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Opinión

  • | 2018/01/23 10:04

    Uribe: Entre el odio y los golpes de estado

    La contrariedad de Uribe es directamente proporcional al odio que esgrime como estrategia para embestir a sus enemigos y ello lo enceguece, lo perturba. Ese es su patrón en el juego democrático.

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Hacer política y sobre todo en democracia, más allá de las rivalidades ideológicas o diferencias partidistas, requiere mesura, buen juicio y sindéresis en los objetivos cuando se tiene en mente un proyecto de país; pero hacer uso de la política en democracia para invocar golpes de Estado cuando no se está de acuerdo con quien gobierna, es perverso.

De lo primero el expresidente y hoy senador Álvaro Uribe Vélez, no da muestra alguna de responsabilidad democrática y su fardo político no se desmonta del viejo discurso contra un enemigo que ya no existe: las Farc como guerrilla; en lo segundo, cuando se invoca a los militares a que se tomen el poder por las armas, con el supuesto argumento de “imponer el orden”, es la cúspide del delirio y la desesperación en donde la racionalidad pierde validez y consistencia.  

Se puede estar de acuerdo o no con el Gobierno de Venezuela pero llamar a subvertir el orden y pedir públicamente a los militares de ese país que le den un golpe de Estado a Maduro, responde a una distorsión democrática enfermiza. El senador Uribe, acostumbrado a decir lo que se le viene en gana sin que nadie lo controvierta, y sin poner en contexto los efectos de una petición de esa naturaleza, provoca escozor y pone de presente su talante autoritario, despótico y caciquesco. Se le olvida que los españoles cuando salieron de la dictadura franquista lo hicieron sin disparar un solo tiro; o los chilenos cuando optaron por desbancar a Pinochet se fueron a las urnas y lo lograron;  pedir –a lo Trump- que medie el uso de las armas para derrocar a Maduro, es una locura que puede provocar miles y miles de muertos.

La contrariedad de Uribe es directamente proporcional al odio que esgrime como estrategia para embestir a sus enemigos y ello lo enceguece, lo perturba. Ese es su patrón en el juego democrático. En su hábitat político pervive el odio sin importar las diferencias ideológicas que tenga con sus opositores: odia por igual a Maduro (radical de izquierda) y a Santos (menos extremista pero de derecha como ÉL, que sí es radical). Bien dice en su libro Contra el Odio, la alemana Caroline Emcke: “El odio se mueve hacia arriba o hacia abajo, su perspectiva es siempre vertical y se dirige contra ´los de allí arriba´ o ´los de allí abajo´; siempre es la categoría de lo “otro” lo que oprime o amenaza lo “propio”; lo “otro” se concibe como la fantasía de un poder supuestamente peligroso o de algo supuestamente inferior”. En esa lógica se mueve el hoy Senador Uribe y espeta sus inconformidades sin medir las consecuencias; lo hace simplemente porque a lo que no se ajusta a sus intereses hay que meterle un proyectil.

Dicho lo anterior, a quienes recordamos sus ocho años de gobierno no nos extrañan los extremos: al exmandatario le cuestionan sus relaciones con el paramilitarismo, las maneras poco idóneas como gobernó persiguiendo a sus opositores, chuzando los teléfonos de magistrados, periodistas y contrarios políticos, y los nombramientos en cargos clave, como el DAS, de verdugos que hoy están en prisión. Y cómo olvidar los llamados falsos positivos.  

En cualquier caso, invocar golpes de Estado en pleno siglo XXI debe prender las alarmas y  más aún ahora que estamos en pleno debate electoral y los colombianos nos preparamos para ir a las unas a renovar la institución parlamentaria y elegir a un nuevo presidente. Este es el talante de quien aspira a gobernar en la sombra, dispuesto a todo: cuando las cosas no funcionan a la carta mantiene bajo la manga la alternativa autoritaria, mezclada con una dosis de odio que va más allá de la pasión por la política. “El odio no se manifiesta de pronto, sino que se cultiva”, dice Emcke, y en ese trance Uribe lleva muchos años, no tiene sosiego, es imperturbable. Sin embargo, hay métodos para neutralizarlo: “El odio –recomienda Ecke- solo se puede combatir con lo que a ellos se les escapa: la observación atenta, la matización constante y el cuestionamiento de uno mismo”.

@jairotevi

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