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Opinión

  • | 2020/06/13 04:57

    ¡Vice, siga adelante!

    Sus actuaciones como funcionaria han demostrado durante años su posición recia contra el narcotráfico.

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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

Eran como las tres de la tarde del jueves cuando llamé a la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez. Unos minutos antes había conocido la publicación de La Nueva Prensa. Me contestó desprevenida, después de dos llamadas. Le pregunté que si era cierto que un hermano suyo había sido condenado en Estados Unidos por traficar heroína. El tono le cambió inmediatamente. Le pedí que abriera el link que había dejado en su WhatsApp. Yo terminé dándole la noticia, aunque ya crecía como espuma en las redes sociales. Ella acababa de salir de una larga reunión con el presidente sobre transparencia y nadie le había contado. Naturalmente me di cuenta de que el mundo se le vino encima. Más de 20 años atormentada por una dolorosa verdad familiar que guardó y terminó explotándole en la cara en el momento más importante de su carrera política. Estábamos las dos en el teléfono. La voz se le quebró y me dijo: “Sí, mi hermano Bernardo cometió esa estupidez”. De una vez inició su relato. La sentí sincera. Me confesó que muchas veces sintió el impulso de contarlo todo. 

Aseguró que lo que pasó acabó con sus padres. Que ellos nunca volvieron a ser felices y que desde entonces siempre vio llorar desconsolada a la mamá que jamás entendió por qué su hijo menor, criado igual que los demás, cayó en lo que cayó. La vice seguía hablándome, lo hacía con confianza, a pesar de tratarse de la peor tragedia de su vida. La sentí derrumbada, desesperada, pero liberada. No era la vicepresidenta, era una mujer tan humana como cualquier otra. Una familia golpeada por el narcotráfico. La triste realidad de Colombia. Me contó que ella y su esposo llevaron al muchacho ante una corte en Estados Unidos para que confesara y respondiera por sus delitos. ¡Que pagó cárcel! Reconoció que sí firmó una garantía de 150.000 dólares ante la Justicia de ese país, mas no una fianza. ¿Quién no haría lo mismo por su hermano? Tal vez lo que más le costó fue decirme que desde entonces la relación no volvió a ser la misma con Bernardo, a pesar de tanto amor. 

Yo, que la había llamado con ese ímpetu que nos gastamos los periodistas para pedirles explicaciones a los funcionarios, me conmoví. Traté de tranquilizarla, solo tuve angustia por ella. Le dije que debía salir ante la opinión pública. Que ella era la primera que debía convencerse de que no era responsable ni mucho menos culpable de lo que había hecho su familiar. Sé que estaba llorando. Me gusta la gente que es capaz de dejar escapar las lágrimas sin pensar en las formas ni el qué dirán. El llanto es tan normal. Solo me respondió que la dejara hablar con su familia. Colgamos. 

Marta Lucía Ramírez se equivocó al no contarle al país lo que sucedió con su hermano. Hasta me atrevería a decir que tenía una obligación moral con su electorado de hacerlo. 

He pensado mucho por qué no lo hizo: ¿pensaba que eso dañaría su carrera política?, ¿sentía vergüenza?, ¿hubo un pacto familiar para no contar y ella lo tuvo que respetar, a pesar de las consecuencias? Los hechos ocurrieron en 1997, en un país absolutamente permeado por el narcotráfico: el Gobierno de Ernesto Samper estaba en entredicho por la entrada de dineros del cartel de Cali a su campaña. Todos los días veíamos desfilar políticos ante las autoridades explicando por qué habían recibido plata maldita. Es natural que ella sintiera miedo de revelar su secreto. No la justifico, pero la entiendo. 

Esa tarde la llamé muchas veces más. Era necesario que el país escuchara su versión. Aunque emitió un comunicado, solo volví a conversar con ella el viernes en la mañana. Me impactó que su tono era igual al del día anterior. Entonces pude tener más detalles. Me contó que cuando llegó de Boston, donde estudiaba becada en Harvard, tan pronto se bajó del avión, lo primero que hizo fue pedirle una cita formal al entonces embajador de Estados Unidos, Myles Frechette, a quien puso al tanto de todo. Ella, intolerante con el narcotráfico, se había distanciado de su amigo Samper por el proceso 8.000. Cuando Andrés Pastrana la llamó a ofrecerle el Ministerio de Comercio, le explicó lo ocurrido y aun así fue nombrada. 

Cuando Álvaro Uribe le ofreció ser ministra de Defensa, sucedió igual. Su tragedia personal no le impidió asumir esa cartera y arreciar la fumigación y la lucha contra el narcotráfico. Pero cuando le pregunté si el presidente Iván Duque sabía, me dijo que no, que sus conversaciones han sido de trabajo y que no encontró el momento íntimo para decírselo. Me contó que cuando colgamos el jueves, lo primero que hizo fue llamarlo a explicarle y él le expresó su apoyo incondicional. 

A pesar de que el éxito de Marta Lucía Ramírez ha sido gracias a su trabajo y esfuerzo, quizás contar que era la hermana de un exconvicto la habría sacado injustamente del camino político. No lo sé. Por experiencia propia, estoy convencida de que a las mujeres todo nos lo cobran más caro. Pero no hay duda, si hubiera contado, la vice no estaría pasando este trago tan amargo. 

Muchas veces he criticado a la vicepresidenta, incluso lo he hecho en esta columna. Pero sus actuaciones como funcionaria han demostrado durante años su posición recia contra el narcotráfico. Decir que ha tenido doble moral es falso. Si su hermano tomó el camino equivocado del tráfico de drogas, para mí es solo una fatídica circunstancia de la cual debe ser exonerada y exculpada por no contarlo.  

Los periodistas que hicieron las revelaciones solo hicieron su trabajo. Esa es la labor del reportero. Lo hicieron bien. De la oposición, solo digo que aprovechan la oportunidad. ¡La política tiene esas cosas! A usted, vicepresidenta, le digo que siga adelante. Este país que ha perdonado a los peores delincuentes de nuestra historia no puede pedirle la renuncia a una mujer decente que se equivocó por amor a su familia y un miedo natural a sacrificar su sueño de servir a Colombia haciendo una política limpia como lo ha hecho.

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