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Opinión

  • | 2018/11/03 15:05

    La mitad de Enrique

    El libro me parece insuficiente porque deja por fuera no solo muchos detalles sino muchas explicaciones sobre su cambio de actitud con respecto a la política, reduciéndolas a media página en la mitad.

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A nadie le puede caber duda de que Enrique Santos Calderón ha sido el más importante periodista de Colombia en los últimos cincuenta años. Independiente siempre, independiente incluso de sí mismo al aire de sus vientos, desde el elegido aunque irreverente “arcángel del doctor Santos”, su tío abuelo propietario de El Tiempo, en su primera juventud, hasta su recentísima etapa de consejero áulico de su hermano el presidente Juan Manuel en sus largas y laboriosas negociaciones con las guerrillas de las Farc. Entre una y otra cosa, medio siglo de periodismo político incontaminado por el afán de lucro o las tentaciones de la politiquería. Su columna en El Tiempo, Contraescape, como un cañón suelto que disparaba obuses contra lo que representaba el periódico de su familia; la revista Alternativa como vocera de las voces calladas de la izquierda; la dirección de El Tiempo, todavía el periódico más importante e influyente del país. Y la conversión a lo que él llama, indiferente a la contradicción en los términos “extremo centro”. Pero Enrique nunca ha sido ajeno a la contradicción de los términos. Al contrario: su vida ha sido eso. No sólo la personal, que aquí no viene a cuento, sino la periodística.

El libro me parece insuficiente porque deja por fuera no solo muchos detalles sino muchas explicaciones sobre su cambio de actitud con respecto a la política, reduciéndolas a media página en la mitad.

Porque ahora acaba de publicar sus memorias. Y en el camino sinuoso pero natural de contradicciones en los términos cabe la tentación de titular una reseña sobre ellas como “Extremo Enrique”. Pero en segunda instancia me parece que no. Porque estas memorias sólo muestran verdaderamente la mitad de Enrique, del mismo modo que en la fotografía de la portada del libro sólo se ve la mitad de su cara, y la mano con que se tapa la otra mitad. Una mano que rechaza la fotografía.

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A mí, que he sido desde hace cincuenta años su amigo cercano y su contradictor frecuente - en la dedicatoria de mi ejemplar de su libro me llama, con el énfasis de un paréntesis, “compañero de viaje (a veces)” -, a mí, que he sido su admirador renuente y su también renuente crítico, renuente por crítico y renuente por admirador, este libro me parece insuficiente. No por lo frívolo: así es Enrique, qué le vamos a hacer. Ni tampoco por lo discreto. Eso es él también, y es uno de sus méritos de periodista informativo y omniinformado en un país de periodistas reducidos a la obsesión por “la chiva”, la noticia que los demás no tienen todavía. Ni por lo superficial y rápido que resulta a veces: entiendo que no todo el mundo puede sentarse a escribir, ni a leer, una “crónica de mi propia vida” en nueve volúmenes, como Carlos Lleras Restrepo (a quien también le faltó contar la mitad). Me parece insuficiente porque deja por fuera no sólo muchos detalles sino muchas explicaciones sobre su cambio de actitud con respecto a la política, reduciéndolas a media página en la mitad del libro.

“Toda la vida - empieza el párrafo – me he considerado de izquierda, aunque hace tiempo ando muy en el centro y el país ha virado mucho a la derecha. (… … …) Estoy, pues, en el centro, aunque con el alma aún inclinada a la izquierda. (…) Pues bien: yo hace tiempos cito a aquel periodista inglés que para salir del embrollo de si era de izquierda o de derecha, dijo simplemente: “Soy de extremo centro”.

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Y es para mantener esa fábula que su mirada se vuelve tan comprensiva y benévola sobre los acontecimientos y los personajes de los últimos treinta años. Se vuelve una mirada, digamos, de indiferencia patriarcal.

Por la cual ya está pagando. Apenas salido fresco de las prensas el libro de Enrique, saltó a saludarlo Plinio Apuleyo Mendoza escribiendo (¿dónde? En “El Tiempo”) lo siguiente: “En conclusión, ni Enrique es de extrema izquierda ni yo de extrema derecha. Con diversos matices, somos hoy hombres de centro”.

Y no le falta razón a Plinio en su interpretación reduccionista. Si Enrique Santos merece el castigo reservado a los indiferentes, ahí lo tiene: es el de compartir con Plinio la misma paila del infierno.

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