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Opinión

  • | 2015/10/21 11:00

    “Tierra de nadie: sicario”, Denis Villeneuve

    En las películas siempre se acaba con el narcotráfico y con sus jefes, contraste notorio con la vida real donde cada vez se hacen más fuertes dicho tráfico y sus respectivos jefes.

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La película es un particular thriller con mucho de acción centrada en un relato sobre la lucha contra el tráfico de drogas por parte de algunos cuerpos punitivos y policiales de los Estados Unidos, con esa división existente entre estos entes oficiales que aunque con el mismo fin, tienen diversos métodos desde los más legales hasta los menos heterodoxos, pero que no conducen a nada claro, donde es más lo que se obstaculizan que lo que se ayudan entre sí dichos organismos. Desde ahí es que se centra la cinta, para narrar diversas y violentas situaciones, que partiendo de ese estar asociado de manera incómoda entre ellos, hasta con otros carteles para combatir a determinado cartel y dentro de todo ello, una diversidad de sucesos y de acontecimientos que le van imprimiendo ritmo al relato, como también un viso de realismo muy interesante el de realzar este conflicto interno entre estos órganos estatales.

Puesta en escena de mucha acción, secuencias distintas entre sí y enfocadas de muchas formas y con muchos filtros y colores, donde se matan a los traficantes, y entre estas escenas se desarrollan otras situaciones e informaciones que constituyen puntos de vista sobre la problemática misma que descarnadamente presenta la película. En últimas, la visión estadounidense del narcotráfico, de los narcos mexicanos, de Ciudad Juárez y de la posible “solución” que culmina en enfrentamiento armado, por tanto, es de tipo militar y la consecuente acción bélica que registra la narración. Escenas y secuencias que el mismo guión va presentando de vez en cuando, de forma muy bien administrada para que la acción como tal no decaiga, ni tampoco el ritmo general de la cinta.

La barbarie que se muestra es vista desde la otra barbarie. Escenas de cuerpos mutilados, colgados de los pies, la violencia de los narcos locales, junto a las escenas de los que torturan y hacen confesar a estos narcos y sus cómplices, violencia oficial establecida. Una visión que sin importar su nivel de parcialidad o de imparcialidad, registra diversos sucesos, simple cotidianeidad para muchos de una lucha que perdió su rumbo y su norte hace mucho tiempo, o que quizá nunca los ha tenido y por ello mismo todo parece a la deriva. El camino se torna cada vez más laberíntico y tortuoso, no conduce a nada, ahora donde vale todo y todo se pierde en este maremágnum desatado por estos organismos que se combaten entre sí, un mal endémico que al cine le gusta hacer patente con cierto placer voyeurista sobre este caos que no tiene pies ni cabeza, presentado en este caso en una zona que se convirtió en tierra de nadie como bien reza el título del film.

Le sirve mucho a cierto tipo de cine la particular creencia, que cada día crece más y que resulta muy simplista, de reducir todo a tan sólo enfrentamiento armado de unas bandas de sicarios contra unas tropas muy bien dotadas, con sofisticado armamento de última tecnología, donde necesariamente este desequilibrio inclinará la balanza a favor del mejor equipado, puesto que al hablar de la guerra contra las drogas, se hace sinónimo de dos frentes de batalla y por tanto, el mejor equipado y preparado ganará la contienda, como así sucede siempre en dichas filmaciones. En las películas siempre se acaba con el narcotráfico de drogas y con sus jefes, contraste notorio con la vida real donde cada vez se hacen más fuertes dicho tráfico y sus respectivos jefes. Por eso se le llama cine de ficción, cine de entretenimiento.
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