La tiranía del “qué dirán” lo influye todo: desde las decisiones de los dirigentes políticos, financieros, educativos y culturales, hasta la configuración de la identidad de los ciudadanos comunes y corrientes que eligen, opinan, juzgan y hasta sueñan con el deseo prestado y la validación externa.
El “qué dirán” regula la conducta desde el miedo a la desaprobación social. Y ese miedo solo prospera —vale la pena subrayarlo— en quienes han delegado su valía en la mirada de los otros. Es una dinámica que transforma a la persona en un personaje que finge tantos roles y recita tantos guiones como sean necesarios para lograr “buena reputación”, aun a costa de la sana conciencia.
En síntesis, la tiranía del “qué dirán” es una pandemia social y cultural que insiste en reducir el sentido de identidad a una especie de acumulación de gestos aprobados, y que se caracteriza por el desfondamiento de la conciencia y el socavamiento de la estructura social.
El desfondamiento de la conciencia consiste en lo siguiente: la conciencia deja de ser una expresión internalizada de principios y valores que atienden un criterio de verdad o rectitud, y una fuente de responsabilidad que exige elegir el bien —aun cuando nadie observe—, para convertirse en una máquina dispensadora de impulsos orientados, exclusivamente, a obtener aprobación de “los otros”, independientemente de que esos otros sean viles, mediocres e ignorantes, y de que sus juicios sean miopes e interesados.
Pero el tema va más allá. Al desfondarse la conciencia, la conducta se modela por la mirada social y su tendencia. La persona solamente actúa para sostener las apariencias y emular modelos socialmente validados. Al final, la reputación sustituye a la conciencia como instancia rectora de la acción.
El socavamiento de la estructura social se sintetiza en la expulsión del mérito moral e intelectual como condiciones para el ascenso social y profesional. Dicho de otro modo: el mérito ya no importa. Lo que importa es la opinión que tenga la masa de ocasión.
Por consiguiente, no interesa ni que un político sea bueno o malo, ni que un gestor cultural sea culto o inculto, ni que un magistrado sea justo o injusto, ni que un periodista sea honesto o deshonesto, ni que un educador sea educado o analfabeto, ni que un artista sea sensible o insensible. Todo eso es irrelevante para la tiranía del “qué dirán”. Solamente concierne el premio o la sanción social. Es una tiranía de la mayoría que, tal y como lo han explicado filósofos de la política y de la justicia y de la moral, conduce a la fisura social definitiva.
Pero este fenómeno del “qué dirán” se complejiza si se analiza la sociedad que hace de censora social. Sucede que la sociedad actual ya no es exigente en términos éticos o intelectuales. Es, más bien, una masa estupidizada, fabricada por algoritmos y tendencias cada vez más baladíes.
El nuevo tribunal social no está compuesto de personas formadas o medianamente informadas. Lo está por personas alienadas por la inmediatez de las redes, con escasa o nula práctica de lectura profunda, con referentes políticos que apelan al escándalo o la consigna simplista, y con un arribismo desenfrenado y vulgar que todo lo admite, si eso significa alcanzar beneplácitos de cualquier tipo.
En consecuencia, la presión por encajar se ejerce ahora desde una multitud superficial, con valores fluctuantes y frágiles, que juzga con base en apariencias, pero no en ideas. Así, el “qué dirán” ya no remite al temor de decepcionar a una comunidad reflexiva, sino al pánico de no ser aprobado por una audiencia volátil, desinformada y fácilmente manipulable. Se trata, en últimas, de una forma de control social degradada que castiga según el estándar efímero de lo que “se ve bien”.
Finalmente, la tiranía del “qué dirán” origina un tipo de humano: el hombre mediocre, que José Ingenieros caracterizó como un sujeto cuya conciencia ha sido colonizada por la opinión ajena; un hombre rebajado por la hipocresía, que oculta sus intenciones, enmascara sus sentimientos, simula sus aptitudes e ignora el tribunal interior, el de la sana conciencia, para perseguir el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios.
La tiranía del “qué dirán” y la masa mediocre que la aplica no sigue el deber ser, sino el ser aceptado. Lo escribió el pensador español José Ortega y Gasset: “Hay un hecho que, para bien o para mal, es el más importante en la vida pública europea de la hora presente. Este hecho es el advenimiento de las masas al pleno poderío social. Esta crisis ha sobrevenido más de una vez en la historia. Su fisonomía y sus consecuencias son conocidas. También se conoce su nombre. Se llama la rebelión de las masas”.
