En 2024, una familia estadounidense inició con ilusión el sueño de adoptar a tres niños colombianos. Su objetivo era que tres hermanos se mantuvieran juntos, acogidos por ellos. Irónicamente, ocurrió una de esas cosas que solo pasan en Colombia, y la adopción casi termina en tragedia, linchamiento y una injusta acusación de intento de abuso sexual a uno de los menores en un balcón. Todo resultó ser un chisme de vecinos.
Grant Gail, gerente de una planta química en Estados Unidos, es el hombre que, pese a este escándalo que pudo costarle la vida, se mantiene férreo con su esposa y sus hijos adoptivos. Ya está iniciando esta etapa y, aunque trata de proteger su imagen y mantenerse al margen de las cámaras, accedió a hablar con SEMANA y contar su historia de vida, la decisión de ser padre adoptivo de tres hermanos y lo que tuvo que pasar cuando estuvo a punto de ser linchado sin entender qué era lo que pasaba.
SEMANA: Cuéntele a Colombia por qué su interés en una causa noble, como la adopción de tres hermanos, de mantenerlos juntos, que existiera esa ruptura y formaran con usted y su esposa una familia…
Grant Gail: Mi esposa y yo siempre hemos querido tener una familia numerosa. Cuando nos casamos en 2020, compramos una casa con la esperanza de llenarla de niños. Sin embargo, después de años de intentarlo y sufrir múltiples pérdidas, decidimos que Dios tenía otros planes para nosotros. En 2024, Él nos guio a explorar la posibilidad de la adopción. Cuando comenzamos a investigar sobre la adopción internacional, nuestra agencia nos envió información sobre su programa en Colombia. Como ambos crecimos en un entorno de cultura hispana y sabíamos que los niños tendrían un fuerte vínculo con su cultura en el lugar donde vivimos, después de muchas oraciones y conversaciones entre nosotros y con nuestra familia, tomamos la decisión de seguir adelante. Desde el principio sabíamos que nuestro corazón nos llamaba a adoptar a un niño mayor, eso al haber visto lo que les sucede a los niños mayores que se encuentran en el sistema de acogida en Estados Unidos. Queríamos ofrecerle una vida mejor a un niño que, de otra manera, habría sido olvidado. En diciembre de 2024 estábamos revisando la página de niños en espera que se pone a disposición de las familias adoptivas y nos encontramos con el perfil de nuestros tres hijos. No hay palabras para describir el sentimiento que ambos experimentamos al ver sus fotos y pequeños videos.
Supimos de inmediato, en lo más profundo de nuestro corazón, que siempre estuvieron destinados a ser nuestros hijos. Comenzamos a trabajar lo más rápido posible para adoptarlos, completando múltiples cursos de capacitación sobre cómo criar a niños con un pasado traumático, con problemas de conducta, niños mayores y muchas otras cuestiones. Ambos nos sometimos a evaluaciones psicológicas para asegurarnos de que éramos aptos para ser padres. Pasamos múltiples verificaciones de antecedentes del FBI y, finalmente, en abril de 2026, recibimos la noticia de que el ICBF nos había aprobado para adoptar a los niños, a quienes ya habíamos amado durante más de un año. Después de un mes de reuniones virtuales con nuestros hijos, viajamos a Colombia en junio para recibirlos y completar el proceso de adopción.
Pudimos darles nuestros primeros abrazos el 9 de junio, apenas cinco días antes de que un malentendido y la falta de cuidado, o de pensar en dar diez pasos más para ver en realidad qué estaba pasando, realmente separaran a nuestra familia y causaran a nuestros hijos un trauma que nunca olvidarán.
SEMANA: ¿Qué pasó ese día en el balcón?
G.G.: Nuestro hijo del medio tiene antecedentes de problemas de conducta. En muchas de las capacitaciones obligatorias que tomamos nos enseñaron a manejar estos problemas de manera amable, con palabras de tranquilidad en lugar de gritos y amenazas, y con un contacto suave para ayudar a calmar al niño, al tiempo que le hacemos saber que estamos ahí para él y que no nos vamos a ir a ningún lado. Ese día le habíamos comprado un carro de juguete nuevo a nuestro hijo del medio. Mientras preparábamos el almuerzo, nuestro hijo menor comenzó a jugar con el auto nuevo y, como suele suceder entre hermanos, se desató una discusión entre los dos. Mi esposa intervino para tratar de calmarnos, lo que hizo que nuestro hijo se enojara aún más y se resistiera a que le dijeran que no discutiera. Comenzó a tirar los muebles y vi que mi esposa necesitaba ayuda, así que me ofrecí a llevarlo al balcón para ayudarlo a calmarse.
Habíamos decidido que el balcón sería el lugar al que iríamos para ayudar a que nuestros hijos se calmaran, ya que allí habría aire fresco y queríamos ser respetuosos con nuestros vecinos en caso de que alguno de nuestros hijos comenzara a gritar durante sus berrinches, pues sabíamos que esa era una posibilidad muy real. Una vez en el balcón, comencé a darle palmaditas en la espalda a mi hijo y a decirle que todo estaba bien y que solo necesitábamos calmarnos. Antes de que nos aprobaran la adopción, mi esposa y yo tomamos varios cursos relacionados con la Intervención Relacional Basada en la Confianza (TBRI), que es una estrategia de crianza que ayuda a reconstruir la confianza con una figura parental para aquellos niños que han sufrido traumas y abuso.
Una de las partes más importantes de esta capacitación es asegurarse de que el niño establezca una “sensación de seguridad”, para ayudarlo a reequilibrar su sistema nervioso. Esto se logra con un contacto tranquilo y palabras amables, y es exactamente lo que estaba haciendo en el balcón ese día. De repente, una mujer empezó a gritar y a señalar, y unos hombres también gritaban. Preocupado por la seguridad de mi hijo, lo llevé adentro para seguir tranquilizándolo. Al momento, escuché a mi esposa gritar pidiendo ayuda y llorando. Cuando entré a la sala, había dos hombres tratando de abrir la puerta a la fuerza y gritándole a mi esposa que los dejara entrar, diciendo que querían llevarse a mi hijo. Llegaron incluso a meter el pie en la puerta para impedir que la cerráramos. Los momentos que siguieron quedarán grabados para siempre en la memoria de toda mi familia, ya que las decisiones de esas personas han cambiado nuestra vida por completo y para siempre.
SEMANA: ¿Cuál fue su reacción cuando lo señalaron y casi lo linchan por una falsa acusación de abuso infantil?
G.G.: Las primeras 48 horas después del incidente tuve una multitud de reacciones. Al principio estaba confundido porque no entendía lo que estaba pasando. Luego me preocupé por mi familia cuando nos separaron. Recibí un mensaje de texto de mi esposa diciendo que había una multitud reunida abajo, coreando y gritándole, mientras a ella y a los niños los llevaban a la ambulancia. Me enojé cuando me enteré de que esas mismas personas que habían estado tan preocupadas por los niños eran las que sacudían la ambulancia mientras mi esposa y mis hijos estaban adentro. Sentí miedo cuando me sacaron a toda prisa, escoltado por la Policía, a través de la turba que esperaba y quería matarme. Quiero agradecer a la Policía por hacer un trabajo increíble y garantizar que se respetara el debido proceso. Sin ellos, no creo que estuviera aquí.
En ese momento, no podía creer cómo había pasado todo eso, pasar de estar consolando a mi hijo a que me acusaran de cometer un crimen atroz. Al enterarme de que esta acusación falsa había llegado a Estados Unidos y se estaba difundiendo, me preocupé por mi seguridad y la de mi familia. Lo que nunca sentí fue el deseo de detener el proceso de adopción y regresar a casa sin mis hijos.
SEMANA: ¿Cómo se sintieron usted y su pareja cuando llegaron agentes de policía armados y los sacaron de la casa?
G.G.: Imagine estar en un país donde se entiende muy poco el idioma y, de repente, hay varios uniformados en la puerta. A medida que pasa el tiempo, llegan más policías y comienzan a agolparse en un pequeño departamento que has alquilado. No te ofrecen un traductor y tú y tu esposa tienen que quedarse ahí parados, confundidos y con miedo, porque nadie puede explicar lo que está pasando. Tuve que ver cómo mi esposa intentaba mantener la calma por el bien de nuestros hijos, mientras más y más policías se agolpaban en el departamento y en el pasillo de afuera, todos hablando al mismo tiempo. Tuve que ver a mis hijos con miedo en sus ojos mientras los alejaban de mí. No podíamos entender por qué había tantos oficiales y lo único que podíamos hacer era observar impotentes cómo nuestros pasaportes y los documentos de nuestros hijos pasaban de un oficial a otro.
Cuando me escoltaron fuera de la casa, me cubrieron lo más posible. Lo único que podía ver era el suelo y los pies de la gente mientras intentaban darme patadas en la cara. Luego me metieron a la fuerza en una camioneta policial para llegar a la comisaría lo más rápido posible.
Quisiera agregar que todos y cada uno de los oficiales de policía con quienes interactué me trataron con respeto, y siempre estaré agradecido por su protección mientras me guiaban a través de la multitud hacia un lugar seguro. Desde luego, también queremos agradecer especialmente al abogado Fabio Humar y su equipo, quienes hicieron un trabajo invaluable y sumamente profesional. Su ayuda fue determinante.
SEMANA: ¿Cómo pudieron aclarar lo que estaba sucediendo? ¿A través de cámaras, videos o incluso el testimonio de sus hijos?
G.G.: A los pocos minutos de que llegaran los representantes de nuestra agencia, nos informaron que el oficial que había llegado primero ya había determinado que las acusaciones eran falsas. Escuchamos lo mismo varias veces al día siguiente de parte de muchos funcionarios. Nuestro hijo del medio también explicó exactamente lo que había sucedido y por qué había estado en el balcón. Su testimonio fue muy claro. Nuestra hija mayor, que había visto todo lo que había sucedido a través de las puertas de vidrio del balcón, también ayudó a aclarar las acusaciones falsas con sus testimonios. Aun así, después de que se presentaron los hechos, la gente siguió amenazando mi vida tanto aquí en Colombia como en mi país. La verdad ya se había establecido con claridad, pero esto nos perseguirá toda la vida y nunca terminará realmente.
SEMANA: En su caso, incluso el presidente de la República, Gustavo Petro, lo tildó de pedófilo de extrema derecha, un grupo que, según él, es propenso a cometer tales delitos. ¿Qué mensaje le enviaría al presidente?
G.G.: Ni mi familia ni yo vimos el primer tuit del presidente. Sin embargo, es preocupante que el líder de una democracia moderna recurra a las redes sociales para decir algo tan descaradamente falso, especialmente porque no había más evidencia que chismes y rumores, y la investigación aún estaba en curso. Cuando me enteré, me pareció más un asunto político que personal. No obstante, esto fue después del segundo tuit, en el que admitió que había recibido información errónea y se retractó de su acusación inicial. Soy ciudadano estadounidense, un trabajador normal y no tengo ninguna aspiración política, así que aconsejar al presidente de Colombia está más allá de lo que haría. Les diría a todos los que tienen el poder y usan una plataforma pública que la usen de manera responsable. No hagan comentarios sin conocer los hechos. Las democracias se construyen sobre un sistema de justicia por una razón.
SEMANA: ¿Cómo están usted, su familia inmediata y, por supuesto, los niños?
G.G.: Mi familia y yo nos sentimos sumamente felices de habernos reunido. Tuvimos la oportunidad de irnos de Bogotá y pasar un tiempo lejos de la ciudad, fortaleciendo nuestros lazos y creciendo juntos como familia. A todos mis hijos les va bien, pero estos sucesos permanecerán en su subconsciente por el resto de sus vidas. Lo que debería haber sido el momento más feliz de nuestra nueva familia se convirtió en un trauma adicional para todos nosotros. Lo noto más en mi hija mayor, ya que tiene la edad suficiente para entender lo que pasó. Está feliz de estar con su familia definitiva y está lista para comenzar su nueva vida en Estados Unidos, pero también está enojada. Está enojada con la mujer que empezó a gritar, está enojada con los hombres que intentaron entrar a la fuerza al departamento, está enojada con las personas que dijeron que intentaban protegerla, pero que, en cambio, le causaron más daño. Mi esposa y yo estamos trabajando con ella para ayudarla a dejar ir ese enojo, porque no le hará ningún bien, y a enfocarse en nuestras nuevas vidas juntos; pero esto siempre estará con ella.
SEMANA: ¿En medio de ese caos tuvieron alguna duda en adoptar a los niños?
G.G.: Ni mi esposa ni yo pensamos ni por un minuto en retirarnos de la adopción. Hemos amado a estos niños desde 2024 y nuestro compromiso con ellos es ahora más fuerte que nunca. Literalmente he puesto mi vida en riesgo por mis hijos y lo volvería a hacer sin dudarlo ni un segundo para asegurarme de que mis hijos puedan crecer con una familia sana y amorosa que los apoye. Me alegra decir que finalizamos la adopción y ahora esperamos con ansias construir nuestra nueva vida juntos en Estados Unidos.
SEMANA: En la medida en que pueda compartirlo, ¿cuáles son sus planes con su familia, que se está ampliando con la adopción de los tres niños colombianos?
G.G.: Nuestra esperanza para nuestra familia es que sigamos creciendo y fortaleciendo nuestros lazos como familia, con amor y respeto mutuo. Esperamos que nuestros hijos nunca olviden el país del que provienen y que siempre se sientan orgullosos de él y de su herencia. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance para asegurarnos de que este evento en particular no sea lo único que recuerden de su país, sino que, por el contrario, Colombia también sea su hogar y siempre lo será.
Esperamos brindarles a nuestros hijos todas las oportunidades para crecer, prosperar y convertirse en adultos exitosos en cualquier campo que les apasione. Nuestros sueños se hicieron realidad con la llegada de nuestros tres hijos a nuestra familia y los amaremos a ellos y al país del que provienen por siempre.