnos en torno a esa causa y de promoverla con éxito ante la comunidad internacional. El presidente Petro ya ha anunciado que buscará alianzas internacionales, tanto para proteger la Amazonía como para lograr una nueva política antidrogas. Ojalá tenga éxito.

Briznas poéticas. Escribe el poeta Píndaro en el siglo v a.C: “No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”.