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Opinión

  • | 2018/10/13 19:15

    ¿Sobrevivirá el uribismo sin Santos?

    El uribismo se nutre de la confrontación. El enemigo común es su fuente de unidad. La ausencia de un contradictor los ha dejado acéfalos y a la deriva

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Se ha hablado y escrito mucho sobre el porqué del distanciamiento tan visceral entre los dos últimos presidentes de Colombia, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Son múltiples las hipótesis: que fue por la traición de Santos a Uribe al nombrar en su primer gabinete a antiuribistas como Germán Vargas Lleras y Juan Camilo Restrepo, que fue por la negociación de paz con las Farc, que fue por el acercamiento con Hugo Chávez o por todos los anteriores.

En ese análisis, se ha minimizado el cuándo se produjo la ruptura y el quién tiró primero la toalla. No es un dato insignificante, ya que explica las dificultades que afronta hoy el uribismo para mantenerse como una fuerza unificada y en alza.

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En el excelente reportaje periodístico de Vicky Dávila, que emitió W Radio una semana antes de la posesión de Iván Duque, se reveló una entrevista con Óscar Iván Zuluaga, uribista purasangre. Zuluaga contó de una llamada que recibió de Uribe a mediados de octubre de 2010. El expresidente acababa de reunirse con su sucesor en la Casa de Nariño y había quedado muy preocupado con la decisión de Santos de apoyar la Ley de Víctimas y eliminar una exención tributaria para inversionistas. “Hay que prepararnos para el 2014. No hay nada que hacer”, le habría ordenado Uribe a Zuluaga. Llama la atención la fecha: Santos apenas llevaba dos meses en el cargo. Unas semanas antes, una operación militar había abatido a alias Mono Jojoy, el enemigo público número uno de los colombianos. No se vislumbraba aún negociación alguna con las Farc. La tristemente célebre frase de Santos en la cual describe a Chávez como su “nuevo mejor amigo” no se había pronunciado: ocurrió el 8 de noviembre de 2010.

Pasarían varios meses para que se hiciera pública la decisión de Uribe de convertirse en jefe de la oposición del hombre que lo describió en su discurso de posesión como “un colombiano genial e irrepetible” y quien “brillará en la historia patria”. La fecha del rompimiento con Santos es relevante porque demuestra que el asunto de la paz no fue central y que el disgusto con Santos no fue porque este entregó el país a la guerrilla, sino por él mismo. Por Juan Manuel Santos y punto. Más aún, devela que el motor detrás del crecimiento del uribismo fue el antisantismo. Le sirvió en 2014 cuando Óscar Iván Zuluaga superó a Santos en la primera vuelta y casi lo derrota en la segunda. La impopularidad de Santos y la desconfianza de muchos en el entonces presidente motivaron a millones de colombianos a votar por el No en el plebiscito.

El uribismo se nutre de la confrontación. El enemigo común es su fuente de unidad. La ausencia de un contradictor los ha dejado acéfalos y a la deriva.

También fue fundamental no solo en el triunfo de Iván Duque, sino en el desplome de los santistas Humberto de la Calle y Germán Vargas Lleras en las elecciones de este año. Atacar a Santos daba claros réditos políticos y electorales. Hasta junio de 2018. Allí llegó a su pico. Desde entonces, se está cumpliendo a cabalidad la ley de retornos decrecientes. Es cada vez menos rentable el antisantismo.

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Eso se vio los días antes de la posesión de Duque, cuando el cacerolazo contra Santos propuesto por José Obdulio Gaviria no prosperó. Y en las reacciones generalmente negativas que produjeron el aviso publicitario del Centro Democrático y el discurso del presidente del Senado, Ernesto Macías, el pasado 7 de agosto. Igual ocurrió con el reciente video de la mujer que increpó al expresidente Santos en un avión y que fue replicado en redes por senadores uribistas como Carlos Mejía, María Fernanda Cabal y Paola Holguín. Solo contentó a los ‘furibistas’.

No hay que ser Einstein para inferir que el partido de Duque no comparte la decisión del presidente de gobernar sin retrovisor. Ni el mismísimo Uribe parece estar a gusto con esa estrategia, ya que se refiere a “la herencia” de Santos en cada tuit.

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El uribismo se nutre de la confrontación. El enemigo común es su fuente de unidad. La ausencia de un contradictor –Santos ha optado por seguir el modelo de Belisario Betancur– los ha dejado acéfalos y a la deriva. La versión pos-2010 se construyó sobre el antisantismo y la defensa de los ochos años de gobierno de Álvaro Uribe. Con su candidato oficial ocupando la Casa de Nariño y Santos en uso de buen retiro, esas causas, su “raison d’être”, pierden relieve. He ahí su disyuntiva actual. 

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