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| 8/4/2019 12:30:00 AM

¿Cómo afectan las drogas al cerebro?: testimonio de una exadicta

Una renombrada neurocientífica usa su propia historia con las drogas para presentar una mirada comprensiva a la adicción. En su libro revela el efecto y el daño que estas sustancias producen en la mente.

Cómo afectan las drogas al cerebro Durante semanas, la publicación estuvo en la lista de los diez libros de ciencia más vendidos del diario The New York Times. Foto: FOTOS: ISTOCK
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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

A los 13 años y casi sin darse cuenta, Judith Grisel empezó a caer en un agujero negro. Se inició con el alcohol, de ahí pasó a la marihuana y en los siguientes diez años probó casi todas las drogas del mercado. Años antes de que eso sucediera, no imaginó que podría convertirse en una adicta, ni mucho menos que llegaría a inyectarse. “Como muchos, asociaba las agujas a algo demasiado fuerte. Pero eso solo fue hasta el momento en que me la ofrecieron”, explica.

Ahora, rehabilitada y como profesora de psicología y especialista en neurociencia en la Universidad de Bucknell, Estados Unidos, Grisel publicó Never Enough. Allí narra su propia experiencia como adicta y habla en calidad de experta sobre la manera en que las drogas afectan el funcionamiento del cerebro. Ella cree que los efectos de consumirlas son irreversibles porque la adicción nunca se supera por completo. Además, hacerlo antes de los 25 años, periodo en que el cerebro no ha terminado de formarse, altera la estructura organizacional. Y así resulta más difícil rehabilitarse.

La autora probó opiáceos, cocaína y alucinógenos cuando era menor de edad. Sus padres la echaron de su casa y casi no los veía durante los diez años siguientes en los que estuvo involucrada con las drogas. Empezó a pasar sus días con adictos y a vivir en una especie de nebulosa. Literalmente, estaba convencida de que la marihuana y el alcohol eran sus mejores amigos para transitar en este mundo. Ya no pasaban 24 horas sin que consumiera algún tipo de píldora, bebida o porro.

Estafó, robó tarjetas de crédito y mientras estuvo enredada en ese inframundo, se expuso a innumerables peligros. Cuenta en su libro que en un momento llegó a ver cómo asesinaban a una persona en el carro de su novio, y a ella misma le tocó lavar la sangre para borrar la evidencia. En algunos días deseó con todas sus fuerzas no volver a consumir jamás. No obstante, llegó a un punto paradójico en el que no era fácil vivir con las drogas ni sin ellas. “Sentí que no podía seguir consumiendo, pero tampoco podía vivir sin estas sustancias”, cuenta en un reciente artículo del diario británico The Times.


Foto: Solo el 10 por ciento de quienes hoy consumen drogas regularmente es enfermo; el resto podría rehabilitarse con tratamiento. El problema es que los exámenes para determinar si un consumidor tiene el síndrome son muy costosos.

En un drástico giro, Grisel ingresó, a los 23 años, a un centro de recuperación en Minesota para lidiar con esas adicciones que habían definido su vida. Allí escuchó por primera vez definir la adicción como una enfermedad y no como una falla moral. Esa frase la marcó tanto que cuando salió de rehabilitación fue directo a la universidad a estudiar neurociencia. Lleva 30 años sin consumir, y durante ese tiempo se ha empeñado en comprender la respuesta de su propio cerebro frente a las drogas.

La ciencia de la adicción

En ese camino, Grisel entendió que el problema reside, más que en las sustancias, en la poderosa capacidad de este órgano para responder a la alteración química que producen. Cuando las drogas ingresan con regularidad al cuerpo, reemplazan “a las que produce de forma natural este órgano, y ocupan su lugar en los receptores específicos que tiene reservadas para ellas”, explica a SEMANA Juan Daniel Gómez, psicólogo y doctor en adicciones en la Universidad de Múnich.

En pocas palabras, cuanto más tiempo una persona toma una droga, su cerebro se acostumbra a recibirla hasta llegar a necesitarla. Gisel ejemplifica este proceso con un símil: un adicto al café no lo toma para recuperar energías y seguir trabajando, sino porque se siente cansado y requiere recibir la dosis de café para funcionar. Lo mismo sucede con los bebedores, “que no van por cocteles para relajarse después de un día duro, sino que su día está lleno de tensión y ansiedad porque beben mucho”, explica. Y, en el caso de la heroína, la euforia que produce y bloquea el dolor hace que la persona no pueda dejarla debido a que sin ella siente un dolor insoportable.

Por esa razón, muy pocos logran rehabilitarse y una sola recaída implica volver a una adicción aun más fuerte. De hecho muchos recomiendan no volver a probar la droga, pues al alargar el periodo de abstinencia, el cerebro deja de extrañarla.

Drogas, un problema de salud mundial


Nunca ha sido más urgente abordar el tratamiento contra las drogas. Hace apenas un mes, el Informe Mundial sobre las Drogas 2019 reveló que 35 millones de personas en el mundo padecen trastornos relacionados con su uso, y que solo una de cada siete recibe atención. La investigación también mostró que de los 11 millones de adictos que se inyectaron drogas en 2017, 1,4 millones viven con VIH y 5,6 millones con hepatitis C. Estos datos permiten estimar que la cantidad de gente que las consumen ha crecido un 30 por ciento desde 2009, y que la adicción se posiciona como uno de los grandes problemas de salud pública.

La más utilizada en el ámbito mundial sigue siendo el cannabis, con un estimado de 188 millones de consumidores para 2017. Mientras tanto, el fentanilo (un medicamento usado como analgésico) y sus análogos siguen en el centro de la crisis de los opioides sintéticos en América del Norte. Además, la producción mundial de cocaína tuvo en 2017 un récord histórico con 1.976 toneladas, un 25 por ciento más que el año anterior. El 70 por ciento de esta producción, con una pureza del ciento por ciento, procede de Colombia.


Foto: Las drogas pueden alterar zonas importantes del cerebro que son necesarias para funciones vitales y, además, impulsar el consumo compulsivo. Afectan sobre todo estas:


Grisel sostiene que exponerse desde muy temprano a cualquier sustancia adictiva podría ser fatal para el funcionamiento del cerebro de por vida. En primer lugar, porque hacerlo muy joven provoca que la adicción sea más poderosa y que este órgano tenga menos flexibilidad para recuperarse. Además, estas sustancias potencian por lo general la ansiedad y la depresión, y a esas edades son más difíciles de superar.

Never Enough salió a la venta en febrero y desde entonces se convirtió en un best seller. Durante semanas estuvo en la lista de los diez libros de ciencia más vendidos del diario The New York Times. Su éxito quizás reside en que no es un texto de autoayuda, ni mucho menos una propaganda contra las drogas. Grisel quería abrir una ventana para que millones de adictos, como ella hace años, comprendan la razón de su problema. Y asimismo, para que quienes están del otro lado entiendan la complejidad de entrar en este mundo. Allí retrata la euforia y la tranquilidad que le producían, pero también el agobio y la desesperación de sentir que estaba a punto de morir en ese callejón sin salida.

Como explica en uno de sus informes el Programa Internacional del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (Nida), uno de los grandes inconvenientes al tratar esta patología consiste en que durante gran parte del siglo pasado, los científicos trabajaban a la sombra de poderosos mitos y conceptos erróneos acerca de su naturaleza. Esto llevó a que el mundo hiciera énfasis en el castigo y no en el tratamiento.

Sin embargo, gracias a la ciencia y a testimonios como los de Grisel, hoy se sabe que la adicción es una enfermedad y no una mera falta de voluntad. Además, que hay factores biológicos y ambientales que contribuyen a su desarrollo. En ese camino, la autora concluye que al arriesgarse a entrar a este mundo, la persona juega una especie de ruleta rusa. En efecto, no todos los cerebros funcionan igual ni las drogas actúan de la misma manera.

Esto es lo que la neurocientífica experimentó al usarlas, y las lecciones que le quedaron al consumirlas.

Marihuana

Grisel dice que fumó marihuana por dos razones. En primer lugar, porque acentuaba los estímulos del medioambiente: la música sonaba increíble, todo le parecía divertido y hasta la comida sabía mejor. También porque sus efectos “no eran específicos, sino generalizados”, y eso le permitía sentir que podía controlarlos. Aunque en ese momento no comprendía por qué, luego entendió que, a diferencia de otras drogas como la cocaína, el cannabis actúa en todo el cerebro y no en una parte específica. Influencia el placer, la memoria, el pensamiento, la concentración, la coordinación, la percepción sensorial y temporal, entre otras habilidades. Pero asimismo, tiene su lado oscuro: cuando Grisel no estaba bajo su efecto, sentía poco interés por las cosas cotidianas; en el momento en que intentó dejarlo, los primeros nueve meses fueron insoportables.

Cocaína

Para la neurocientífica, no hay duda de que la cocaína es la droga más placentera de todas. Produce una euforia inmediata, pero el problema es que su efecto es tan breve que luego del ‘viaje’ llegan sentimientos de ansiedad, depresión y necesidad de más droga. Por eso es tan peligrosa. Compara esta relación de amor y odio con la adicción a la Coca-Cola. “Era repulsiva incluso para mí, pero habría hecho lo que fuera por otra dosis”, dice. Las drogas tienen un potencial de abuso, y en el caso de la cocaína es muy alto. Además influye si una persona tiene propensión a volverse dependiente a ellas debido a factores genéticos y medioambientales.

Opioides

Muchos médicos los recetan en la cotidianidad para calmar dolores fuertes. De acuerdo con Grisel, transmiten una sensación de calidez y satisfacción. No obstante, es difícil sobrestimar el poder que tienen sobre un consumidor. Son altamente adictivos al usarlos de forma indebida porque el organismo genera tolerancia y requiere cada vez más dosis. Producen aletargamiento y alteran el sistema nervioso; eso hace que inhiban el juicio moral.

Alucinógenos

Grisel describe consumir LSD, hongos o sustancias como el yagé como “viajar a un lugar desconocido, en un vehículo sin su control”. Aquí es posible entrar al mundo de las alucinaciones, sin embargo, a diferencia del resto de drogas, estas “son las únicas a las que no se les ha podido encontrar un vínculo directo con la dependencia”. Una razón, según Grisel, es que su efecto es tan rápido y fuerte que es imposible consumirlas regularmente.

Alcohol

“El alcohol te hace sentir como un pájaro enjaulado al ser liberado”, dice Grisel para expresar la desinhibición y la felicidad que produce esta sustancia. Tranquiliza y al igual que otras drogas, genera gratificación. Por eso mismo, la gente se aferra a él como un náufrago a su salvavidas. 

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