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Opinión

  • | 2019/10/26 01:45

    La visita del señor Gurría

    En Colombia, por supuesto, nunca ha habido nada semejante al estado de bienestar: no hay que desmantelar nada. Seguimos en el estadio de un capitalismo rapaz de acumulación primitiva, para el cual incluso resultan superfluas las recomendaciones del señor Gurría y otros burócratas internacionales.

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Sin haber sido recibida todavía en la Ocde, Colombia tiene ya un embajador extraordinario y plenipotenciario ante ella en París, e incluso una embajadora alterna. La cosa no es tan estrambótica como puede parecer, porque ese de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos es un mundo de fantasía, como el de Alicia en el país de las maravillas. Un ejemplo: el señor Ángel Gurría, secretario general de la Ocde, de visita en Bogotá, acaba de afirmar que “Colombia es un ejemplo de éxito para Latinoamérica”, y que “ha conseguido un tremendo avance económico y social mediante reformas impresionantes”.

¿De veras? ¿Éxito? ¿Tremendo avance? ¿Por dónde pasearon al señor Gurría en su visita para que diga cosas así? ¿Le dieron a fumar hierba? ¿Escopolamina? ¿No vio una sola calle de las de Peñalosa (y sus antecesores) llena de cráteres y poblada de mendigos? ¿No le mostraron una sola manifestación de protesta estudiantil, ni un solo cadáver de líder social asesinado? ¿No lo agasajaron comprándole en una esquina una empanada con multa de 800.000 pesos? ¿No lo llevaron a un “paseo de la muerte” de clínica en clínica de los que organizan las EPS? ¿No le dejaron ver la primera plana de un periódico repleto de titulares sobre la corrupción administrativa? ¿No le hablaron del poderío del narcotráfico en la política? ¿No le contaron que los ríos están envenenados, que la basura se come los desiertos, que cada año talan 100.000 hectáreas de selva para sembrar coca? ¿A qué país trajeron al señor Gurría?

Pero, eso sí, el secretario de la Ocde, también llamada “el club de las buenas prácticas”, recomendó que para mantener ese exitoso rumbo en lo económico y en lo social es necesario “continuar con el ajuste de las políticas macroeconómicas y de gobernanza”, y seguir haciendo “valientes reformas estructurales” para lograr “la reducción de los costos laborales” y “la revisión del salario mínimo”.

Es decir, las recetas habituales del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para los países del tercer mundo, que si no los han llevado una y otra vez a la ruina sí han servido para mantenerlos en ella. La “gobernanza”, como llaman ahora los tecnócratas al obligado sometimiento del gobierno al mercado. Los “ajustes”, que se traducen en una mayor concentración de la riqueza entre los ricos y una mayor exclusión de las clases medias y los pobres. Cuando ya Colombia es, creo que solo por detrás de Haití, el país más desigual de Latinoamérica y uno de los más inequitativos del mundo. Y las “valientes reformas estructurales”: estandarte de guerra del neoliberalismo universalmente imperante desde los tiempos del presidente Reagan y la señora Thatcher; desde la caída del Muro de Berlín y, con ella, la desaparición del miedo de los capitalistas a la revolución. Un miedo del cual habían surgido, en Occidente y a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, los años más felices de la historia: los del estado de bienestar promovido por la socialdemocracia. Y hoy en definitivo proceso de desmantelamiento.

En Colombia, por supuesto, nunca ha habido nada semejante al estado de bienestar: no hay que desmantelar nada. Seguimos en el estadio de un capitalismo rapaz de acumulación primitiva, para el cual incluso resultan superfluas las recomendaciones del señor Gurría y otros burócratas internacionales (Gurría lleva 14 años a la cabeza de la Ocde). Esa “reducción de los costos laborales”, por ejemplo, o esa “revisión del salario mínimo” son “éxitos”, como los llama él, logrados una y otra vez bajo nuestros Gobiernos sucesivos, por lo menos desde la época de Carlos Lleras Restrepo. Y que el Gobierno actual, siguiendo en eso el ejemplo del de su mentor Álvaro Uribe, quiere reforzar aún más: el ministro de Hacienda considera el salario mínimo excesivamente alto (y por añadidura la mayoría de los trabajadores está por debajo de él), y el ministro de Defensa, previendo lo que puede pasar, se empeña en “regular”, como él dice, la protesta social.

El señor Ángel Gurría hubiera podido ahorrarse la visita.

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