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Opinión

  • | 2020/02/29 03:07

    ¿Samper lo mandó a matar?

    Resulta ofensivo para la democracia colombiana que Samper siga pontificando como ciudadano preocupado e inocente.

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Todavía me maravilla el desparpajo y la desvergüenza de Ernesto Samper para tergiversar la verdad, así como su fidelidad de lacayo hacia capos que le otorgaron favores.  

En su comparecencia ante la Comisión de la Verdad, aunque no venía a cuento, lanzó un dardo contra la lucha democrática de Juan Guaidó. No querría desaprovechar ese cuartito de hora que le brindaron para mostrar su agradecimiento a Nicolás Maduro. No olvida que lo dejó presidir aquel engendro chavista bautizado Unasur.

Y como tiene el corazón mezquino, además de declarar a Fernando Botero el único culpable de sellar las relaciones de su campaña con los narcos, se sacó de la manga que Alfonso Valdivieso tuvo su parte de culpa en el magnicidio de Álvaro Gómez. Con un cinismo lacerante y una portentosa imaginación, el aliado del cartel de Cali explicó que los mismos que orquestaban un complot para tumbarlo terminaron asesinando al líder conservador. Es decir, como el entonces fiscal general se negó a investigar ese supuesto plan golpista, tampoco evitó el crimen. 

El resto de su fábula no merece ni media línea más. Y es una lástima, porque nadie mejor que él para aclarar las criminales relaciones entre la clase política y la mafia.

En todo caso, pronto, en el mismo escenario, comparecerá Enrique Gómez Martínez y quienes llevan años investigando a fondo el asesinato del líder conservador y han recopilado tal cúmulo de testimonios y pruebas que esta vez seguro la nueva Fiscalía General las tendrá en cuenta.

Lo recogido apunta hacia Samper como uno de los que ordenaron matarlo. Primero, de candidato, porque él y sus amigos mafiosos temían que si perdía, no saldría adelante una ley de sometimiento que contaba con la oposición de Álvaro Gómez. Después, por el riesgo de que arruinara su presidencia por la influencia social y política del dirigente conservador y las críticas demoledoras que lanzaba desde su columna y el Noticiero 24 horas, de su propiedad, el más seguido en aquella época. Si desaparecía del mapa, cumpliría el retador “aquí estoy y aquí me quedo” que terminó siendo cierto.

Resulta ofensivo para la democracia colombiana que Samper siga pontificando como ciudadano preocupado e inocente.

Entre muchos datos, cito, por ejemplo, una reunión de los hermanos Rodríguez Orejuela, Samper y otros mafiosos, que el contador Pallomari rememora desde su escondite en Estados Unidos, como testigo protegido. Concuerdan en la necesidad de acabar con Álvaro Gómez, pero discuten el momento adecuado de eliminarlo. Están en plena campaña electoral, y Miguel Rodríguez y otros consideran que sería un error en esas fechas, tesis que al final triunfa.

Hubo otro encuentro de paramilitares y jefes narcos en el que Carlos Castaño reclama por el magnicidio. Terminan reconociendo que lo cometió Danilo González, del cartel del Norte del Valle, para atender una solicitud de Ernesto Samper.

Nada de lo anotado es versión mía. Ni siquiera representa la conclusión oficial de la familia de la víctima. Son afirmaciones de varios integrantes del cartel de Cali, de paramilitares de peso y del exministro Fernando Botero, entre otros personajes. Por desgracia, ya no viven varios de los principales protagonistas de los episodios más siniestros. A Nacho Londoño, pieza clave en todo el entramado, lo asesinaron en Cartago unos sicarios hace cinco años, muerte que seguro arrancó suspiros de alivio.

Al margen de los pormenores de la investigación –que Enrique Gómez Martínez adelantará en Al ataque, de SemanaTV, y expondrá ante la citada Comisión–, me extraña que aún muchos desprecien las funestas consecuencias que tuvieron para el país la elección mafiosa de Samper, la farsa de su proceso en la Cámara y la deplorable actuación de políticos que siguen activos.

Si en aquella ocasión los poderes legislativo y judicial, en lugar de tapar con sobornos las verdades, hubiesen actuado con honestidad, seguro que el país habría tomado otro rumbo.

Porque resulta ofensivo para la democracia colombiana que Samper tenga el descaro de seguir pontificando como ciudadano preocupado e inocente y que asuma el papel de víctima de imaginarias conspiraciones.

Recomiendo a los olvidadizos Rehenes de la mafia (Intermedio Editores, 1998), una apabullante compilación de datos y averiguaciones que conviene traer a la memoria. Por ejemplo, los cinco puntos a los que se comprometía el expresidente a cambio de los millones que le regalaron los Rodríguez y otros capos. “Primero, el candidato Samper agradece el respaldo que ofrecen y valora su ayuda para llegar a ser presidente. Segundo, Ernesto Samper apoya la política de sometimiento…”.

Es indudable que las infinitas pruebas que lo acorralan son para él NIMIEDADES que en absoluto lo afectan. Incluso, el jesuita Pacho de Roux calificó su exposición exculpatoria ante la Comisión de la Verdad de “lógica e inteligente”. ¿Será que tampoco vio la manada de elefantes?

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