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Opinión

  • | 2019/05/18 15:53

    Todos tenemos alguien a quien amar

    Le aposté todo a la paz y acepté en mi casa tanto a guerrilleros como a paramilitares, sin reproches, porque siempre he dicho que somos hermanos. Los victimarios tienen una historia que los obligó a ser lo que son.

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Mi nombre es Angelina Isabel González Jiménez. Vivo en la vereda Camarón, la última del Carmen de Bolívar, que limita con el municipio de María La Baja. Nací aquí y soy campesina al cien por ciento. Empecé como docente a los 17 años, no porque estuviera preparada para serlo, sino simplemente porque aquí nadie sabía ni leer ni escribir.

 Aquí todos eran iletrados. Yo aprendí a leer porque cuando tenía 12 años, una sobrina de mi mamá ofreció patrocinarme la escuela a cambio de mis servicios domésticos. Luego estudié en María La Baja y en el Carmen de Bolívar, y en el año 1977 me casé. A los dos años me separé, pero me quedé en Camarón a enseñar con mis dos hijos a cuestas.

 Empecé dando clases en una escuela de banquitas en mi propia casa, y ya tenía casi cien niños. A mí nadie me pagaba por eso, sin embargo, era un trabajo que yo hacía por mero gusto. Al principio mis alumnos eran niños pequeños; pero como eran tantas las personas que no sabían leer, terminé dando clases a gente de hasta 40 o 50 años.

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Se sabe que la mujer campesina suele ser sumisa y obediente ante la figura del macho, que por lo general es quien tiene la palabra en el hogar. Yo desde que tengo uso de razón he sido muy diferente y me considero una mujer despierta, a la que le gustan las cosas como son. Me agrada tanto el campo que desde siempre he defendido la estabilidad y la permanencia en él frente a los guerrilleros, frente a los paramilitares y frente al mismo gobierno, y he dicho que de aquí de Camarón nunca me van a sacar. Por buscar la forma de difundir mi mensaje a la comunidad logré el año pasado el galardón de periodismo Simón Bolívar, el título de hazañas maestras RCN en 2018, y soy reconocida como embajadora de la mujer campesina en los Montes de María.

 Mi lucha es también por la defensa de la flora y de la fauna de mi tierra, porque tengo el lema de que un árbol hace más bien a una sociedad que un hombre. 

Le aposté todo a la paz y acepté en mi casa tanto a guerrilleros como a paramilitares, sin reproches, porque siempre he dicho que somos hermanos. Los victimarios siempre tienen una historia que los obligó a ser lo que son.

El conflicto azotó mucho a la alta montaña del Carmen de Bolívar por que aquí venían y permanecían todos los grupos armados y el Gobierno nacional no se veía por ninguna parte. En la década de los noventa, en Camarón existían 120 familias y después de una terrible violencia quedaron solo 14, entre esas la mía. Hubo muchos muertos, violaciones, secuestros y los asesinatos eran el pan de cada día. Yo por eso le aposté todo a la paz desde mi territorio y acepté en mi casa y en mi familia tanto a guerrilleros como a paramilitares sin reproches, pues siempre he dicho que somos hermanos. Los victimarios tienen una historia que los obligó a ser lo que ellos son. A pesar de las amenazas que recibo a diario, nunca me fui de mi tierra. Soy una mujer resistente que ha sabido superar las dificultades de la violencia para poder vivir feliz en mi territorio.

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La sociedad colombiana le ha dado muy duro al campesinado, y la mayoría de los campesinos no estamos preparados para sobrevivir. Los actores de la violencia fueron muy inteligentes por que supieron aprovechar esa situación para llenar sus filas con personas a las que no les quedó otra salida. Yo siempre he perdonado y he buscado la forma de que los victimarios también lo hagan. La violencia se supera con amor, tolerancia, prudencia, respeto y verdad.

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Tristemente, los acuerdos de paz de La Habana no funcionaron en mi pueblo. Aquí lo que ha funcionado es ese gran deseo de permanecer en el campo y de vivir tranquilos que, luego de ver las consecuencias de la violencia, nos permitió perdonar. Nosotros aquí hicimos nuestro propio acuerdo con los vecinos, con los campesinos y con los propios agresores.

 Mi mensaje a la población colombiana y al Gobierno nacional es que por favor no masacremos más a los líderes y lideresas, ni a ningún otro colombiano. La vida solamente le pertenece al Creador, y nosotros no somos nadie para cegar la vida a una persona. Yo quisiera que cada agresor se ponga la mano en el corazón y se dé cuenta de que él también tiene una familia a quien amar, una persona a quien amar y de que a él también lo aman. Si entendemos que todos tenemos una persona a quien amar y logramos que los agresores se metan eso en la cabeza a la hora de matar, nuestra amada Colombia será otra. 

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