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Mi historia con Santa Fe

Santa Fe ha formado parte fundamental de mi vida. Me enseñó resiliencia al aguantar 37 años de malos resultados e igualmente me enseñó paciencia.

Francisco Santos
15 de junio de 2024

Uno puede cambiar de sexo, de esposa, de religión y de partido político, pero lo que uno nunca cambia es de equipo. Mi amor por Santa Fe comenzó desde muy pequeño y hoy sigue igual, no disminuye y obviamente este sábado estaré en el estadio. Cuando usted lea esta columna ya sabremos si Santa Fe es campeón por décima vez o el Bucaramanga tendrá su primera estrella.

Una parte importante de mi vida ha estado ligada a este equipo, y esas memorias y esos recuerdos son los que quiero hoy compartir con ustedes. ¿Por qué me volví hincha del rojo? La tengo clara. Iba al estadio desde muy pequeño con mi hermano mayor, tremendo hincha de Millos, Guillermo. Yo era un terremoto y él me daba mis cocotazos para que me quedara quieto y lo dejara ver tranquilo el partido. En venganza me volví del otro equipo que jugaba ese clásico, Santa Fe. Un amor nacido de la revancha, no está mal.

Muchas veces cuando iba al estadio era a la cabina de El Tiempo. Un gran recuerdo de esos partidos que nunca olvidaré era el del gran analista del fútbol Hernán Peláez, quien al terminar su partido se iba de la cabina de Caracol Radio, donde analizaba en directo el partido, a la del periódico para escribir fumando su pipa la mejor columna sobre fútbol en la historia del país, ‘Cara y Sello’.

Sin embargo, nada era y es tan fabuloso como ir a la tribuna. Desde pequeño fuimos muchísimas veces con un papá y un hijo incomparables, don Alfredo Hernández, quien cumplió 100 años hace poco, y creo es el único hincha que ha visto a Santa Fe ser campeón sus nueve veces, en el estadio, claro está, y su hijo Gerardo, mi gran amigo del colegio. Recuerdo cuando de pequeños poníamos las ruanas para evitar el frío del cemento al sentarnos, o cuando de grandes y yo era vicepresidente, entramos al estadio rodeados de escoltas y ya sentado, don Alfredo nos ofreció invitarnos una paleta, se metió la mano en la chaqueta y dijo en su acento cachaco: “Me robaron la billetera”. Gerardo, su hijo, nos dijo: “Tranquilos, yo invito”; se metió la mano y gritó: “A mí también”. Les habían robado las billeteras en un episodio que solo había visto en Tintín con los investigadores Hernández y Fernández.

Los partidos en televisión llegaron hace poco a nuestras casas. El fútbol y nuestro equipo lo seguíamos en la radio y en los periódicos. Sufríamos y llorábamos con personajes increíbles y narradores históricos como el Patico Ríos, Carlos Arturo Rueda, Pastor Londoño y Jaime Ortiz Alvear, entre muchos otros. Los domingos, la radio era nuestro mejor amigo cuando jugábamos de visitante y era lo que escuchábamos para entender qué había pasado en un partido.

En 1971 recuerdo estar solo en la sala de mi casa, en una radiola escuchando Santa Fe-Cali en el Pascual Guerrero. Si ganábamos, ese equipazo de Campaz, Waltinho, Basílico, Ovejero y Tumaco González era campeón, pero cuando el Cali nos metió el segundo gol, de la rabia lancé la radiola al aire y quedó destrozada. Medio la pegué y salí corriendo, y cuando pusieron música al otro día y no funcionó yo no tenía idea quién la había dañado. Fuimos campeones en la final contra Nacional, así que el resultado final fue Santa Fe 1-radiola 0.

Imposible olvidar aquel equipo de 1975 y ese 3-2 contra Millos con goles del Nene Sarnari y de Céspedes. Casi me rompo las manos cuando salté en el tercer gol y golpeé el techo, era bajito, les admito, de cemento de la cabina. A mi lado, con tristeza profunda, estaba mi otro amigo hincha del azul Juan Gabriel Uribe. Qué equipazo era: Pandolfi, Cañón, Sarnari, Luis Gerónimo López, Ernesto Díaz.

Y viene la sequía. En 2005 perdimos la final contra Nacional y mi hija Carmen, santafereña del alma, quien entonces tenía 10 años, me abrazó llorando y me dijo: “Papá, la próxima vez que vayamos a una final voy a tener 40 años”. Casi me muero de ternura, pero esa era la frustración que tenían los hinchas, 30 años sin un título.

Tantas frustraciones, tanta rabia ante las oportunidades perdidas –sin olvidar los campeonatos comprados por el América de los Rodríguez Orejuela y por los Millonarios de Rodríguez Gacha–, pero nada como cuando vi a mis dos hijos mayores Benjamín y Gabriel llorar cuando por fin volvimos a ser campeones en 2012 contra el Pasto. La sequía había acabado.

Santa Fe ha formado parte fundamental de mi vida. Me enseñó resiliencia al aguantar 37 años de malos resultados e igualmente me enseñó paciencia. Me enseñó a ver el vaso medio lleno, pues tan importante es el equipo como los amigos con los que se comparte el triunfo y la derrota. Me dejó Chopinar antes del partido, ya es un rito, y me dejó empatía. Por eso, si el Bucaramanga gana su primera estrella, me alegraré y no sentiré tanto la derrota. Ellos tuvieron grandes equipos que nunca ganaron y Santa Fe es culpable de un par de estrellas que se les enredaron. Pero eso es el fútbol.

Gracias, Santafecito del alma. Vamooos, vamos, vamos, Santa Fe. Vaaaaaaamooooooos, Santa Feeeeeeee.

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