La competencia global por atraer fábricas, centros de datos, proyectos energéticos y actividades de investigación y desarrollo está cambiando. Hoy, más que ofrecer bajos costos o incentivos, los países deben garantizar productividad, acceso a energía competitiva, ecosistemas industriales sólidos y capacidad para ejecutar proyectos con rapidez.

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Esa es la principal conclusión del informe Catalyzing Competitiveness: Where Investment Happens and Why, del McKinsey Global Institute, que plantea medir la competitividad de una economía a partir de su capacidad para atraer inversión productiva, entendida como aquella destinada a ampliar la capacidad de producción, innovación y desarrollo tecnológico.

El estudio no evalúa específicamente a Colombia, pero plantea elementos que pueden orientar la discusión sobre cómo fortalecer la competitividad del país para captar una mayor porción de los flujos globales de inversión.

En 2024, China registró una inversión productiva bruta de US$5,9 billones, equivalente al 31 % de su PIB. Foto: Getty Images

Según el análisis, la inversión mundial continúa concentrándose en las principales economías. En 2024, China registró una inversión productiva bruta de US$5,9 billones, equivalente al 31 % de su PIB, mientras que Estados Unidos alcanzó US$5,1 billones (17 % del PIB) y la Unión Europea US$3,1 billones (16 %). Al descontar la inversión destinada a reemplazar activos desgastados u obsoletos, China mantiene una ventaja aún mayor, al incorporar cada año entre tres y cinco veces más capital productivo que Estados Unidos y Europa juntos.

Sin embargo, el informe advierte que invertir más no siempre implica obtener mejores resultados. China utiliza cerca de un 70 % más de capital por cada dólar de producción que las economías occidentales y obtiene un rendimiento aproximadamente un 40 % inferior, debido, entre otros factores, al peso de la infraestructura y a la capacidad excedentaria en algunos sectores.

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Para identificar qué determina la localización de nuevas inversiones, McKinsey analizó diez industrias estratégicas, entre ellas semiconductores, baterías, energía, centros de datos, manufactura farmacéutica e investigación y desarrollo. El resultado muestra que no existe un único factor decisivo: además de los costos de construcción, capital, energía, materiales y mano de obra, influyen la productividad, la existencia de proveedores especializados, las políticas industriales y los tiempos necesarios para aprobar, construir y poner en marcha los proyectos.

Uno de los hallazgos más relevantes es que la velocidad de ejecución se ha convertido en una ventaja competitiva. En sectores como los vehículos eléctricos o la biotecnología, reducir los tiempos de desarrollo permite recuperar antes la inversión y aprovechar mejor los ciclos tecnológicos. En los centros de datos, impulsados por el auge de la inteligencia artificial, un retraso de un año puede generar un impacto económico comparable a duplicar el costo de la electricidad.

En los centros de datos, un año de retraso puede tener un costo similar al de duplicar el precio de la electricidad. Foto: Getty Images

Para Colombia, el estudio sugiere que la discusión sobre competitividad debe ir más allá de la promoción del país como destino de inversión. Factores como la productividad laboral, el acceso confiable a la energía, los costos de capital y construcción, la disponibilidad de materiales y proveedores, la estabilidad de las reglas y la capacidad para ejecutar proyectos en los tiempos que exige el mercado serán determinantes para atraer nuevas inversiones.

La conclusión del informe es que no existe una medida única para cerrar las brechas de competitividad. Una combinación de mayor productividad, innovación, ecosistemas industriales fortalecidos y políticas que reduzcan las distorsiones puede mejorar el atractivo de los países. Para Colombia, el desafío será convertir esas condiciones en proyectos productivos que impulsen el crecimiento económico y la innovación.