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Opinión

  • | 2019/11/26 15:52

    Escuchatorio con resolutorio

    El diálogo nacional debe darse en todos los niveles. Al Gobierno, además de escuchar, le corresponde materializar los cambios que la multitud exige y no ser el palo en la rueda del avance social. La sociedad ya despertó y no dará marcha atrás.

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El 21N entró en escena la multitud. No la muchedumbre amorfa, unificada en el concepto de “pueblo” para actuar sobre él, sino la plural, empoderada y con capacidad de imponer cambios sustanciales, incluso un nuevo contrato social. Ni el miedo, ni la violencia oficial, ni los anuncios de aplazar las reformas regresivas en lo laboral y pensional pudieron desactivar la protesta generalizada. 

A la movilización acudieron los sectores organizados de trabajadores, estudiantes, pueblos y etnias desestimadas, colectivos de mujeres y ambientales, entre otros, pero también cientos de miles de ciudadanos hasta ahora al margen de cualquier protesta social. Esta nueva audiencia aportó renovadas formas de participación y amplificó en el cacerolazo su voz de múltiples reclamos.

Muchos critican que la protesta carece de unidad porque cada cual presentó su particular reclamo, lo que dificulta respuesta. De ahí la lectura miope del gobierno que piensa que todo se resolverá con una gran conversación nacional, dirigida sus funcionarios, bajo sus propios términos y agenda, y lo que es más iluso, con la posterior preparación de proyectos de ley que presentará al Congreso sobre corrupción (¡otra vez!), educación, paz como legalidad, medio ambiente, fortalecimiento institucional y crecimiento con equidad. 

La acepción “otra vez” o “dejà vu” se podría adicionar después de cada uno de los ejes temáticos establecidos y de la idea de convertir las propuestas en proyectos de ley, muchos de los cuales ya duermen el sueño de los justos en los anaqueles del propio Congreso. Ahí están los proyectos anticorrupción, la reducción del aporte en salud de los pensionados, el restablecimiento de la mesada catorce, el retorno de la jornada diurna a las seis de la tarde, la gratuidad de la educación superior pública y la salud como derecho en vez de negocio, para mencionar los que no pasan del tercer debate, a menos que se mutilen hasta hacerlos irreconocibles.

Las fórmulas de siempre no van a aplacar la multitud que despierta a su propia capacidad de convocatoria y cambio. Las gentes en las calles se están expresando de manera plural y clara. Pero esta vez, además de ser escuchados, quieren ser protagonistas de los cambios que el país requiere, los cuales no son cosméticos. 

El poder constituyente del pueblo, llamado por esta razón constituyente primario, no se puede frenar por los temores de quienes se consideran representantes perpetuos de los demás. Hacerlo precariza aún más la democracia y frena el potencial de las nuevas generaciones. 

Superado en gran medida el conflicto armado interno, se imponen las agendas bien construidas de los movimientos sociales, estudiantiles, de mujeres, indígenas, ambientalistas y personas con discapacidad, para mencionar los más organizados. Si para permitir que la sociedad avance requerimos desatar el poder constituyente, que se desate. No seamos tan conservadores.

El diálogo nacional debe darse en todos los niveles. Al Gobierno, además de escuchar, le corresponde materializar los cambios que la multitud exige y no ser el palo en la rueda del avance social. La sociedad ya despertó y no dará marcha atrás. 

Lo que corresponde es que dejen de asustar al pueblo con el coco. ¡Ya está bueno! Estamos ante una juventud madura que puede andar sola y no se asusta de expresidentes. Tal vez el único que estorbe no sea el coco, sino todos los de siempre. ¿Será ese el problema? 

Están surgiendo nuevos liderazgos en las alcaldías de las ciudades y en algunos departamentos como el Magdalena. Esa decena de mandatarios progresistas gobernarán a más de la tercera parte de población del país. El Presidente Duque lo sabe. Por eso los invitó de primeras buscando unirlos a la conversación gubernamental. Claudia López contestó con claridad: “Los alcaldes electos no representamos a los ciudadanos en las calles”. Sin duda, hay una crisis de representación. 

Por ello, se necesita, no solo un “escuchatorio” como el propuesto por el Presidente Duque. Por encima de todo, se requiere un “resolutorio” que no vendrá del Congreso, especializado en defender los intereses de los pocos frente a los de los muchos, los de la multitud constituyente que no se va a dejar envolatar.

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