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Opinión

  • | 2019/10/29 10:52

    La esperanza derrotó al miedo

    Al constatar su victoria frente al otrora invencible uribismo de Antioquia, Daniel Quintero explicó que “el miedo fue vencido por la esperanza.” Esa frase llena de significado recoge lo nuevo que pasó en las elecciones regionales y que empieza a manifestarse en muchos lugares del continente. Hay un despertar de las gentes que impulsa el cambio. De alguna manera, las élites ya no podrán seguir gobernando como antes.

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Los inesperados triunfos de Daniel Quintero en Medellín, Felipe Harman en Villavicencio, William Jorge Dau en Cartagena y Carlos Caicedo en Magdalena, en fortines inexpugnables de maquinarias locales acostumbradas a imponer, inicia un cambio de rumbo en el manejo tradicional de la política y hacia la conexión con los problemas sentidos de las comunidades. También lo hacen las destacables victorias de otros candidatos como Jorge Iván Ospina en Cali y Juan Carlos Cárdenas en Bucaramanga frente a las agresivas campañas de que fueron víctimas con la intención de atajar su elección. Pero tal vez las victorias más significativas han sido las de Claudia López en Bogotá y Elías Larrahondo en Cauca: la primera, por la derrota electoral de la mal llamada “ideología de género” y su estela de discriminación contra los sectores LGBTI y la igualdad de derechos de las mujeres y la segunda, por el golpe al racismo de que son víctimas los afrodescendientes y pueblos originarios en su propia casa.

Estos resultados electorales deben analizarse en el contexto de la desigualdad que ha caracterizado a Colombia y a los demás países de América Latina que empieza a ser rechazada en todas partes. Desde la conquista y colonia española, la sociedad se dividió en clases estratificadas por origen étnico y racial, donde las élites, primordialmente blancas, han mantenido el control sobre los activos productivos más rentables. Las relaciones de subordinación de la encomienda pasaron a la hacienda y de esta, a los partidos políticos, dentro de una economía dual de empresas productivas de altos salarios y utilidades al lado de una informalidad improductiva en la pobreza. El déficit de democracia permite que la desigualdad socioeconómica se reproduzca de generación en generación y se proyecte en el trato discriminatorio e irrespetuoso hacia los integrantes de categorías sociales enteras: mujeres, pobres, campesinos, indígenas, afros, LGBTI y desplazados.

Esa desigualdad socioeconómica se reproduce en el acceso al poder político que, no sorprendentemente, está en manos de las élites de siempre y de las que han surgido de la mano de las economías ilegales y la violencia, la mayoría de ellas permeados de una cultura de financiamiento irregular e ilegal de la política. En una espiral ascendente, la creciente concentración de poder económico conduce a la concentración de poder político y es este poder político el que empieza a cambiar de manos en ciudades y regiones emblemáticas, con un apoyo popular no previsto la víspera y que indica que el cambio si es posible.

La responsabilidad de los nuevos procesos victoriosos es inmensa. Deben abordar la reducción de las desigualdades y no limitarse, como hasta ahora, a reducir la pobreza. De igual forma deben visiblemente desterrar el sistema de corrupción que consume los dineros públicos y alimenta las mafias politiqueras. El poder local debe servir para ambientar la democracia, avanzando en la participación ciudadana en la elaboración de las políticas públicas, la priorización del gasto, su vigilancia colectiva y la evaluación de los resultados.

Otros retos están en la orientación democrática de la fuerza pública frente a la verdadera protección de la protesta y de respeto por el derecho al trabajo en la informalidad, el diseño de oportunidades de trabajo, educación y recreación para los jóvenes y el avance en la igualdad de derechos de las mujeres y los grupos sociales discriminados. El cambio climático debe informar políticas con metas de cero emisiones y la protección ambiental y animal.

La esperanza que derrotó el miedo debe materializarse en disminución de desigualdades, avances en participación democrática y eliminación de toda discriminación injusta para que sea sostenible en el tiempo. El viraje no es fácil pero la ciudadanía los acompañará.

 

 

 

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