El Cristo de la Esperanza, de 8 metros de alto, clavado en la emblemática torre de la basílica menor de Quimbaya, mira desconsolado hacia el cielo. Está sostenido por unos cuantos pedazos de ladrillo que se resistieron a caer el lunes 10 de agosto, cuando la tierra tembló y acabó con la vida de más de 287 colombianos. Un terremoto de magnitud 7,4 sacudió al país y la torre de la basílica menor Jesús, María y José se desplomó como un castillo de naipes.
Del Cristo tallado en 1982 por el escultor Buenaventura Malagón, discípulo del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, volaron pedazos de los brazos, los dedos y otras partes del cuerpo. Quienes vieron la tierra moverse frente al templo religioso relatan que de la estructura caían sin piedad fragmentos de cemento, ladrillo y otros materiales. “Nos cubrimos la cabeza con las manos y corríamos. Nos daba mucho miedo que nos cayera encima”, le narró Gloria Fonseca, vendedora ambulante de Quimbaya, Quindío, a SEMANA.
Andrés Felipe Gutiérrez, vicario parroquial, había culminado la eucaristía, despedía a los fieles y procedía a confesarlos, pero el movimiento de la tierra lo llevó a gritar y suplicar que todos evacuaran el templo. Del techo caían tejas, bloques de cemento y cerchas de hierro. “Era el apocalipsis”, relató uno de los fieles. El padre Ferney Alonso Castañeda cerró las puertas de la basílica menor. Acordonó sus alrededores con un plástico amarillo donde se lee “peligro” y no permite que nadie ingrese por seguridad. Ni tomen fotografías. Los vitrales quedaron en el piso. El atrio. Las sillas de madera. Las imágenes religiosas. Todo está en ruinas en el templo.
Hoy la iglesia tiene sus bases sólidas, pero el interior quedó arruinado. Y el cura del municipio acude a ingenieros y patólogos estructurales que apuntan, preliminarmente, a que la afamada torre tendrá que demolerse.
SEMANA recorrió el norte del Valle, Quindío y otras regiones del país para corroborar cómo la naturaleza no tuvo misericordia con los templos de Dios. Y los destruyó sin piedad. Casi todos conservan más de 100 años de historia que quedó borrada en los casi 120 segundos que tardó el terremoto. El listado es largo.
El campanario de la torre central de la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en El Cairo, Valle, produce miedo. Grandes fisuras bordean la estructura gigante tras el terremoto, y en la plaza central del majestuoso e imponente pueblo de casas de colores, similar a Filandia, la gente grita “cuidado” cada vez que alguien pasa por debajo sin percatarse del peligro. En cada movimiento, la torre, que conserva un reloj con más de 100 años de antigüedad, bailotea y amaga con desplomarse. El peligro es latente.
Si cae al precipicio, las víctimas serían incalculables. En el interior del templo, el Cristo resucitado sigue incólume, pero la mitad de la imagen está cubierta por una teja enorme que dobló el movimiento telúrico. El párroco Richard Olarte resume que los daños son estructurales y espera estudios técnicos serios para definir qué pasará con la torre. Las misas se trasladaron al colegio del pueblo.
La iglesia San Sebastián de Roldanillo, Valle, quedó destrozada ante la mirada impávida de sus feligreses. El padre Germán Andrés Clavijo culminaba la eucaristía, caminó hacia el campanario para despojarse de su sotana cuando el suelo empezó a moverse con furia. Las paredes, el techo y las columnas del templo se sacudían como una gelatina. Y él no tuvo otra alternativa que nombrar a Dios, pedir clemencia y empujar a los fieles hacia la calle. Una anciana de 80 años que asiste a diario a la misa matutina recibió un estruendo en la cabeza cuando intentaba escapar del peligro. Un trozo de cemento la dejó inconsciente, pero se recuperó en el hospital, también víctima del terremoto.
El Señor Resucitado terminó sin brazos y un ángel de la guarda –una de las figuras emblemáticas del templo– quedó sin cabeza. Vírgenes amputadas y otras escenas desgarradoras se evidenciaron tras el movimiento telúrico. El techo de PVC cayó al piso, afectó las bancas de madera e intensificó la estampida de los fieles. El cura Clavijo no sabe si el templo tendrá que demolerse, como gran parte de Roldanillo, entre ellos la Alcaldía, la sede del Inpec, bares, cafés, restaurantes y misceláneas.
Todo alrededor de san Sebastián, el patrono del pueblo, quedó en ruinas. Basta con tocar las paredes de icónicos establecimientos comerciales, como los ubicados en la afamada Calle de los Poetas, donde vivió el artista Omar Rayo, para confirmar que se asemejan a una cáscara de huevo. “Fue un bombardeo de rocas desde el techo al finalizar la eucaristía”, resumió el religioso.
En el municipio de Alcalá, la iglesia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro se sacudió fuerte durante el terremoto y el techo terminó en el suelo. El inclemente sol que está apareciendo por estos días en el pueblo de 15.000 habitantes, aproximadamente, ingresa sin asomo de duda y atraviesa todo el piso de la nave central de baldosa colonial. “Colapsó el techo, hay paredes con fracturas, la cúpula tenemos que demolerla porque está a punto de caer”, describió el párroco Néstor Andrés Vinasco, quien no estaba en el templo cuando ocurrió la tragedia.
Pero cuando abrió la puerta y los escombros impedían su ingreso, se sentó en una polvorienta silla de madera, cerca del confesionario en ruinas, y empezó a llorar. Nadie lograba detener sus lágrimas. La sacristía, construida en mármol italiano y preservada desde hace más de 100 años, se volvió pedazos. También las ofrendas, los candelabros, el vino de consagrar, entre otros elementos históricos y religiosos que Vinasco había remodelado hace apenas un año.
El diácono Juan David Cardona le contó a SEMANA que en el terremoto de 1999, que dejó más de 1.100 muertos en el Eje Cafetero, el templo fue restituido porque la torre cayó hacia el parque principal. Se reforzaron las columnas y, por eso, cree Cardona, el desastre natural del 10 de agosto pasado no fue peor. “El altar de mármol de Carrara, que lleva más de 100 años, está muy averiado”, narró el religioso próximo a convertirse en sacerdote.
El centro histórico de Cartago, Valle, es el fiel reflejo de la furia despiadada de la naturaleza. Y la basílica menor Nuestra Señora de la Pobreza, conocida históricamente como el Templo de San Francisco, no es la excepción. Está cercada por uniformados de la Policía que no permiten su paso porque supone riesgo. Una de las puertas laterales, construida en madera gruesa, quedó destruida tras el sismo. Y los escombros de pedazos de hierro, cemento y ladrillos se encargaron de bloquear la entrada de intrusos. Aprisionan el ingreso.
El piso está cubierto por una gruesa capa de arena que cayó desde el cielo raso y, en algunos extremos del templo religioso, no se puede transitar porque los escombros están esparcidos. Removerlos acarrea tiempo y todo un dispositivo especial. Ponerle nuevamente el techo a la estructura supone un mayor tiempo.
La Iglesia católica espera los estudios de ingenieros expertos para determinar si el templo, que tiene su origen en un antiguo convento de la comunidad franciscana en el siglo XVIII, construido hacia 1786, tendrá que ser demolido. O, al contrario, restituido en algunas partes.
La catedral de Manizales –una de las más altas de Colombia–, la basílica menor de Sevilla, Valle, la parroquia de Caicedonia, la iglesia de Calima, Valle del Cauca, entre otras, conservan las profundas heridas de esta tragedia, que, además de dejar víctimas mortales y decenas de damnificados, lesionó estas joyas arquitectónicas y religiosas del país.