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Opinión

  • | 2018/09/14 15:46

    Tatuajes y defensa

    Los tatuajes hoy se ven por todas partes, pero salieron a relucir con el concepto que dio la Secretaría General de la Policía Nacional para sustentar la prohibición de que sus agentes “porten uno visible” en horas de servicio.

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Tal vez ya tengo 100 tatuajes. He perdido la cuenta. Buena parte a color. Y hay de todo: animales, nombres, pequeños amuletos, caras de seres queridos, fechas clave y el tipo de sangre. Se asoman en las muñecas, pantorrillas, antebrazos, hombros, en el cuello atrás y en el pecho. Trazos finos, burdos, delicados, agresivos, según el tema, el pulso del tatuador y el presupuesto. Es una colección derivada de una mayor de arte urbano que alimento desde hace años.

Yo no tengo ni un tatuaje encima. Solo muchísimas fotos de toda clase de personas: el clásico hípster o milenial tatuado, deportistas al paso, tenderos, escritores, alumnas de la universidad, uno que otro malandro y seguramente policías de civil. Me interesa preguntarles por el criterio de elección, el cómo de toda esa industria, porque la hay y va creciendo (body art que llaman, pura industria naranja), así como existe un gran negocio de producción de camándulas, estampitas de ángeles y santos que también mueve millones, sin garantía de que la calcomanía de la Virgen y un rosario, tan común en el trasero de los carros, evite infracciones de tránsito o abusos contra ciclistas.

Los tatuajes hoy se ven por todas partes, pero salieron a relucir con el concepto que dio la Secretaría General de la Policía Nacional para sustentar la prohibición de que sus agentes “porten uno visible” en horas de servicio. Y se desató la polémica en torno a los derechos constitucionales, los pre-juicios sobre el pasado o futuro judicial de quien se tatúe (“ociosos, vagos, delincuentes”), y frente a la soberana voluntad de cada persona de hacer de su cuerpo un lienzo.  

El debate no solo se da aquí. Claro, la Policía también está en su derecho de fijar normas de conducta y códigos de apariencia para su personal, pero no para estampar sus prejuicios sobre los ciudadanos. La misma ola ya pasó por Estados Unidos, Alemania y el Reino Unido, por ejemplo, donde también han debatido si los tatuajes van en contra del “decoro y la pulcritud” de ese agente corte años 50: pelo al rape, sin barba, ojalá alto y siempre como recién bañado con estropajo.  

En esos países han replanteado cosas como la altura mínima, que Alemania redujo en unos centímetros para no quedarse sin oficiales; si pueden o no evidenciar creencias religiosas, tema que la policía de Nueva York ajustó y hoy se ven agentes con barba y turbantes azules oscuros. Y en el Reino Unido han comprendido que los tiempos cambian y se deben adaptar: el 52% de las agentes tiene tatuajes, mientras el 47% de los hombres los llevan; y el 60% de los encuestados apoyó el llamado a no discriminar a los policías tatuados. La Federación Nacional de Policía del Reino Unido solicitó que quienes tengan tatuajes visibles en el cuello y la cara sean aceptados, así como desde 2011 las guías nacionales de la policía británica permiten los tatuajes visibles mientras no sean ofensivos o discriminatorios (en Alemania, con razón, la esvástica está prohibida).

No es cosa de sollados: las policías han entendido que con el cambio generacional se ha reducido el número de jóvenes que quieren entran a sus filas, mientras que las encuestas registran un aumento en los ciudadanos que se tatúan, así como crece la cifra de aquellos a los que tiene sin cuidado que una oficial se les aparezca con una rosa en el codo: lo que a todos nos importa es que la policía haga bien su trabajo, dentro del respeto y las garantías constitucionales.

En materia de tatuajes, lo más pintoresco de todo este escándalo es la procedencia de los estudios en los que sustentan sus conclusiones los sabuesos académicos de la policía. No sé si fue que no se leyeron todo el texto de Virginia Rodríguez Gutiérrez y se quedaron, por conveniencia, con un fragmento que la autora toma de otro documento escrito por Sonia Reverter, como aparece en el informe del coronel Criollo, o si fue que no entendieron bien los argumentos que las dos académicas presentan en sus escritos.

Basta una pincelada del texto madre, Europa como espacio de identidades post-patriarcales, para entender la verdadera dimensión y tono de lo que trata Reverter, Doctora en Filosofía, feminista pura y dura, estudiosa y defensora de la perspectiva de género, y consistente cuestionadora de las estructuras patriarcales que pretenden mantener una lectura binaria de la realidad:  blanco/negro, mujer/hombre, amigo/enemigo, heterosexual/homosexual, tatuado drogo y vago/no tatuado sano y productivo, y etcétera. De haberlo leído y sabido, seguramente el coronel no habría usado el texto de Rodríguez, ni aludido al de Reverter, como cita citable en su informe.

La directora del estudió de la policía británica, Victoria Martin, afirmó que “tener un diseño tatuado en el cuerpo, aún si es visible, no repercute en la habilidad que tiene una persona para cumplir con su servicio al público y, como lo evidencia nuestro estudio, en algunos casos sirve como un gran rompehielos, una forma de derribar barreras, en especial con los jóvenes”.  

Y Reverter, por su parte, derriba otro mito: en su texto señala que hoy en día tatuarse, así como ponerse prótesis de pecho y cola o intervenir el cuerpo, usar piercings y demás son tan populares entre hombres y mujeres que hacen parte de ese control y poder sobre el cuerpo que demanda una sociedad patriarcal. Lo que alguna vez pudo ser transgresor hoy es institucional.

Propongo, entonces, que el ministro de Defensa se tatúe un mapa de Colombia en el brazo y que trace sus límites –también los de la silueta del país- con un texto que rece: “Este país no es mi finca, no me pertenecen sus ríos, valles, montañas y vías”.

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