Los matan con sevicia, a quemarropa o con un tiro de gracia, sin piedad y sin diferenciar a niños de adultos. Suelen gritarles que les perdonan la vida si se entregan y les disparan cuando se han rendido. Luego disfrazan de supuesto combate lo que solo es una carnicería, y Calarcá sigue adelante convencido de que pronto coronará su objetivo.

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En la última masacre, su gente entregó 48 cadáveres del bloque Amazonas de las Farc de Mordisco, que debieron recoger los pobladores y apilarlos en la escuela de la vereda La Siberia, que gestiona la diócesis y cuenta con un profesor y 14 alumnos, que no estaban ese día.

Pero fueron 12 o 15 más los abatidos, y los mismos campesinos debieron enterrarlos en cualquier sitio y prestar, obligados, primeros auxilios a los guerrilleros que sobrevivieron, antes de verlos escapar por el río. Se irían hacia Caño Jabón, vereda de Mapiripán, Meta, que siempre ha estado en manos de las Farc y aún conservan. También Calarcá sufrió unas diez bajas de su frente Isaías Carvajal, que se llevaron para que no los contabilizaran. Más adelante afirmaría en un comunicado que solo perdió a cuatro.

Según diferentes fuentes, cercaron a los de Mordisco cortándoles la posibilidad de reaccionar y les acribillaron con fusil. Los atacados respondieron hasta que los coparon por completo.

Iván Mordisco, jefe guerrillero. Foto: AFP

Al no permitir la entrada de ningún forastero hasta la zona en donde todo sucedió, con el propósito de que nadie recopile evidencias de lo ocurrido, desde La Siberia los propios lugareños tuvieron que trasladarlos hasta el diminuto Barranco Colorado, a 4 kilómetros de distancia, a orillas del Guaviare, y aguardar a la comisión humanitaria que se desplazaba por el río desde San José.

En cuanto desembarcó el grupo de delegados de organismos internacionales, la Iglesia católica y entidades locales, encontraron cadáveres uniformados, unos con chalecos en los que aún guardaban alguna munición, proveedores, productos de aseo, y uno portaba cinco minas antipersona, que sus enemigos pasaron por alto. De haberlas dejado con la intención de asesinar a rescatistas, les habrían estallado a los lugareños con tanto trajinar los cuerpos. La Sijín las desactivó antes de dejar a los bomberos la ardua y triste labor de embolsar los muertos. Demoraron varias horas, hasta bien entrada la noche; después los repartieron en dos embarcaciones y arribaron de madrugada a San José.

De los dos guaviarenses identificados, un cadáver correspondía a una menor de 13 años. La habían reclutado un año atrás y, pese a su corta edad, ya había sufrido en su propia carne los rigores de la guerra. En un combate perdió un dedo y aún se recuperaba de la herida en una oreja.

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Sus familiares la recibieron en una bolsa negra sellada y quien la sostuvo se sorprendió de su pequeñez, de tener en sus brazos unos restos demasiado livianos de quien fuera una niña llamada a seguir otros caminos. La enterraron en San Lucas, vereda de El Retorno, a unas dos horas de camino, con los fondos destinados a servicios funerarios de víctimas del conflicto. Y puesto que reina la ley del silencio, máxime en circunstancias como la que soporta parte del Guaviare en la actualidad, para el país pasará a ser un simple número de un tétrico listado.

La comisión también atendió como pudo a dos heridos; uno quiso desmovilizarse y, al no existir en ese equipo una entidad que pudiera acogerlos, quedó en manos de la CIDH.

Las comunidades locales, apenas 30 familias de colonos y unas 40 en los resguardos indígenas, se quejaban esta semana de no haber recibido las ayudas que merecen por lo que hicieron y por soportar un nuevo confinamiento. La Alcaldía de San José, a la que pertenecen las remotas poblaciones, a más de 140 kilómetros de distancia del casco urbano, alega que el Gobierno nacional no ofrece soluciones a una problemática que excede la capacidad municipal.

Aunque Barranco Colorado tenga la apariencia de un insignificante caserío, de pocas casas y almacenes destartalados, posee una importancia estratégica vital para las guerrillas. Es el único punto de abastecimiento fluvial en muchos kilómetros a la redonda y desde allí se puede controlar el tráfico de voladoras. Además, es accesible por tierra y conecta con la Trocha Ganadera, otra ruta dominada por las guerrillas.

Barranco Colorado tiene un valor estratégico clave para las guerrillas, especialmente por su conectividad. Foto: SALUD HERNÁNDEZ-MORA

Sus habitantes empezaron a recibir 900.000 pesos mensuales del Ministerio de Ambiente, en 2025, a cambio de no tumbar más selva y cultivar lo suficiente para garantizar la seguridad alimentaria. Afirman que los funcionarios no necesitan ir al terreno porque realizan el monitoreo por satélite.

Cabe anotar que, en esta ocasión, el ataque comenzó en la trocha abierta por la guerrilla entre Tomachipán, sobre el río Inírida, y Cumare, a escasos kilómetros de Barranco Colorado, otro corredor vital para el tráfico ilegal.

De los 36 cadáveres que Medicina Legal llevaba identificados al escribir este reportaje, si bien 17 procedían del Cauca, sumaban hasta 13 departamentos y ocho eran menores de edad.

Calarcá, además de debilitar a sus enemigos, debió celebrar haber dado de baja a alias Domingo Biojó, un comandante clave para Mordisco.

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El principio de la conquista

Corría 2024 y alias Calarcá convocó en noviembre a sus más experimentados mandos en estrategia militar. Reunidos en zona rural de Puerto Cachicamo, corregimiento de San José, en la orilla del Guayabero, explicó el plan para arrebatar todo el Guaviare a Iván Mordisco. Sabía que para su antiguo compañero y nuevo archienemigo supondría perder no solo ingentes ingresos, sino el reino más preciado, el territorio que conocía palmo a palmo y donde escaló de guerrillero raso a máximo comandante tras la muerte de Gentil Duarte.

“Mordisco es de palabra, no le rinde pleitesía a nadie. Toda la vida ha manejado esta zona”, afirma una persona que lo conoció y pide, como todos los entrevistados, no dar su nombre por seguridad.

De la reunión resultó la creación del frente Isaías Carvajal, lo dotaron de 400 efectivos, armamento y drones, y la orden de atacarlos cuando descansaran o estuvieran desprevenidos, recogiendo siempre sus propias bajas para que nadie los contara.

Año y medio después, el plan ha funcionado y Calarcá avanza a pasos agigantados. En 2025, en Miravalle, mataron a medio centenar o más de guerrilleros de Mordisco, me dijeron en El Retorno personas que estuvieron en el área, aunque oficialmente solo fueron 20. En enero de este año, asesinaron, después de arrodillarlos y con tiro de gracia, a otros 26. Y a finales de mayo pasado, masacraron a unos 70, pero solo entregaron los citados 48 cadáveres.

Iván Mordisco y Calarcá libran una guerra a muerte por las economías ilícitas del Guaviare. El último enfrentamiento dejó más de 50 muertos. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

Lo conseguido, denuncian los campesinos de las poblaciones que viven bajo el dominio de las Farc, no se debió solo a una estrategia que arrojó sus frutos en el campo de batalla, sino a “la colaboración del Ejército. Volvió el paramilitarismo”, oigo por todas partes.

“Es normal encontrarse al Ejército y, a pocos metros, a los de Calarcá. Nadie duda que trabajan juntos”, me dijo un campesino, repitiendo lo que escucho de innumerables voces. “El Ejército los va escoltando y la información se la entregan a Calarcá”, insistió el hombre. “En una ocasión, demoraron 15 días el Ejército en un lado de Caño Flores y los calarqueños, en el otro”, remató.

La última matanza, que llamó la atención del país por el número de muertos, confirma tanto las denuncias como el cumplimiento de las proyecciones de Calarcá.

“El Gobierno, Gustavo Petro, ayuda y protege a Calarcá, no sabemos por qué”, indican fuentes de diferentes instituciones, conocedoras del conflicto armado, que no pueden dar su nombre. “Es del todo imposible, irreal que en un combate de intensidad media muera ese número tan elevado”, señaló una fuente castrense.

También sorprendió que a los dos días el Ejército bombardeara a unidades de Mordisco, que estaban muy disminuidas.

Calarcá, jefe guerrillero. Foto: ESTEBAN VEGA LA-ROTTA-SEMANA

El siguiente objetivo en Guaviare, tanto para Calarcá como para el Ejército –que niega de manera enfática cualquier relación con dicho cabecilla–, es alias la Morocha y el corazón de su reino: La Paz. Conquistarlo supone ganar acceso al Inírida y a las bocas de Caño Grande, así como a Calamar y Miraflores por carretera. Pero, sobre todo, implica tomar un símbolo de las Farc de Mordisco.

Pese a rumores y sospechas, las dos guerrillas están forzando a votar por Iván Cepeda.