SEMANA: Usted es muy conocido en la academia en Colombia y le han dado en este país todo tipo de galardones. Y quiero aprovechar el conocimiento que tiene de Europa para poner en contexto esa violencia que vivió Francia este fin de semana, tan dura e impactante. ¿Qué es lo que está pasando?
Abel B. Veiga Copo (A.B.V.C.): Estamos asistiendo, tal vez, a un fin de ciclo político y social no solo en Francia, sino también en Europa. Una Europa cada vez más polarizada, insolidaria y víctima, en cierto modo, de sus propias carencias e ineficiencias. Lo que vimos el sábado es la acumulación de varias semanas de protestas. El derecho de manifestación es un pilar del Estado de derecho; la violencia no es su ejercicio, sino su negación y la respuesta del Estado debe ser firme, pero proporcional.

Pero si volvemos la mirada atrás, hace unos años el descontento lo capitanearon los chalecos amarillos. Ahora, las protestas sociales empezaron, a priori, como una protesta educativa, por aulas masificadas, falta de profesores y edificios deteriorados.

Después se sumaron a una convocatoria más amplia contra la carestía de la vida y el precio del combustible. Según los organizadores, salieron a la calle unas 800.000 personas. Al terminar la jornada hubo incendios, saqueos y ataques a edificios públicos, como el ayuntamiento de Limoges.
SEMANA: Ver derrumbarse en medio de las llamas un edificio con tanta historia da cuenta de una enorme impotencia del Estado francés por contener esas protestas. ¿Cómo se llegó a eso?
A.B.V.C.: Quizá esta imagen sirve como epitafio a esta época y al final del período macronista, cuyo final de ciclo viene marcado por una impotencia política y social extraordinarias. Véanse solo las enormes dificultades para formar gobiernos y la escasa durabilidad de los mismos. Los detenidos son unos 1.800 según unas fuentes y más de 2.000 según otras, algunos de ellos con unos perfiles muy violentos. Un manifestante ha muerto en París y hay unos 1.500 comercios afectados, con pérdidas de cientos de millones de euros. Paralelamente hay más de 500 policías heridos, lo que da buena muestra de la violencia experimentada. Conviene separar dos cosas: una movilización social masiva y mayoritariamente pacífica, y unos disturbios violentos al margen de ella.

SEMANA: ¿Cómo vió al presidente Macron en todo esto?
A.B.V.C.: Macron habló de “sembradores de caos” que impiden a otros protestar en paz. No es nuevo. Veinte años atrás con Sarkozy de ministro de interior, ardía en disturbios la periferia parisina lo que evidenciaba el cuestionamiento del multiculturalismo tan elevado a altares mediáticos pero que era un fracaso. O dicho de otro modo, su modelo republicano de integración o asimilación quebraba.

SEMANA: El presidente Macron, en una alocución este domingo, acusó de generar violencia a unos “grupúsculos de extrema izquierda”. ¿Quiénes mueven estas jornadas?
A.B.V.C.: Una amalgama cada vez más heterogénea entre sí, pero cosida por e hilo del descontento, la precariedad, la insuficiencia e ineficiencia de lo público, y un hartazgo generalizado de las viejas y perennes formas políticas. Efectivamente, no son solo estudiantes, y tampoco son sobre todo universitarios, sino de instituto. A la movilización se han unido sindicatos y los chalecos amarillos.

El Gobierno ha acusado al partido de Mélenchon de alentar la violencia urbana. Esa es una acusación política y no un hecho probado, con lo que la demagogia se abre paso así como la evitación de culpabilidades y responsabilidades. La prudencia aconseja esperar a la investigación policial y judicial antes de atribuir la violencia a grupos concretos. No olvidemos que Francia, al igual que otros cuatro países europeos se enfrenta en meses a elecciones legislativas y donde el péndulo bascula a los extremos, sobre todo, extrema derecha, con un discurso antimigratorio y xenófobo.
SEMANA: ¿Se parece en algo a Mayo del 68?
A.B.V.C.: No, aquello era otro momento y otra forma diversa de la política. El fin de etapa de De Gaulle de aquella República. Se parece en la estética: jóvenes, calles y un Estado que parece desbordado. Impotente y que ha perdido el control de la agenda política y social. El 68, más allá del mito que nació en la Universidad de Nanterre, fue una revuelta cultural y antiautoritaria en un país en pleno crecimiento y que acabó paralizado por una huelga general. Hoy las reivindicaciones son materiales y defensivas: el coste de la vida y los servicios públicos. Lo que no es desaprovechado por grupos antisistema y de una violencia fantasmagórica y de una crueldad y vandalismo salvaje como pocas veces se había visto. Por eso recuerda más a los chalecos amarillos de hace unos años, que de hecho han vuelto a la calle.

SEMANA: Una de las imágenes más llamativas de las calles es la abundancia de banderas de Palestina y pocas banderas de Francia. ¿Cómo se explica esto que está pasando en este debate migratorio?
A.B.V.C.: Aquí matizaría la pregunta. Hay crónicas que han señalado la presencia de banderas palestinas, pero también hay imágenes de manifestantes con la bandera francesa, por ejemplo en Marsella. Se utiliza la causa palestina en cierto modo, pese al olvido de los países europeos y el silencio atroz de lo que ha sucedido en Gaza. A mi juicio, una explicación razonable es que la bandera palestina funciona como símbolo genérico de protesta para una parte de la juventud, más allá de Oriente Próximo.

El orden internacional ha sido volatilizado y las distintas guerras que hemos visto y estamos viendo, ilegítimas la mayoría, ha impuesto sus dictados saltando y vulnerando la legalidad internacional y unas Naciones Unidas que vive su peor hora. Pero el detonante de las protestas no es migratorio. Vincularlas a la inmigración es una lectura política añadida, no lo que reclaman los manifestantes. Europa, la Unión, tiene muy clara cuál es su política migratoria y de asilo. Otra cuestión es que la discrepancia viene a la hora de aplicar en los países esas políticas.
SEMANA: Donald Trump dijo que es hora de que Francia cierre sus fronteras. ¿Qué piensa?
A.B.V.C.: Trump escribió que “Francia arde” y atribuyó la violencia a la inmigración de “personas con odio en el corazón”. Estamos ante un discurso absolutamente fuera del contexto europeo y que interesa por razones internas, no olvidemos las elecciones de medio término, que pueden ser una auténtica debacle para el inquilino de la Casa Blanca y hacer que gire absolutamente en sus vaivenes políticos y bélicos. El diagnóstico no coincide con los motivos de la protesta, que son económicos y educativos.

Además, el control de fronteras exteriores en Francia es una competencia que se ejerce dentro del marco de Schengen y de la UE, no algo que se decida por impulso. Y que un aliado intervenga así en la política interior francesa, a seis meses de las presidenciales, tiene más de mensaje electoral que de análisis. El caos que sufren algunos países en Europa siempre acaba beneficiando a alguien y no hay casualidades. Bélgica ha vivido disturbios; Italia, en menor medida; Albania, fuera del contexto de la UE es un auténtico polvorín social y político en estos momentos con una fortísima contestación y rechazo también.
SEMANA: ¿Existe el riesgo de que esta ola de agitación social e inestabilidad cruce las fronteras de Francia y se extienda a otros países de la Unión Europea, como España?
A.B.V.C.: El riesgo existe, pero es limitado. El malestar por el coste de la vida es común en Europa, y estos días hay también protestas estudiantiles violentas en Albania. Pero Francia tiene una tradición propia de protesta callejera y un sistema político muy centralizado y polarizado. En España no se dan hoy esas mismas condiciones. El Fondo Monetario Internacional acaba esta semana de recordar que España es el país que más crece en la UE. Tenemos elecciones en mes y medio y el debate y la polarización es otra completamente diversa.

SEMANA: Con la mirada puesta en el mapa político europeo, ¿a quién beneficia más este escenario de caos urbano: a la derecha o a la izquierda, a los extremos?
A.B.V.C.: A corto plazo, el desorden suele favorecer a quien promete orden. En el caso francés, eso significa sobre todo a la derecha nacional-populista. La reacción de Trump y Vance va precisamente en esa dirección. A la izquierda radical le da movilización, pero también le hace cargar con la acusación de alentar la violencia.

El gran perdedor es el centro, la moderación, la búsqueda de consensos y con él, el gobierno de Macron, sobre todo con los alcaldes criticando cómo se ha gestionado la seguridad. El reto no es solo restablecer el orden, sino recuperar la credibilidad de las instituciones ante quienes protestan pacíficamente.
SEMANA: Usted vendrá a Bogotá la semana entrante, ¿cuál es el motivo?
A.B.V.C.: La razón de este próximo viaje es la concesión del Premio Internacional de la Excelencia a la Justicia que me otorga la CEJ, junto a juristas mundiales de la talla del italiano Luigi Ferrajoli, de la norteamericana Sonia Sotomayor, etc. Al mismo tiempo constituiremos en Bogotá la Red Latinoamericana de Derecho y Desafío Digital, donde una docena de universidades impulsaremos la investigación, el estudio y la divulgación de los grandes retos que supone la IA en el derecho, en la democracia y en el poder. Universidades de la talla de la Javeriana, Rosario, Sergio Arboleda, ambas de este país, así como la Ibero, la UBA, la UCA, la Católica de Chile, la Católica de Perú, la de Sâo Paolo, Coimbra y la Pontificia Comillas de España, de la que soy decano de Derecho.
