OPINIÓN

Leonora Ortiz García-Herreros

En la UCI

Hay una constante silenciosa que se repite en los cubículos y que no deja de sobrecogerme: la enorme mayoría de los pacientes que enfrentan la muerte en absoluta soledad son hombres. Por: Leonora Ortiz García-Herreros. Médica intensivista. Columnista invitada para esta edición
24 de octubre de 2026 a las 6:57 a. m.

Hoy cumplo cuatro años de haber cruzado el umbral como intensivista. Cuatro años de habitar esta catedral de monitores, tubos y luces frías donde la vida se mide en trazos fosforescentes. En este tiempo he aprendido a leer la fisiología del dolor, pero también la anatomía del abandono. Y hay una constante silenciosa que se repite en los cubículos y que no deja de sobrecogerme: la enorme mayoría de los pacientes que enfrentan la muerte en absoluta soledad son hombres. Es un patrón inclemente. Suelen ser ellos quienes terminan habitando el desierto de una cama de UCI sin nadie al otro lado del cristal. Hombres que a lo largo de su historia apostaron todo a lo efímero, a la prisa del instante, al espejismo dopaminérgico del placer inmediato y al orgullo de sentirse invencibles. En ese trayecto, descuidaron las raíces, desgastaron los afectos verdaderos y malgastaron a la gente importante de sus vidas. Cuando el cuerpo se quebró y el humo del banquete se dispersó, descubrieron la verdad más amarga: que las compañías del exceso no se quedan a sostener una mano febril a las tres de la mañana. Se quedaron solos porque sembraron viento, y hoy la Unidad les devuelve el eco de su propio vacío.

En el extremo opuesto del pasillo, la escena cambia de naturaleza. Las mujeres que llegan a nuestras camas –aquellas que construyeron hogar, las que dieron refugio, las que guardaron la paciencia y tejieron el tejido invisible de la familia– rara vez están solas. Casi siempre hay un esposo con la mirada desgastada esperando en la sala, un hijo contando las horas de visita, una presencia fiel velando la penumbra. Ellas, que supieron habitar lo profundo y aguantar las mareas de la vida, cosechan en su vulnerabilidad el amor que sembraron en los días de luz. Observar estos dos reflejos desde la orilla de la medicina me hace pausar el pulso. Frente a la inminencia del abismo, los títulos, la fuerza y los excesos se vuelven polvo. La soledad en la UCI no es un accidente biológico; es el espejo tardío de nuestras decisiones cotidianas. Vale la pena detenerse en medio de la vorágine y preguntarse con franqueza: ¿qué estamos cultivando hoy en el alma de los demás para que el día en que la luz se apague alguien decida quedarse a nuestro lado en la oscuridad?

En esta esquina tenemos a Juan y esta es su historia: hay criaturas que nacen con el destino agrietado, no por el desgaste natural de los años, sino por la crueldad prematura de la suerte. Él llevaba en el pecho un músculo devastado, un órgano marchito que apenas lograba sostener el pulso. Pero a su lado habitaba ella: una presencia constante, una raíz firme que jamás lo dejó caer al abismo mientras el mundo le daba la espalda. Ella esperó pacientemente junto a la penumbra, alimentando la única promesa que les quedaba: la llegada de un trasplante, la posibilidad de un corazón nuevo que les permitiera, por fin, latir al unísono. El día prometido llegó. Yo estuve allí para presenciar el milagro y la tragedia. Fui testigo del posoperatorio inmediato, de la devoción con la que ella lo contemplaba a través del cristal de la Unidad. Recuerdo verla sostenerle el vaso de agua, enseñarle a tragar de nuevo venciendo el dolor de la intubación, ayudarlo a incorporar la espalda y guiar, paso a paso, sus primeros movimientos sobre el piso frío. Ella fue el andamio que reconstruyó su cuerpo. Sin embargo, la ironía de la miseria humana se cocina en silencio. Pocos días después, ella desapareció de los pasillos. Su ausencia era un vacío estridente en la sala de espera. Al preguntarle por el paradero de la mujer que lo había resUCItado, él respondió con la ligereza helada del ingrato: “Ya tengo un corazón nuevo. Ahora puedo querer a muchas más; ella ya no me hace falta”. Creyó que la medicina le había regalado una patente de corso para el exceso, un cheque en blanco para malgastar en pasiones baratas. Pero el destino tiene una pedagogía feroz y no tolera la soberbia de los resUCItados. No había transcurrido ni un año cuando el monitor volvió a registrar su nombre. Estaba de vuelta en la UCI. El corazón nuevo –aquel que estrenó para repartirse entre miradas efímeras– se venció antes de tiempo, asfixiado por el rechazo y la factura de sus excesos. Y en el desierto de esa segunda agonía, las sombras que persiguió jamás aparecieron. Ninguna de las “muchas más” cruzó la puerta de la Unidad. Allí quedó él, acorralado en la soledad más absoluta, abrazado a un órgano dañado y a la miseria de su propia elección. Con la mirada perdida en las luces del techo y el llanto ahogado por el oxígeno, repetía como un mantra, tarde entendía: “Ella siempre estuvo para mí cuando yo no era nadie”.

En la otra esquina está José. Un hombre que hizo de la evasión un credo y del exceso su única patria. Para él, la casa no era un hogar; era apenas un lugar de paso, una parada incómoda entre jarra y jarra. Su familia jamás fue columna ni cimiento, sino un telón de fondo invisible. Prefería naufragar los fines de semana enteros en el ruido de las cantinas, diluyéndose entre falsas lealtades, antes que sentarse a revisar las tareas de sus hijos o tenderle una mano a su esposa en las labores de la casa. Él despilfarraba el dinero como si la liquidez fuera un recurso infinito o cayera de los árboles, mientras en su hogar se contaban las monedas y se acumulaba el cansancio. Pero la salud, o tal vez la muerte, que siempre sabe cobrar las deudas retrasadas, le pasó la factura sin anestesia. Una falla hepática fulminante lo arrastró de golpe hasta el centro de la UCI, con los órganos desvaneciéndose en cascada, a la espera de un trasplante que parecía un milagro lejano. Apenas unos meses antes de ese colapso, su esposa había dicho basta. Harta de décadas de sumisión, de humillaciones, de groserías repetidas en bucle y de ver cómo el tiempo de sus hijos se consumía al lado de un hombre que solo tenía ojos para su propio ombligo, juntó los pedazos de su dignidad y cruzó la puerta. José no tardó en buscar reemplazo. Se consiguió una mujer nueva, de esas que llegan sonrientes cuando el viento sopla a favor y todo parece fácil. Pero el idilio duró lo que tarda un cuerpo en deteriorarse. Cuando el pronóstico se volvió oscuro y la realidad exigió comprar pañales, untar cremas en la piel lacerada, velar noches enteras y poner el cuerpo en la miseria de la enfermedad, la mujer nueva sencillamente se evaporó. Días después, quien atravesó el cristal de la Unidad fue la exesposa. Se detuvo al borde de la cama, contempló esa ruina de hombre conectada a los monitores y me dijo con una calma helada, despejada de todo rencor: “Él fue mi marido durante mucho tiempo, doctora, y vengo a verlo porque lo que vivimos fue importante. Pero yo ya no quiero nada con él. Él está solo; ya no le queda nadie. Esos amigos con los que se emborrachaba están en las mismas: tirados en la calle, abandonados por sus mujeres por las mismísimas razones. A mí ya no me interesa nada. Pobrecito, ojalá se salve, pero Dios proveerá”. Se dio la vuelta y se marchó con la frente en alto, dejándolo abrazado al eco de sus propias máquinas. Me quedé sola frente al monitor, observando el trazo intermitente de su pulso. Y no pude evitar preguntarme cuánto dolor, cuánta erosión silenciosa y cuánta devastación tiene que sembrar un hombre en el corazón de una mujer para que, en sus momentos finales, la única compasión que reciba sea una visita por cortesía y la certeza absoluta de la soledad.

En esta nueva esquina está él, Jeremías, un hombre que gastó sus años dorados en la arquitectura del adulterio y el exceso, caminando siempre por los márgenes de la noche. Hizo del engaño su costumbre y de la infidelidad una rutina, sometiendo a su familia a un infierno lento, medido en ausencias, desplantes y mentiras. Durante décadas creyó que la juventud y la billetera llena serían un blindaje eterno. Pero el tiempo, implacable, le arrebató el dinero, la lozanía y los atractivos de la carne. Y cuando la marea de la abundancia bajó, la verdad quedó al desnudo: nadie lo había querido por lo que había en su fondo, simplemente porque en su fondo no había nada. Las sombras de esa vida no solo erosionaron su casa, sino que terminaron por devorarle el cuerpo. Una enfermedad infecciosa, germinada en los excesos de su pasado, brotó con la furia de una complicación severa que lo arrojó sin escalas a una cama de cuidado intensivo. Una noche, en medio del murmullo constante de las bombas de infusión y la luz de los monitores, Jeremías buscó mi mirada. Con la voz quebrada por el oxígeno y el peso del colapso, empezó a desgranar una retrospección amarga, sin matices ni disculpas. Recordaba con pavor la crueldad con la que trató a la única mujer que le tendió la mano de verdad, a la esposa que permaneció a su lado hasta que él, en un acto de traición definitiva, la contagió también con el veneno de sus andariegos desvelos.

​“Estoy arrepentido, doctora –me dijo, con las lágrimas abriéndose paso entre las arrugas y la palidez de la sepsis–. Me da una tristeza infinita saber que voy a terminar mis días en esta UCI, rodeado de desconocidos. Mis hijos me aborrecen, y tienen toda la razón. Lo cambié todo por la prisa de un placer momentáneo. Vendí mi vida por un chasquido de dedos que solo me trajo a esta ruina”. ​Lo escuché en silencio mientras le acomodaba la mascarilla. A su alrededor, la Unidad era un desierto. Ninguna de las mujeres de paso, ni los compañeros de parranda, ni el eco de los aplausos viejos cruzaron la puerta. Solo quedaban la infección devorándole las venas, el rencor justificado de los suyos al otro lado de la ciudad y la certeza tardía de que la dopamina barata es el crédito más caro que se paga con la propia muerte.

Y en el contraste luminoso de estas tres esquinas habitaba Marta.

Ella no fue simplemente la cabeza de un hogar; fue su cimiento, la piedra angular, la raíz tibia donde toda una familia aprendió a resguardarse del frío. Sin embargo, la vida la condujo al filo de un quirófano de corazón, donde la biología traicionó la fe: tristeza tras tristeza, tropiezo tras tropiezo, el procedimiento se volvió laberinto. Marta terminó atrapada más tiempo del esperado bajo el yugo helado de un ventilador mecánico, con el cuerpo enredado en cables y la vida suspendida a la espera de un diagnóstico de la ciencia y de la piedad de Dios. Digo Dios porque la fe entraba a la Unidad encarnada en su esposo. Todos los días, con una puntualidad sagrada, cruzaba la puerta a la misma hora trayendo dos cosas en las manos: una flor para ella y un chocolate para el equipo de turno. En medio del estruendo de las alarmas, se sentaba a mi lado y me hablaba de la mujer detrás de los tubos. Me contaba del destello invencible de sus ojos, de esa luz propia con la que hacía brillar cada rincón de la casa y de cómo jamás sabía quedarse quieta porque amar, para ella, era ponerse en movimiento. Verla así, reducida al silencio de un trazo eléctrico, le perforaba el alma. Pero su amor no sabía de huidas.

“Mientras le quede un soplo de aire, doctora, yo de aquí no me muevo –me decía sosteniéndole los dedos fríos–. Ella me sostuvo siempre; ahora me toca a mí ser su suelo”.

Allí comprendí que Marta no estaba sola en el penoso tránsito de la enfermedad. Frente al desierto y la ruina de los hombres que malgastaron sus afectos, ella cosechaba la devoción que cultivó en la luz. Y aun en la penumbra más profunda de la UCI, el amor de ese hombre era el único faro encendido capaz de guiar su regreso a la vida.

Soy Leonora Ortiz García-Herreros, bumanguesa, bachiller de la Fundación Colegio UIS, médica de la UIS (Universidad Industrial de Santander) e intensivista de La Sabana. A mis 35 años, habito a diario la frontera donde la vida se sostiene por un hilo. Soy una mente voraz, adicta a aprender y a desentrañar el conocimiento en todas sus formas. Llevo a cuestas una sensibilidad extrema, un fuego tan lúcido que a veces la existencia me abruma el pecho; pero es esa misma intensidad la que me salva, porque la transmuto en letras, convirtiendo la medicina en mi oficio y la literatura en mi respirador.