OPINIÓN

Francisco Santos

Europa, guerra híbrida y su supervivencia

El caos en Francia abre la puerta a una respuesta que ojalá se dé, pues defender la democracia y la libertad hoy se debe convertir en una prioridad para todos los países que enfrentan esta grave amenaza.
24 de octubre de 2026 a las 6:59 a. m.

Hay intelectuales que se anticipan al futuro. Uno de ellos, Samuel Huntington, quien vio lo que hoy pasa en Europa y lo que el mundo enfrenta hace 35 años, cuando escribió una investigación que luego se convirtió en un libro que tituló Clash of Civilizations o, en español, Confrontación de civilizaciones.

Lo increíble es que lo hizo sin siquiera visibilizar el mundo del internet, de las redes sociales o de la inteligencia artificial, en el que vivimos hoy, y que facilita que aquellos que quieren destruir Occidente se unan, trabajen juntos y logren fácilmente unir temas tan diversos como Palestina, radicalismo ambiental, izquierda radical e islamismo en un mismo propósito.

En América Latina ya lo vivimos; esa guerra híbrida que en Chile, en 2019, incendió la capital y abrió puertas para la llegada de un presidente comunista, eso sí demócrata, lo que parece incompatible, Gabriel Boric. Dos años después, en 2021, hicieron lo mismo en Colombia. Unos pocos se tomaron vías con apoyo de organizaciones armadas, incendiaron una parte de ciudades y, con la debilidad de un Gobierno que no entendió esa guerra híbrida y no la enfrentó como la debía enfrentar, crearon un escenario de caos que le abrió las puertas a un presidente populista, Gustavo Petro.

El libreto se repite. En Chile, el “detonante” fue un alza en el precio del pasaje de bus. En Colombia fue la presentación de una reforma tributaria. En Francia, uno de los países de la Ocde que más invierte en educación, una crisis en el sistema educativo. Obvio, esta nueva guerra híbrida tiene un componente real que quienes quieren destruir las democracias –e incluso Occidente– utilizan con gran efectividad, pues en parte tienen razón: la crisis de costo de vida y el desasosiego en una generación joven, que ha vivido mejor que ninguna generación antes en su historia, pero que no ve futuro.

En esta guerra híbrida, además de esa narrativa que desafortunadamente nadie contrarresta, este poder destructivo utiliza la criminalidad y la debilidad de las democracias para combatir esta supuesta protesta social, que es mucho más que eso, para lograr su objetivo final, crear caos, imponer su propia visión del mundo y de país, en la que la democracia y la libertad no tienen espacio.

El caos en Francia –que, no cabe la menor duda, se va a repetir en Inglaterra, en España, en Italia y en Alemania– abre la puerta a una respuesta que ojalá se dé, pues defender la democracia y la libertad hoy se debe convertir en una prioridad para todos los países que enfrentan esta grave amenaza.

Las organizaciones radicales y violentas que incendiaron el país ya están identificadas. Lo más grave de Francia es que muchas de ellas están asociadas e incluso infiltradas por organizaciones islámicas que tienen el objetivo que Huntington planteó hace más de tres décadas. Claro, con la migración masiva y desordenada del mundo musulmán a Europa, este escenario intelectual de confrontación de civilizaciones se ha vuelto una realidad inevitable e inescapable que puede acabar con Occidente si estos países no lo entienden, no lo asumen y no toman las decisiones duras y difíciles que una guerra híbrida como esta requiere.

En América Latina, esta guerra híbrida tiene unos elementos clave, Cuba y Rusia, que alimentan esas narrativas de odio, de exclusión y de fomento de la violencia que, con gran éxito, utilizaron para llevar el populismo del siglo XXI al poder en casi todos los países de la región. En Europa, además de estas narrativas de odio y de exclusión, hay que sumarle este nuevo elemento cultural de una gran migración islámica no integrada a las sociedades europeas que ven a Occidente, a la democracia y la libertad como su enemigo.

Lo de Francia le abre las puertas de par en par a la llegada de la extrema derecha al poder, no solo en ese país, sino también en Alemania, en Inglaterra y en España. Ya la líder de la AFD en Alemania planteó la eliminación de la nacionalización de migrantes, sin dar más detalles, lo que crea la posibilidad de una guerra civil asimétrica mucho más violenta que la que ya hay. La pregunta es: ¿este radicalismo europeo, sumado al islamismo radical, quiere esa guerra civil? Mucho me temo que sí.

No sé si la democracia sobreviva a esta nueva confrontación o, como me dice una gran analista política: “Claro que va a sobrevivir, pero a lo bestia”. ¿Una democracia limitada? ¿Una dictadura blanda o un régimen de partido único con alguna semblanza de democracia es lo que les va a tocar vivir a las nuevas generaciones? Lo cierto es que, si no se confronta esta guerra híbrida, no va a haber democracia ni libertad en el futuro; eso está garantizado.

Lástima no ver en el universo político a un heredero de Churchill, de Thatcher, de Reagan o de De Gaulle, que entendían, en medio de profundas crisis políticas, económicas y militares, cómo defender la democracia sin acabarla. El mundo occidental hoy está al borde del abismo y la verdad no se ve cómo salvarlo, si no es con activismo radical del ciudadano normal que trabaja, que sufre, pero que ama y cree en la democracia y la libertad, y hoy está callado.

Colombia con el No Más de finales de los noventa fue ejemplo.