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Opinión

  • | 2019/06/23 00:00

    Vox populi

    El razonamiento uribista sobre el Estado de opinión recuerda el famoso argumento “ad populum” de los creativos publicitarios: “Coma mierda: mil millones de moscas no pueden estar equivocadas”.

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Suena muy bien eso del “Estado de Opinión” que están volviendo a predicar el senador Álvaro Uribe y sus adláteres: que la opinión mande. Suena a aquella frase tan bonita del “gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”, tan bonita y tan vacía, que pronunció tras la sangrienta batalla de Gettysburg Abraham Lincoln (dicho sea de paso, uno de los presidentes más autoritarios que han tenido los Estados Unidos). Lo del Estado de opinión suena como la encarnación de esa amable promesa populista de que el pueblo es soberano. Pero ¿quién es el pueblo?

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Los grandes demagogos de la historia de Occidente, César o Cromwell, Hitler o Mussolini, han respondido sin dudarlo: “El pueblo soy yo”. En su gran novela soviética sobre la Segunda Guerra Mundial escribe Vasili Grossman:

“La esencia más profunda del concepto ‘confianza del Partido’ se encarnaba en los pensamientos, opiniones y sentimientos de Stalin”.

Esa “confianza del Partido” (comunista) es el mismo “Estado de opinión” (uribista). Y los dos son lo mismo que el totalitarismo, cuya esencia profunda se encarna finalmente en un jefe: en un Camarada Secretario, en un Duce, en un Führer, en un Caudillo, en un Big Brother, en un Presidente Eterno. Si nuestro caudillo local no ha podido llegar a los excesos de esos modelos no ha sido por falta de ambición o por sobra de escrúpulos, sino porque su aparato de poder no ha podido dar la talla: ese partido hecho de tránsfugas, ese ejército que tiene que sacar anuncios pagados en los periódicos para que lo saluden como lleno de héroes.

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El embeleco, o la entelequia del Estado de opinión, fue inventado hace diez años por el entonces presidente Uribe y sus ideólogos de cabecera José Obdulio Gaviria y Ernesto Yamhure como pretexto para la segunda reelección de Uribe, que violaba la Constitución, pero era reclamada, decían ellos, por las masas unánimes. Su resurrección actual tiene el propósito de reformar la justicia, eliminando la nueva JEP de paz, reduciendo sus altas cortes a una sola e introduciéndole una sala especial para el juzgamiento de los militares (un retorno a la justicia penal militar de los tiempos del estado de sitio anteriores a la Constitución del 91), y de rebajar el Congreso a la mitad de sus actuales integrantes, preferiblemente en una sola cámara. Es lo que quiere la gente, que está furiosa, dice Uribe: la gente a la que Uribe se ha esforzado por poner furiosa.

Y ese Estado de opinión representa según ellos “la fase superior del Estado de derecho”. En realidad consiste exactamente en lo contrario: en la negación del Estado de derecho, sometido a reglas, y la anulación de la democracia, reemplazada por la tiranía de las mayorías. Es la sustitución del imperio de la ley por el poder de quien pretenda, desde el poder, interpretar la volubilidad de la opinión, pública o publicada: la ley de la más ruidosa gritería. La ley de la calle. “Vox populi, vox Dei”, decían los antiguos: la voz del pueblo es la voz de Dios. Pero ¿quién es Dios?

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