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Foto: Jorge Panchoaga.

reportaje

Un recorrido por los pueblos de la marimba del Pacífico sur

Por: Ángel Unfried y Juan Pablo Liévano*

#ColombiaEsNegra | El Pacífico sur colombiano es un vasto e intrincado territorio donde la riqueza cultural y natural contrasta con las más profundas carencias. Este recorrido por algunos de sus pueblos más representativos revela, entre voces y marimbas, un horizonte fragmentado con un lenguaje común.

Este artículo forma parte de la edición 154 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

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BARBACOAS, NARIÑO

Cuando la expedición de Francisco Pizarro pasó por la bahía de Tumaco en 1527, el abundante oro y el rico comercio de las tribus originarias sembró en los españoles el deseo de saquear el territorio y someter a sus gentes. Sin embargo, nunca pudieron imponerse ante la aguerrida población local que, con la densidad de la selva a su favor, frustró sus intentos de conquistar el litoral. Pocos años después, los españoles se expandieron a lo largo de los Andes fundando Popayán, y desde allí reanudaron las campañas militares para apoderarse del oro en el piedemonte nariñense. Para esta época, algunos naufragios liberaron a los primeros negros que habitaron el Pacífico sur, quienes al penetrar en la selva se aliaron con los nativos para luchar contra los españoles y en otros casos los sometieron para fundar repúblicas cimarronas independientes. Las interacciones entre los conocimientos traídos del África y la sabiduría indígena autóctona son aún nebulosas. Sin embargo, con certeza, son fundamento esencial de la cultura del Pacífico sur.

Solo hasta 1635 los españoles lograron exterminar el último bastión de resistencia indígena en la serranía del Castigo, al norte del río Patía. Ejecutaron a 86 caciques principales cuyas cabezas y miembros fueron empalados en la plaza de Santa María del Puerto de las Barbacoas, el asentamiento minero fundado en 1616 donde los españoles concentraron la mano de obra indígena e iniciaron las importaciones de negros esclavizados para explotar la minería de aluvión en el río Telembí.

Fue allí, en las inmediaciones de Barbacoas, el pueblo en el que una gran diversidad de etnias indígenas y africanas vivieron bajo el dominio de la Iglesia y la sociedad minero-esclavista, donde se cree que apareció la marimba de chonta por primera vez. El primer registro de este instrumento se encuentra en los pasajes escritos por un misionero que describe una marimba de 24 tablillas, inmersa en una celebración católica en la que “indios, mestizos, negros y mulatos” se congregaron para “velar a la Virgen”, y al tono de la marimba “bailaron hasta pasada la medianoche”. Estos arrullos de santo todavía se practican.

Para llegar hasta Barbacoas, el lugar desde donde se esparció la cultura de la región, se puede tomar una camioneta que parte desde las frías tierras de Pasto. A lo largo de la serpenteante travesía, que dura aproximadamente siete horas, se puede apreciar cómo el bosque altoandino se va transformando en selva húmeda tropical. A la altura del pueblo de Junín se toma el desvío hacia la subregión del río Telembí por una carretera que se ha venido construyendo desde hace más de dos décadas. A Barbacoas también se puede llegar penetrando el continente por los laberínticos manglares y remontando el río Patía y luego el Telembí en un viaje de diez horas en lancha rápida.

Barbacoas es hoy un revoltijo de cemento resquebrajado, de maderas tropicales y de tejas de zinc. Allí, entre sus más de 31.000 habitantes, que exhiben un índice de necesidades básicas insatisfechas del 74% (casi tres veces el promedio nacional), se encuentran los herederos de las músicas de marimba y los cantos tradicionales del Pacífico sur.

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Contrario a lo que podría pensarse desde el prejuicio exótico, el conocimiento asociado a la marimba está latente en la región, pero encarnado en unos pocos privilegiados; son contadas las familias que preservan estos conocimientos ancestrales. En Barbacoas, los Rosero vienen tocando y transmitiendo el conocimiento del instrumento desde hace por lo menos tres generaciones. Segundo Hilario Rosero, fue un marimbero indígena conservador quien descendió de las partes altas de la cordillera de los Andes a Barbacoas durante la Guerra de los Mil Días, hacia 1902, para matar liberales. Sin embargo, se enamoró de Ambrosia, una negra liberal que le salvó la vida cuando lo iban a matar. De esta unión nació Julio Rosero, el primero en construir una marimba de hierro. Julio es el padre de Libardo Rosero, que trabaja como herrero fabricando herramientas para la extracción artesanal del oro, y como mecánico, arreglando motos, camiones y todo tipo de maquinarias.

El taller del marimbero está en el barrio Guayabal. Al fondo de la calle, sobre un andén de cemento, que hace las veces de mesón de trabajo, el maestro está construyendo una marimba. Ya a las once del día el aire fresco de la mañana barbacoana ha desaparecido por completo, y el sol empieza a entrar verticalmente en el angosto callejón, hundiendo a La Primavera en un calor sofocante. El herrero aprieta el martillo y vuelve sobre las puntillas mientras repasa sus recuerdos. “Antes la pieza musical demoraba una hora y media. Y hasta más, dos, cuatro horas. Antes la gente cantaba sobre sus vivencias en el campo. Si se cansaba un marimbero, venía otro. El que estaba en el bordón pasaba a la requinta y otro llegaba al bordón mientras que el primero descansaba y tomaba aguardiente”.

En 2010, Libardo Rosero ganó el premio al mejor marimbero en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez con Los Alegres del Telembí, una agrupación que nació en el año 2000 por iniciativa de Ruth Elena Cabezas (docente, ama de casa, compositora y cantora) y Javier Ortiz (docente y cantor). En épocas pasadas, las músicas y prácticas culturales fueron conservadas gracias al aislamiento geográfico. Sin embargo, la creciente interacción de las comunidades con nuevas músicas, la gran cantidad de dinero que mueve el narcotráfico, los toques de queda y otras dinámicas impuestas por el conflicto armado han desviado a muchos del interés por la tradición.

Al igual que los Rosero, quienes preservan estas prácticas y realizan todo tipo de quehaceres para ganarse la vida: son docentes, estudiantes, amas de casa, herreros, jornaleros y dueños de negocios. Es en sus tiempos libres cuando se juntan para cantar, tocar y bailar. Para ellos la música es, y siempre ha sido, desde la época de la esclavitud, una fuente de fortaleza para el espíritu, de alegría para el alma, de cohesión para la comunidad y de resistencia cultural frente al adoctrinamiento occidental.

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A mediados de los años ochenta, el antropólogo Carlos Miñana trabó amistad con el lutier Addo Obed Possú, quien le contaba con amargura cada vez que un comprador rechazaba sus marimbas porque “estaban desafinadas”. En la Semana Santa de 1986, Possú y Miñana partieron desde Cali hacia Buenaventura y Guapi para comprender la afinación tradicional del instrumento. Compararon nueve marimbas provenientes de la vereda Sansón, en Guapi, de la cabecera del mismo municipio, y de Buenaventura. Entre los constructores de esas marimbas, el apellido Torres se repite –al igual que en documentales, artículos y homenajes– como anuncio de un legado que hoy, 32 años más tarde, pervive revestido de marginalidad y leyenda.

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GUAPI, CAUCA

Genaro y Pacho Torres, hermanos del legendario marimbero Gualajo, viven en la vereda Sansón de Guapi. Foto: Angel Unfried

Dos palafitos se levantan en las estribaciones del río Guapi a la altura de la vereda Sansón. Genaro y Pacho, el mayor y el menor de los nueve hijos de don José Torres, viven uno al lado del otro, aislados entre la selva, la lluvia y el río. Ligeramente distanciados, esta tarde encuentran una tregua en el viche que uno vende y que el otro bebe, y en el sentimiento que a ambos les aprieta el corazón: aún lloran la muerte de su hermano José Antonio, el legendario Gualajo, fallecido en Cali seis semanas atrás.

“Ahora que murió Gualajo, todo el mundo escribió palabras bonitas en el WhatsApp, pero qué pena que solo cuando los sabios tradicionales mueren es que se les reconoce, pero cuando se tiene la oportunidad de visibilizarlos, se les desprecia e ignora. José Antonio debió estar en un colegio de acá enseñando, pero como era iletrado no lo dejaron. Se fue de Guapi y en Cali fue que lo acogieron”. Teófila Betancurt habla con conocimiento y sin pelos en la lengua sobre la desidia de las tradiciones y sobre el papel cada vez más activo de las mujeres para intentar preservarlas.

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Tras 24 años de haber creado la Fundación Chiyangua, es una respetada líder local. En 2016, su trabajo fue reconocido por el Ministerio de Cultura con el segundo puesto en el Premio Nacional a las Cocinas Tradicionales Colombianas por el rescate de la receta del aborrajado de maíz añejo, una preparación que echa mano de las hierbas de azotea. Con el apoyo de diversas instituciones, la fundación ha publicado cartillas para transmitir los saberes ancestrales a los niños y ha liderado talleres para promover la autogestión y la organización de las mujeres de la zona.

El restaurante de Teófila se llama Raíces y está en el centro del pueblo. La Villa de la Concepción de Guapi fue fundada por Manuel de Valverde en 1772 al organizar a un grupo de pescadores y misioneros sobre el asentamiento de los indígenas guapíes. Hoy, en ese mismo territorio, una ladera pantanosa apuntalada por tablados llenos de pescado traza la carrera primera del pueblo. Bajo el balcón del restaurante Raíces se extiende la carrera segunda, una avenida de adoquines estropeados por la inclemencia de la lluvia y por el torrente de motocarros que surcan el pueblo desde el aeropuerto hasta la parroquia de la Inmaculada Concepción. Al final de un intenso aguacero, mientras el coro canta gozos en la novena de la Virgen del Carmen, al otro lado de la calle un grupo de quinceañeras alterna entre jugar infantilmente con un balón y filtrarse descalzas en una cantina vecina a azotar las caderas entre los golpes del agua.

Guapi se sumerge en la noche vibrando al ritmo de la lluvia y la salsa choque. Al despuntar la mañana, el casco urbano y las veredas vecinas reanudan la monotonía. Tanto en la mayoría de negocios de abarrotes de la cabecera municipal como en la minería ilegal con retroexcavadoras, algunos lugareños identifican la presencia de migrantes provenientes del interior del país, principalmente de Antioquia. En las zonas rurales, los campesinos siembran coco, plátano, banano, limón y papa china; crían gallinas o cazan conejos y guatíes. También hay extensos cultivos de palma africana y la pesca continúa siendo una actividad central para los habitantes del pueblo.

Cientos de pescadores la practican de manera tradicional con corrales o barridas de atarrayas y chinchorros. El camarón de río, conocido como monchiyá, solía ser capturado de manera artesanal con trampas de madera llamadas “catangas”. Pero la técnica sufrió una profunda modificación vinculada con los cultivos ilícitos: ahora algunos pescadores vierten pesticidas en las quebradas y el camarón envenenado resulta más fácil de atrapar, aunque el veneno acabe en los platos de los guapireños.

Terminada la faena diaria, parte de la producción llega a la plaza de mercado y a los corredores contiguos al muelle para el consumo local. Lo demás es conservado en cuartos fríos para ser vendido al interior del país. Dos de esos cuartos están en la cabecera municipal, un par más se encuentran en zonas rurales como Limones y Chamón. “Hasta hace unos ocho años, el más grande era Comer Guapi, en la bocana, pero se acabó tras una tragedia que ocurrió allí; hubo una masacre y hasta ahí llegó todo”. Referencias a episodios como este y a la incertidumbre ante la remontada de grupos armados asoman con voz atenuada en los testimonios de los locales de todos estos pueblos, como encerrando entre paréntesis lo que es prohibido pero inevitable mencionar.

Según el censo de 2005, el índice de Necesidades Básicas Insatisfechas de Guapi alcanzaba el 87%, más del triple del promedio nacional. En medio de la carencia, el pueblo sigue creciendo, desbordándose en las inmediaciones del río. 37.000 guapireños ven a diario la lluvia caer entre motos y botes, entre catangas y chinchorros, entre retroexcavadoras y bahareque, entre reguetón y marimba. De todos ellos, Gualajo ha sido el hijo más célebre. Le sigue en notoriedad su más destacado discípulo, Hugo Candelario, director del Grupo Bahía. Para quienes siguen los pasos de ambos, la ilusión de que la marimba les cambie la vida continúa estrellándose contra la debilidad institucional, la dura competencia y los límites del mercado musical. El éxito de la agrupación vecina, Herencia de Timbiquí, renueva la esperanza.

Al lado de Teófila está sentada Diana Domitila Sánchez, licenciada en etnoeducación y funcionaria de la Secretaría de Cultura. Con informada franqueza, Diana reconoce que aunque la Alcaldía trabaja por la cultura, esta no ha sido el principal frente de la actual administración, orientada a resolver problemas como el manejo de las basuras.

Lejos de las prosaicas prioridades administrativas, Diana conserva vivos recuerdos de tiempos más obsequiosos para la música en la región. “Antes, las fiestas de diciembre eran solo con arrullos, rara vez se escuchaba un aparato de sonido. El 7 y el 24 de diciembre llegaban las balsadas. Cada embarcación traía un conjunto de arrullos y amanecían entre cantos y bailes. Si todavía se hacen las balsadas es porque la administración municipal paga a las comunidades que las construyen; ya no son dos potrillos cargando una estructura de madera, sino que montan el altar, los ramos y las luces sobre canoas de hierro. No todas las comunidades lo hacen, sino específicamente la gente de Temuey y de Chamón. Muchas tradiciones se han perdido. La mayoría de los jóvenes ven la música como algo que puede generarles algún recurso, aunque sea mínimo. Pero nosotros quisiéramos que ese sentir de los tiempos que vivieron nuestros ancestros se retome”.

Teófila fue una de las que vivió de cerca esos tiempos a los que se refiere Diana Domitila. “Mi casa estaba al frente de la de los Torres, en Sansón. Por eso yo nací y crecí con la marimba. En esa época, en todas las casas había un juego de instrumentos musicales, pero esa transmisión ya se perdió. Cuando era pequeña, ese señor José Torres se levantaba a tocar desde las cuatro de la mañana y a veces se quedaba tocando todo el día. Uno pasaba por ahí bogando, subiendo, y se quedaba a escuchar, llenándose de energía, llenándose de identidad. Ahora uno va a los barrios y tiene que llevarse los instrumentos; uno llega y pregunta quién toca y nada”.

Esa casa de los Torres duró 104 años en pie y cayó hace un par de años abatida por la corriente y el abandono. En las dos casas contiguas a esa ausencia, junto a marimbas colgantes mecidas por los espíritus, un par de hermanos comparten el silencio mientras acarician tablillas de chonta.

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“El abandono estatal, la corrupción, la desigualdad y el atraso material no son los únicos males que aquejan al Pacífico colombiano. La violencia armada también ha dejado una huella terrible en este territorio. Solo una débil tregua entre el Estado y las Farc genera cierto clima de distensión en la región que nos permite continuar con nuestra expedición”. La voz en off de Federico Demmer, director del conservatorio de la Universidad Nacional, bordea el océano Pacífico y abre camino entre el reflejo plomizo del cielo nublado y el río Guapi. Inspirados parcialmente en el estudio exploratorio realizado por Carlos Miñana en 1986, un grupo de músicos y físicos de la Nacional emprendió en 2017 una travesía por varios pueblos del Pacífico sur colombiano, que desembocó en el documental Expedición marimba, una ruta de giros y convergencias.

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TUMACO, NARIÑO

Y BUENAVENTURA, VALLE DEL CAUCA

Cuentan que tres gigantescos pargos rojos recorrían los mares del mundo, y que un día se recostaron a descansar en las costas del Pacífico nariñense. Lentamente sus cuerpos se cubrieron de arena, tierra, ríos y selva y así aparecieron las tres islas principales de San Andrés de Tumaco. Matizado por un aire de leyenda, el pueblo fue fundado oficialmente en 1640; aunque también hay referencias a su origen como un antiguo asentamiento indígena

Por su parte, la fundación de Buenaventura fue hacia 1540. Empezó como un lugar donde paraban las embarcaciones en su descenso desde Panamá hacia Barbacoas o Perú. No fue sino hasta principios de 1900 cuando el sencillo embarcadero tomó importancia como proyecto de puerto para la ciudad de Cali, una ventana abierta hacia Estados Unidos, Canadá, Chile, Australia y Asia. Para 1925, cuando aún se estaba construyendo la carretera Cali-Buenaventura, una quinta parte del comercio colombiano pasaba por Buenaventura y el 15% del café era exportado a través del puerto.

Separados por más de 780 kilómetros, dos de los municipios más grandes del Pacífico sur colombiano comparten, además del legado de la marimba, una compleja historia reciente. Mientras para Buenaventura la riqueza de su puerto parece ser la causa de su miseria y su violencia, en Tumaco ese mismo aislamiento que lo hizo inexpugnable ante los embates coloniales ahora es fértil terreno para los sembrados de coca y todo lo que ello trae consigo.

Aunque por Buenaventura pasan el 55% de las exportaciones del país, de los 407.000 habitantes, el 81% vive en la pobreza y el 44% en la indigencia; el desempleo alcanza el 65% y el analfabetismo, el 17%. En cuanto a los más de 200.000 habitantes de Tumaco, el 48,7% vive con necesidades básicas insatisfechas y el 16,7%, en condiciones de miseria.

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Entre los invitados a la segunda sesión del seminario Rutas de la Marimba en Latinoamérica, llevado a cabo a finales de junio en la Universidad Nacional, se encontraban el percusionista y líder social Gustavo Colorado, conocido como Don Gu, y el marimbero Edwin Pérez, “Kizú”, ambos provenientes de Tumaco.

“Tumaco es una semilla que no ha crecido”, afirmó Don Gu con la habitual severidad de su entrecejo y su voz cantante que no se ha doblegado tras las amenazas y el desplazamiento forzado por su trabajo como líder cultural. Su forma de referirse a la tierra que tuvo que dejar meses atrás no está llena de resentimiento, sino de una dosis de nostalgia que le alcanza para comprender mejor lo que quedó atrás. “Si Tumaco lo tiene todo y no le ha alcanzado para florecer es por la mal llamada ‘coca’, y porque muchas veces los negros somos como los cangrejos: estamos quemándonos en la olla y cuando alguno trata de salir los otros lo jalan para que se hunda”. Guardando las proporciones, esa competencia mezquina es quizá la misma dinámica que en años recientes ha afectado a los músicos de la región. Es por eso que Kizú se refiere con sarcasmo al festival de Música del Pacífico como el “Petróleo Álvarez”.

La figura más reconocida de la marimba en Buenaventura es también víctima de la violencia intestina que ha cobrado la vida de cientos de jóvenes de barrios como Las Piedras Cantan. En 2013, dos hijos de Baudilio Cuama fueron asesinados, pero la trágica experiencia no silenció su marimba, sino que lo motivó a utilizarla como instrumento para abrir alternativas distintas a los más jóvenes; lo mismo que Don Gu ha intentado en Tumaco, Yamilé Cortez en Guapi y el profesor Liloy Ortiz en Barbacoas.

Foto: Ángel Unfried

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Tanto la investigación preliminar de Miñana como el documental Expedición marimba evidenciaron que ninguna de las afinaciones de los idiófonos se aproximaba a la de un piano occidental. Es decir, que al tocar las marimbas suenan notas diferentes a las que heredamos de Europa, ecos de melodías provenientes de la época de la esclavitud. De hecho, un maestro como Gualajo decía que su marimba tenía una afinación pensatónica, fundamentada en las memorias africanas heredadas de generación en generación.

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CODA

El Pacífico sur colombiano es un territorio paradójico. Los discursos con los que nos aproximamos a su realidad reflejan dos percepciones polarizadas: por un lado, un territorio pobre, aislado, soporífero e inhóspito, y por el otro una región que no solo es la conexión de Colombia con grandes mercados internacionales, sino que también está llena de oro, platino, agua, biodiversidad y sabiduría ancestral.

Con la Ley de Manumisión de Vientres, promulgada en 1851, el negro esclavizado dejó de ser un renglón en la contabilidad. A partir de ese momento existe un vacío en los registros históricos de los negros del Pacífico sur. Disuelta su relevancia como fuerza productiva, el interés por su historia se perdió entre la manigua de la selva. Es justo durante ese periodo de invisibilidad cuando se forjan la cultura y las músicas de los negros. Si bien la diversidad de particularidades es inmensa, también es innegable que existe un conocimiento, un lenguaje común.

El Pacífico sur es un territorio vasto y fragmentado, donde lo común parece remitirse a un momento remoto en el cual la libertad era aún demasiado joven para abrir distancias. Hace poco más de dos décadas, cuando la cantora guapireña Yamile Cortez era solo una niña y pensaba que los lugares a los que se referían las composiciones de su padre, pescador, viajero y músico, eran producto de su imaginación y no de historias reales en lugares tan inaccesibles y familiares como Tumaco, Timbiquí o Barbacoas.

Don Gu confía en que a pesar de las movidas de cangrejo entre músicos, existe una hermandad mística que viaja a través de las guaduas y las chontas: “Este instrumento forma una sociedad. Todo camina sobre la marimba: la partería, el chontaduro, el plátano, las danzas. Es la herramienta con la que el negro termina de aprender a ser libre, a celebrarlo y a compartirlo”.

Cuando el Petronio Álvarez comenzó en 1996 el encuentro entre esa hermandad se hizo real. Las leyendas que remontaban las riberas a bordo de potrillo tomaron manos y rostros concretos. Los maestros hallaron un espacio de diálogo regular y los más jóvenes abrieron una ventana a la esperanza de cambiar sus vidas a través de la música.

El Petronio está presente en los testimonios de cada personaje de la región aunque se esté hablando de un tema totalmente ajeno. Sin embargo, la emoción que acompaña las menciones del evento están la mayoría de veces atadas a su pasado. Tras más de veinte ediciones, la idealización de ese espacio se ha ido destiñendo ante los ojos de músicos participantes que ven con nostalgia los primeros años del festival en el Teatro Los Cristales. A la forma en que las categorías acaban moldeando la música de la región, la presunción de favoritismo y la decepción de ganadores que tenían expectativas exageradas sobre lo que ello representaría, se suman los intereses económicos y políticos alrededor de esa tarima. Como escribía Astrid Ulloa en su artículo “El nativo ecológico”: “Gracias a la influencia de ciertos discursos, los negros pasaron de ser ‘sujetos coloniales salvajes’ a ser vistos como ‘actores políticos ecológicos’, ahora responsables de salvar el mundo”.

El Plan Ruta de la Marimba, editado por Manuel Sevilla para la Universidad Javeriana de Cali y el ministerio de Cultura, delineó en 2008 la complejidad del universo sociocultural y musical del Pacífico sur colombiano. En el capítulo dedicado al poblamiento puede leerse: “Mientras los esclavizados fueron destinados a las minas de aluvión; los relativamente pocos residentes ‘blancos’ se dedicaban a labores como la administración de las minas propias o ajenas, a ser funcionarios de La Corona, a actividades del clero, o se desempeñaban como comerciantes”. Entonces, como ahora, una suerte de cultura del saqueo protagonizada por conquistadores españoles, mineros ilegales antioqueños o gestores culturales de las capitales parece volver con las mareas desde La Colonia hasta la actualidad.

*Unfried es editor general del Estudio de Revistas Semana. Exdirector de El Malpensante. Liévano es economista, magíster en Antropología y percusionista.