SEMANA: ¿Cuál es su balance de lo que está ocurriendo actualmente en Cuba?
MANUEL CUESTA MORÚA: Cuba atraviesa una crisis en espiral de un Estado cada vez más fallido en sus principales promesas. El Estado cubano construyó su legitimidad sobre pilares como la salud, la educación, la cultura, cierto bienestar mínimo y el nacionalismo, y hoy todos esos elementos están en colapso, algunos más aceleradamente que otros.
El transporte público prácticamente no existe en muchas ciudades. Hay una escasez generalizada de medicamentos, y el Gobierno se vio obligado a permitir algo que antes rechazaba: la importación individual y comercialización de medicinas desde el exterior, especialmente desde Estados Unidos.
Los hospitales carecen de equipos médicos básicos, algo especialmente grave en un país con una población envejecida. La alimentación es otro problema central. El costo de vida se ha disparado, y la libreta de abastecimiento ya no cubre las necesidades básicas de la mayoría de los hogares. Muchos cubanos apenas logran hacer una comida al día, concentrando todos sus recursos en un desayuno, un almuerzo o una cena.
No existe capacidad económica para garantizar tres comidas diarias. A esto se suma la crisis energética, que ya es conocida internacionalmente. Cuba no garantizó las reservas necesarias para enfrentar una situación de emergencia como la actual.
SEMANA: ¿Considera que esta es la peor crisis desde el Periodo Especial?
M.C.: Sí, sin duda. Aunque en los años noventa las estanterías estaban vacías y hoy existe una mayor oferta de productos gracias al surgimiento de las mipymes, eso crea una apariencia engañosa de mejoría. Lo que ocurre es que ahora hay mercancías, pero gran parte de la población no tiene capacidad para comprarlas.
En términos estructurales, esta crisis es más grave: hay un deterioro profundo de la planta energética, de la capacidad industrial, de la productividad y un aumento de la desigualdad. Cuba apenas cuenta con unos 300 millones de dólares en reservas bancarias, una cifra mínima para un país.
También hay una crisis demográfica severa. En apenas tres años han emigrado más de 2 millones de personas, principalmente entre 18 y 45 años, es decir, la población económicamente activa. Eso golpea directamente la productividad y el capital humano del país. Además, la tasa de natalidad se ha desplomado.
Muchos jóvenes han decidido no tener hijos, y la tasa de reposición demográfica ronda apenas el 0,9 por ciento. Por eso digo que esta crisis es más profunda que la de los años noventa: aquella fue una crisis existencial tras la caída de la Unión Soviética; la actual es una crisis estructural del modelo cubano.
SEMANA: ¿Considera que Cuba está cerca de un colapso social real?
M.C.: Sí, creo que el país está cerca de un colapso social. Hoy hay protestas en casi todo el territorio. Observatorios de conflicto reportaron recientemente cerca de 1.000 protestas de distintas dimensiones en apenas un mes. Aunque por momentos parezca haber calma, socialmente el país está al límite.
SEMANA: ¿Se mantiene la represión del régimen de Miguel Díaz-Canel?
M.C.: Sí, y es una represión muy fuerte. Ya no está dirigida exclusivamente contra activistas opositores, sino también contra ciudadanos comunes que protestan. Existe una enorme catarsis digital en Cuba: basta mirar las redes sociales para encontrar denuncias y críticas constantes.
El Gobierno responde castigando de manera ejemplarizante. No reprime a todos, pero sí a algunos para intimidar al resto. Actualmente, hay ciudadanos y activistas condenados a siete u ocho años de prisión simplemente por publicar denuncias o críticas en Facebook. La represión es sistemática y busca contener la ola de protestas sociales que atraviesa el país.
SEMANA: Desde algunos sectores internacionales se habla incluso de una posible intervención extranjera. ¿Cómo ve esa posibilidad?
M.C.: Desde el sector de la oposición en el que me ubico, no creemos que una intervención militar sea la solución para Cuba. Sí consideramos necesario el apoyo internacional y una mayor presión diplomática para abrir un proceso de transición democrática, pero no respaldamos una acción militar.
Eso podría agravar aún más la crisis política y envenenar cualquier transición futura. Lo que sí creemos es que debe existir un respaldo claro a la sociedad civil y una presión constante frente a un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos y se niega a abrir espacios de participación democrática.
SEMANA: Algunos sectores aseguran que el Gobierno aún mantiene apoyo popular. ¿Qué opina?
M.C.: Creo que hoy, por primera vez en la historia reciente de Cuba, existe un profundo desprecio popular hacia el Gobierno. Lo digo con total claridad. El régimen intenta mostrar apoyo movilizando personas en actos oficiales, como ocurrió el primero de mayo, pero en muchos casos se trata de lealtades forzadas de empleados públicos y trabajadores estatales que sienten presión para asistir. En realidad, hay una separación cada vez más clara entre la idea de patria y la del Gobierno.
SEMANA: ¿Cómo es ser opositor dentro de Cuba? Existe mucha oposición desde el exterior, pero ¿cuál es la diferencia y cómo se vive dentro de la isla?
M.C.: Se vive de una manera muy difícil. Desde fuera, por supuesto, es más fácil. Existe una especie de nación virtual que desarrolla gran parte de su actividad en redes sociales y eso puede dar la impresión de una oposición más fuerte o más visible. Pero dentro de Cuba la realidad es distinta. Articularnos desde el interior es complejo.
Actualmente, presido una coalición llamada Consejo para la Transición Democrática, integrada mayoritariamente por organizaciones dentro de la isla. Nos comunicamos mediante estrategias muy discretas y casi celulares para poder desarrollar nuestras acciones. Por ejemplo, impulsamos lo que llamamos asambleas ciudadanas en distintas comunidades, pero son reuniones pequeñas precisamente para evitar la represión.
Si intentáramos reunir a 50 personas de manera abierta, probablemente sería imposible repetirlo una segunda vez. Por eso trabajamos en formatos reducidos y con comunicación persona a persona. Eso da resultados, aunque también hace más lento el trabajo político por las limitaciones a la movilidad y al encuentro entre ciudadanos.
Nos adaptamos a esa realidad y seguimos organizándonos. Además, tratamos de utilizar los pequeños espacios legales que todavía permiten la Constitución y las leyes para impulsar nuestras iniciativas. Eso también funciona como una especie de blindaje, aunque el Gobierno no respete plenamente sus propias normas.
SEMANA: ¿Considera que Cuba está más cerca que nunca de una transición democrática?
M.C.: Sí, creo que estamos en el momento más cercano a esa posibilidad. Hay una nueva generación mucho más activa que ha roto políticamente con el Gobierno y con el Estado. Eso debilita enormemente la legitimidad del régimen, que durante décadas sustentó su discurso en la idea del apoyo popular.
Hoy la sociedad cubana es mucho más plural. Yo suelo decir que la sociedad se ha ido democratizando a pesar del Estado; lo que falta es democratizar las instituciones. También existe una mayor conciencia cívica. Mucha gente ya entiende que el principal obstáculo para el bienestar y el desarrollo del país es el propio Gobierno, algo que antes no era tan evidente. La narrativa de que Estados Unidos, el embargo o los mercados son los únicos responsables de la crisis ya no tiene el mismo impacto social.
SEMANA: ¿Cómo hace el régimen cubano para sostenerse? ¿Por ideología, miedo o hambre?
M.C.: Hay una combinación de factores. Todavía funciona, aunque cada vez menos, la explotación del conflicto con Estados Unidos y cierta vena nacionalista en sectores que controlan las instituciones y la comunicación pública.
El segundo elemento es la represión. Siempre digo que hay que distinguir entre una dictadura y un Estado totalitario: las dictaduras reprimen dentro de un espacio público que toleran; los totalitarismos buscan cerrar ese espacio por completo y utilizan mecanismos de control mucho más profundos.
Y el tercer factor es el hambre. El control social a través de la necesidad diaria de conseguir comida sigue siendo fundamental. La mayoría de los cubanos vive tratando de resolver qué comer al día siguiente. Esa combinación de nacionalismo, represión y supervivencia es lo que todavía le permite al régimen mantenerse.