OPINIÓN

Vicealmirante (RA) Paulo Guevara Rodríguez

Presión sin invasión: la estrategia de Estados Unidos frente al régimen de Maduro

En el plano estratégico, el mensaje es inequívoco. Estados Unidos reafirma su condición de potencia naval dominante y, más importante aún, su voluntad política de emplear el poder militar como instrumento de coerción.
23 de diciembre de 2025 a las 1:06 p. m.

A la luz de lo observado hasta ahora, la estrategia de Estados Unidos frente al régimen de Nicolás Maduro no apunta a una caída inmediata mediante una intervención militar directa, sino a la aplicación de una coerción estratégica sostenida —naval, económica y encubierta— destinada a erosionar progresivamente el núcleo de poder del chavismo y, sobre todo, a transferir el costo de su supervivencia a sus principales aliados, con el fin de forzar un desenlace político sin recurrir a una invasión abierta.

Han transcurrido más de cuatro meses desde que Washington desplegó una fuerza de tarea marítimo-naval de alta capacidad, encabezada por el portaviones USS Gerald R. Ford y su grupo de combate, con operaciones de control marítimo en el Caribe, en proximidad a aguas jurisdiccionales venezolanas. Lo que inicialmente generó una elevada expectativa regional e internacional permite hoy una lectura más reposada: el despliegue no es coyuntural ni reactivo, sino parte de una estrategia integral claramente articulada en los niveles estratégico, operacional y táctico.

En el plano estratégico, el mensaje es inequívoco. Estados Unidos reafirma su condición de potencia naval dominante y, más importante aún, su voluntad política de emplear el poder militar como instrumento de coerción. La señal no está dirigida únicamente a Caracas, sino también a actores extrahemisféricos como Rusia, China e Irán: América Latina continúa siendo un espacio prioritario dentro de la agenda de seguridad estadounidense y no un escenario disponible para la expansión de influencias hostiles.

Desde una perspectiva operacional, el despliegue refuerza la presión sostenida sobre el régimen de Maduro mediante un cerco político-militar que reduce su margen de maniobra. Esta presión se sustenta no solo en la naturaleza autoritaria del régimen, sino también en sus alianzas con Estados adversarios de Occidente —en particular Cuba e Irán— y en los persistentes señalamientos sobre vínculos con organizaciones terroristas internacionales y estructuras criminales transnacionales. En este entramado confluyen denuncias de apoyo logístico y protección a redes como Hezbolá y Hamás, así como a organizaciones narcotraficantes que operan desde y a través del territorio venezolano, entre ellas el Cartel de los Soles y el Tren de Aragua, hoy con proyección regional.

En el nivel táctico, se observa una evolución significativa en la lucha contra el narcotráfico marítimo. Se ha pasado de la interdicción tradicional —centrada en la captura de cargamentos— a una estrategia más agresiva de neutralización directa de los medios de transporte ilícitos, especialmente lanchas go fast y semisumergibles. El objetivo es claro: elevar los costos operacionales del crimen organizado, degradar sus capacidades logísticas y quebrar la histórica sensación de impunidad en las rutas del Caribe y el Pacífico oriental.

No obstante, la dinámica de las redes sociales ha distorsionado la lectura estratégica. Se ha instalado de forma recurrente la narrativa de una caída inminente del régimen que no se corresponde con la realidad. Pese al despliegue naval, la operación Lanza del Sur, las restricciones aéreas, la presión diplomática y la incautación de superpetroleros vinculados a regímenes sancionados, el objetivo final —la salida del régimen— aún no se ha materializado. Cada día que pasa, en términos estrictamente políticos, juega a favor de Maduro.

El verdadero centro de gravedad del régimen ha sido el control político, económico y coercitivo de la Fuerza Armada, lo que le ha permitido sobrevivir pese a la presión internacional y al rechazo social. Mediante un sistema de privilegios y control interno, el régimen ha mantenido cohesionada a la cúpula militar; sin embargo, esta estructura es intrínsecamente frágil, pues depende de recursos cada vez más limitados y de lealtades transaccionales que, bajo una presión sostenida, pueden colapsar de forma abrupta.

En este contexto, lo verdaderamente novedoso y estratégico es la incautación de superpetroleros como instrumento de presión internacional. Esta práctica marca una evolución en el empleo del poder naval, ya no orientado a la confrontación armada clásica, sino a la aplicación efectiva de sanciones, la asfixia financiera de Estados sancionados y la interrupción de sus flujos energéticos, todo ello sin una declaración formal de guerra. En términos doctrinales, se trata de una manifestación contemporánea del coercive naval power, sustentada en el pensamiento de Julian S. Corbett, para quien el control del mar es un medio para influir decisivamente en los acontecimientos en tierra, y de Alfred Thayer Mahan, quien entendía el poder marítimo como un instrumento para condicionar la prosperidad económica y la voluntad política del adversario.

El impacto más significativo de esta presión es indirecto pero estructural: traslada el costo de la supervivencia del régimen a sus principales aliados. Las consecuencias para países también sancionados, como Irán y, de manera particularmente crítica, Cuba, son profundas. En el caso cubano, la reducción del suministro de crudo venezolano —históricamente intercambiado por respaldo político, inteligencia y esquemas de seguridad personal al dictador— golpea de lleno una economía ya colapsada, profundizando la crisis energética, afectando el transporte y elevando el riesgo de inestabilidad social.

Así, sin disparar un solo misil ni cruzar el umbral de la guerra convencional, se confirma una premisa central de la teoría del poder marítimo: quien controla el mar no necesita combatir directamente para imponer costos decisivos, moldear comportamientos estatales y alterar equilibrios regionales.

En este escenario, lo más probable no es una intervención militar directa —salvo que un incidente grave provoque una escalada no deseada—, sino una intensificación gradual de la presión económica, financiera y encubierta. Sin capacidad real para alterar esta dinámica, el régimen queda reducido a la propaganda, mientras se mantiene abierta, aunque en reserva, la opción de operaciones de inteligencia altamente focalizadas como instrumento final de coerción.

El objetivo no es una caída inmediata, sino hacer al régimen insostenible. A medida que se erosionan sus fuentes de financiamiento y se castiga a quienes lo respaldan, la dictadura queda aislada, debilitada y sin margen de maniobra real. El desenlace, cuando ocurra, no será producto de una invasión, sino del colapso interno de una estructura que ya no puede sostenerse. Ese es, en esencia, el verdadero sentido de la estrategia en curso.

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