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| 6/23/2018 10:00:00 AM

A los papás que no ayudan

Aún hoy existe esa idea absurda de que en la crianza los papás han de ayudar, o colaborar, a las mamás. Pero en el año 2018 esa noción no solo es retardataria, sino insultante hacia los papás que son padres y crían, educan y cuidan. A ellos, este texto.

A los papás que no ayudan. Padres. Carolina Vegas La labor del padre es igual de importante a la de la otra unidad parental. Foto: Pixabay

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Me encanta mirarlos. Me encanta ver cómo patanean, cómo juegan, cómo se parecen. Cuando los observo dormidos, arrunchados, pienso siempre: qué suerte tengo de haber escogido a una gran pareja y que él sea el padre de mi hijo. Una paternidad buscada, decidida y deseada. Un hombre que es tan buen papá como el mío.

Yo siempre he tenido un papá. Y por padre me refiero no solo aquel que aporta su esperma o su apellido en el registro civil, o plata al hogar y luego se sienta a la cabecera de la mesa a ejercer su autoridad. Tengo un papá en el sentido de un hombre que me crió, que me cambió los pañales, me dio teteros, me despertó cada mañana mientras viví en su casa y me hizo el desayuno. Uno que me ha cuidado cuando he estado enferma, que ha hecho curaciones, limpiado lágrimas y mocos, y atendido pospartos. Un padre que también ha cuidado a mi hijo, le ha cambiado pañales, le ha dado de comer y lo ha arrullado por la noche para que se duerma. Mi mamá y mi papá son un equipo en donde la labor de cuidar, educar y criar siempre ha estado repartida. Y aunque para mí su presencia es obvia, cuando era pequeña su nivel de participación en el hogar era considerada superior a la norma. Es más, cuando hoy le cuento a la gente que mi hijo está con su abuelo, todavía abren los ojos y acercan la cabeza como pidiendo que repita la frase porque creen que no entendieron bien. Sí, mi hijo desde que era bebé ha estado al cuidado de mi papá por periodos de tiempo prolongados.

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Es curioso cómo seguimos repitiendo, como loras, que los hijos son de las mamás. Como aún a muchas de nosotras una señora mayor le ha lanzado esa frase en algún momento de la gestación o la crianza temprana, como si se tratara de una verdad revelada. Como si estuvieran aclarando el misterio de la vida. Es verdad que en un país como el nuestro la paternidad, en muchísimos casos, resulta inexistente. Que en efecto hay muchos hombres que hacen hijos a diestra y siniestra, para luego rechazar sus responsabilidades y desaparecer de la vida de las madres y los retoños. Que al final en muchas familias la figura del padre resulta tan ajena y ausente como una criatura mitológica que se nombra pero nunca se ha visto. Pero eso no quiere decir de ninguna manera que todos los padres sean figuras decorativas, o que muchos de ellos no realicen una labor protagónica en la crianza de sus hijos. O que el rol de los padres, el rol histórico en una sociedad tan machista como la nuestra en donde papá era aquel que traía la comida, regañaba y de vez en cuando llevaba a sus hijos a cine o a tomar onces y ya, porque la crianza era tema de mujeres, no haya cambiado en las nuevas generaciones.

“Estamos en un momento en que nos toca reinventar la masculinidad. El feminismo y la igualdad, que son imparables, implican replantear muchas cosas que antes se sentían masculinas”, me asegura Santiago, el papá de Luca, mi esposo, el papá de mi hijo, mientras conversamos sobre el tema de este artículo. Y mientras lo escribo recuerdo cómo fue él quien cambió los primeros pañales de nuestro bebé, porque mi cesárea me dificultaba varios movimientos esos primero días. Cómo aprendió a sostener la cabeza de nuestro niño para que se agarrara bien a la teta, porque yo sola no le cogí el tiro tan rápido. Y también cómo lloró cuando se acabaron los 8 días de su licencia de paternidad. “Creo que el feminismo ha logrado mucho, pero la igualdad es de parte y parte, y la Ley María para los papás es cortísima”, me asegura, mientras mastica su pollo apanado, la comida favorita de nuestro Luca. Tiene razón.

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La realidad es que aún hay muchos temas estructurales que demeritan el rol de los padres. Incluida yo misma, que en el afán por ser una súper mamá muchas veces he bloqueado los brazos de Santiago por creer que los míos son más importantes o efectivos a la hora de consolar. El aprendizaje en la igualdad es un tema de todos los días y quiero acá aceptar que más allá de la sociedad, también es uno mismo el que debe cambiar sus esquemas preprogramados y vaciar su cabeza de basura. Así que Santi, siento mucho las veces que no te he dejado, que te quitado, que te he criticado por no hacer las cosas como las haría yo. Gracias por ser un papá superior.

Mientras seguimos comiendo, tranquilos porque el pequeño ya duerme profundo y podemos tomarnos unos minutos para charlar, me impresiona la repuesta que me da cuando le pregunto qué es lo que más le ha impresionado de su experiencia como padre. “Lo que más me impacta es una noción enteramente nueva sobre mi propia mortalidad y el sentido del riesgo. Mi vida no es solo mi vida. Mi vida también es no dejar a alguien huérfano”, me responde. Y mi voz se quiebra, porque mi espíritu de periodista se funde con mi corazón de madre y veo que tenemos exactamente el mismo temor desde que llegó Luca a nuestras vidas. Quizás por eso estábamos destinados a criarlo juntos.

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¡Feliz día, papás!
Cada día veo más y más hombres que viven una paternidad plena y que no ayudan, porque lo suyo no es una colaboración, es una labor igual de importante a la de la otra unidad parental. Así que entre mis amigos me atreví a hacer unas cuantas preguntas a unos cuantos padres superiores y acá se las comparto.

¿Cómo ha cambiado tu vida desde que eres papá?
“Es otra vida porque nada me interesa de la misma manera. Nada me importa más que mi esposa y mis hijos, y mi mamá. Ni escribir. Ni ver películas. La gente de mi familia siempre ha sido para mí lo más interesante, lo más importante de mi vida. Pero desde que soy papá creo que estoy en donde tengo que estar y vivo en concreto y las amenazas del mundo no son lo primero que me preocupa cuando me despierto”, Ricardo, papá de Pascual e Inés.

¿Qué es lo más impresionante, para bien y para mal, que has vivido desde tu experiencia como padre?
“Lo más impresionante es la sensación de vivir la vida a través de otra persona. Sentir el dolor ajeno como propio y los triunfos de mi hija como si fueran los míos”, Antonio, papá de Juliana.

¿Sientes que es diferente tu paternidad a la de tu papá?
“Sí, claro. Un solo ejemplo: mi padre siempre ha sido un buen papá, pero supongo que por cuestiones culturales le ha costado mucho expresar sus sentimientos de manera abierta. Yo he tratado de cambiar eso con mi hijo, y por eso todo el tiempo lo abrazo y le digo que lo amo”, Martín, papá de Emilio.

*Editora de SEMANA y autora de las novelas Un amor líquido y El cuaderno de Isabel (Grijalbo).

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