El emprendimiento en Colombia sigue mostrando dinamismo y se consolida como uno de los motores de la economía. Sin embargo, ese crecimiento convive con brechas estructurales que limitan el desarrollo de millones de micronegocios, especialmente aquellos liderados por mujeres.
Las cifras reflejan la relevancia del sector. De acuerdo con el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, las mipymes representan cerca del 98 % del tejido empresarial y generan alrededor del 80 % del empleo.
En la base de este sistema están los micronegocios: el DANE estima que existen cerca de 2,5 millones en las principales ciudades, responsables de más de 3,1 millones de puestos de trabajo.
A pesar de su peso, el potencial de estos emprendimientos enfrenta múltiples limitaciones. Un análisis del DANE junto con la Fundación WWB Colombia evidencia que las desigualdades de género siguen siendo un factor determinante.
En términos de ingresos, la brecha es significativa: mientras los hombres reportan ventas mensuales promedio superiores a 3,3 millones de pesos, las mujeres apenas superan los 2 millones, una diferencia cercana al 40 %.
Para Johana Urrutia, una de las principales razones está en la distribución del tiempo. Según explica, la carga de trabajo de cuidado no remunerado recae mayoritariamente sobre las mujeres, lo que limita su capacidad para dedicar horas al crecimiento del negocio.
De hecho, el 97,3 % de las microempresarias realiza este tipo de labores y destina, en promedio, cinco horas adicionales al día frente a los hombres.
Las consecuencias de estas desigualdades también se reflejan en la formalización. Solo el 8,8 % de los micronegocios liderados por mujeres cotiza a salud o pensión, frente al 12,6% en el caso de los hombres.
A esto se suman barreras como el acceso limitado a crédito formal y la baja inclusión financiera, factores que dificultan la sostenibilidad de los emprendimientos.
En zonas rurales, el panorama es aún más complejo. Las mujeres enfrentan mayores restricciones en conectividad, redes de apoyo y financiamiento, lo que profundiza las brechas frente a contextos urbanos.
Las experiencias de las emprendedoras refuerzan estos datos. Dificultades para acceder a recursos, trámites complejos, falta de visibilidad en el mercado y el reto de equilibrar el negocio con la vida personal son algunos de los obstáculos más recurrentes.
Los expertos coinciden en que el reto no es solo impulsar la creación de nuevos negocios, sino cerrar las brechas que frenan su crecimiento.
Avanzar en políticas de equidad, fortalecer el acceso a financiamiento y reconocer el impacto del trabajo de cuidado son pasos clave para que el emprendimiento deje de ser solo una alternativa de subsistencia y se convierta en un verdadero motor de movilidad social en el país.