SEMANA: Usted ha retratado muy de cerca a la India. ¿Qué hace que hoy sea no solo una potencia económica y política, sino también una potencia literaria y cultural?
Javier Moro: Sí, es una gran potencia económica. Es el país que más crece, con el producto nacional bruto (PNB) más alto del mundo en este momento, superando incluso a China. Y está cambiando muchísimo. Yo voy todos los años y hay cosas que no reconozco de un año para otro.
El país se está modernizando a pasos agigantados. Pero, aun así, es como un elefante enorme que tarda en cambiar, que tarda en moverse, porque es tanta la multiplicidad de etnias, de religiones, de razas, de culturas y de creencias que todo se hace de una manera mucho más lenta que en un país dictatorial, como puede ser China.
SEMANA: En libros como Pasión india, usted muestra la transformación de ese país a través de personajes externos. ¿Qué permiten ver esas historias que muchas veces no alcanzan a mostrar los análisis políticos o económicos?
J.M.: Eso es precisamente lo que yo busco. Yo no busco la historia que sale en las noticias; para eso están los reporteros y los periódicos. Yo busco la historia humana, la historia que, para un autor, sea capaz de transmitir emoción al lector. En el caso de Pasión india era fácil, porque se trataba de contar el final del Raj británico a través de una europea, a través de alguien con quien nosotros podíamos identificarnos. Anita Delgado, esa chica joven que enamora al maharajá de Kapurthala, se va para allá, se convierte en princesa y vive 20 años allí.
Era interesante porque era contarlo desde el punto de vista de una occidental, algo que también hice al narrar la India de la independencia a través de Sonia Gandhi, un personaje occidental que nos servía de punto de vista para acercarnos a una realidad tan distinta. Esa es una de las razones principales por las cuales me lancé a contar estas historias.
SEMANA: En Occidente suele existir una mirada de la India como un país “exótico”. ¿Cómo ha intentado desmontar ese estereotipo en sus obras?
J.M.: Cada vez es menos exótica, y eso se nota. He mostrado la belleza de la India antigua en Pasión india, y también la India moderna. La India siempre sorprende. Ahora hay centros comerciales como en Bogotá, supermercados, cosas que antes simplemente no existían. Pero sigue siendo un país de contrastes enormes: pueblos sin luz a pocos kilómetros de ciudades completamente modernas.
Hay mucho que descubrir: ruinas, ciudades antiguas, una arquitectura islámica maravillosa como la del Taj Mahal. Y, al mismo tiempo, ciudades como Bangalore o Hyderabad que parecen un Silicon Valley, llenas de startups y tecnología. Esa convivencia de extremos es lo que la hace tan fascinante y tan difícil de reducir a un solo estereotipo.
SEMANA: Usted ha dicho en varias ocasiones que la India es un país que lo apasiona. ¿Cómo nació ese vínculo tan fuerte con ese territorio?
J.M.: Encontré historias buenas para contar en la India. Encontré inspiración, que es lo que busca un escritor. Luego me gustó el país y me gustó la gente; uno llega a un entendimiento con ellos que es difícil de explicar. Es un lugar muy familiar, muy seguro.
El sur es todavía mejor. Yo me encuentro como en casa. Llevo muchos años yendo, voy todos los años, ya conozco gente allí y mis libros han tenido mucho éxito. Es, en cierta manera, otra patria literaria que tengo.
SEMANA: ¿Cómo ha cambiado la India a lo largo del tiempo?
J.M.: En los 40 años que llevo visitando la India, ha disminuido muchísimo la pobreza. Eso no quiere decir que haya desaparecido del todo, pero la reducción es notable. Ya no se ve gente con hambre de la misma manera que antes. Todavía hay personas que viven en la calle y persisten condiciones sanitarias deficientes, pero el país ha mejorado mucho en ese sentido.
Lo que ocurre es que la India es como dos países en uno. Hay un país de unos 400 millones de personas que es completamente moderno, que tiene toda la infraestructura industrial de cualquier potencia mundial, que es capaz de mandar cohetes al espacio y que tiene su propia tecnología de punta. Y luego hay otro país de unos 700 millones de campesinos, que todavía viven bajo el dominio de las castas y bajo la impronta de una vida tradicional, donde es muy difícil que haya movilidad social; donde, si naces alfarero, es muy probable que mueras siendo alfarero.
SEMANA: En un país tan diverso y complejo, casi considerado un continente, ¿cuál ha sido el mayor choque cultural que ha encontrado?
J.M.: El choque cultural es constante y está en todas partes. De repente, te paras en un semáforo y hay un elefante al lado, y el conductor del elefante está hablando por el teléfono móvil. Es el siglo XXI mezclado con el siglo XII, pero en cada esquina. Aunque eso también está cambiando mucho.
Hace poco, en lo que ellos llaman autopista, que en realidad es una carretera de dos vías, de repente apareció un elefante circulando en sentido contrario, tan tranquilo, con su cargamento. Esas cosas todavía pasan.
El tráfico también es bastante caótico y es el reflejo de una sociedad que está saliendo de lo rural y que aún no está del todo acostumbrada a la vida más sofisticada de un país moderno.
SEMANA: Con ese peso económico, demográfico y político, ¿qué papel desempeña la India en el escenario internacional?
J.M.: No se quieren meter mucho en nada porque son independientes, pero es un actor fundamental. No se puede concebir el futuro del mundo sin la India; es un socio obligado. Hay dos cifras clave que lo ilustran: en 1947 tenía 250 millones de habitantes, y hoy tiene 1.450 millones.
Ese aumento demográfico tan enorme es, al mismo tiempo, una bomba ecológica, económica y social. No hay país ni economía que pueda absorber todo eso fácilmente. Dentro de todo, la India ha funcionado relativamente bien a la hora de disminuir los índices de pobreza. Sin embargo, esa explosión demográfica es también su gran fortaleza, porque es el país con mayor población joven del mundo y eso augura un futuro que China ya no tiene.
SEMANA: India y China sostienen una rivalidad histórica. ¿Cómo ve esa competencia entre ambos países?
J.M.: China está ganando. Allí todo es más rápido porque es una dictadura; si hay que hacer una autopista, se hace. En la India, como es una democracia, todo implica negociación y eso ralentiza el desarrollo. Es una democracia con problemas, no es una democracia en absoluto perfecta.
Sin embargo, hay dos grandes ventajas para la India. Primero, que existe una enorme élite que habla inglés, lo que la conecta directamente con la economía de Estados Unidos y los países de lengua inglesa. De hecho, la mayor inmigración de calidad, me refiero a graduados en ingeniería, que ha recibido Estados Unidos en los últimos años ha sido la india. La India produce muchísimos ingenieros, aunque no tantos como China.
No puedo decirte quién va a ganar. Yo creo que ha habido un momento de China y que llegará el momento de la India. No sé cuándo, pero el potencial humano de la India es enorme, podría decirse que incluso mayor que el de China.