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| 9/16/1996 12:00:00 AM

EDIPO ALCALDE

Un guión forzado para una gran cinematografía resumen el paso del trágico héroe de Sófocles por tierras colombianas.

EDIPO ALCALDE, Sección Cultura, edición 746, Sep 16 1996 EDIPO ALCALDE
Director: Jorge Alí Triana Protagonistas: Jorge Perugorría, Angela Molina, Jairo Camargo, Paco Rabal, Jorge Martínez de Hoyos, Armando Gutierrez, Marcela Agudelo. Con una expectativa similar a la que despertó el estreno de La estrategia del caracol, de Sergio Cabrera, esta semana aparece por fin en la cartelera colombiana la más reciente realización de Jorge Alí Triana. Se trata de un antiguo sueño de Gabriel García Márquez y sus discípulos de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños: vestir de alcalde a Edipo, el trágico protagonista de la obra de Sófocles Edipo Rey, para desarrollar su historia en las montañas colombianas en medio de una realidad nacional que ha demostrado una y otra vez su capacidad para superar las alucinaciones más escabrosas. El argumento es, en esencia, el mismo que el del drama griego. Por traicioneras circunstancias del destino un hombre inocente y justo termina cometiendo, sin saberlo, quizás la mayor de las abominaciones humanas: matar al padre y gozar a la madre. Sólo que la descomunal tragedia ha de suceder, en la película de Triana, entre los fuegos cruzados de autodefensas, guerrilleros, militares, bandoleros rasos y ajusticiadores independientes, en un pueblo que podría ser cualquier municipio perdido en la agreste geografía colombiana. Filmada en Bogotá, Ibagué, el Parque de los Nevados y Salamina, Edipo alcalde traza una pintura del más crudo realismo sobre la violencia colombiana. En medio de una maravillosa atmósfera rural, que Jorge Alí Triana sabe recrear con gracia y belleza en cada escena, el relato de una guerra sin sentido va tomando forma, va cocinándose en una olla a presión que busca el momento exacto, aunque impredecible, para estallar. Edipo no es rey sino alcalde. Es un pacificador ingenuo, de cartilla, que llega a su pueblo con las ilusiones vanas de acabar con la violencia el mismo día en que Layo, el terrateniente, aparece muerto de un tiro en la sien luego de haber sido secuestrado la noche anterior. La investigación del crimen, que Edipo asume como un ciego desafío personal, desata la trama que culminará con el cumplimento del eterno y remoto tormento onírico de Layo, quien alguna vez había soñado que su hijo lo mataba en un cruce de caminos. La asociación entre la tragedia griega y la colombiana cumple su cometido en la superstición, en la adivinación del destino que, como en los buenos relatos de Gabriel García Márquez, recae sobre la humanidad de alguien que ve más allá de sus sentidos. En Edipo alcalde se trata de un misterioso constructor de ataúdes, Tiresias (Paco Rabal), quien en su ceguera es el único que entiende la magnitud de la hecatombe que se avecina. "Has llegado a tiempo para confundir tu destino con el nuestro", le dice a Edipo en su bienvenida, y el drama comienza. Su premonición es más fuerte que las verdades más simples. Los protagonistas, entonces, navegan sin saberlo hacia su destino fatal, como fatal es también el destino del pueblo. La reconocida actriz española Angela Molina hace el papel de Yocasta, la sufrida esposa de Layo. El cubano Jorge Perugorría el de Fresa y chocolate encarna a Edipo, mientras el actor colombiano Jairo Camargo, tal vez el mejor de los tres en su interpretación, hace las veces de Creonte, el implacable y descorazonado hermano de Yocasta. Sobre ellos recae toda la intensidad dramática, alimentada por una cinematografía que sorprende por su ritmo, por sus impecables efectos especiales y por una fotografía que da cuenta del talento de Triana en su trabajo. Sin embargo en Edipo alcalde hay algo que no funciona tan bien, algo que nace tal vez en la rigidez de unos diálogos que, lejos de salir con naturalidad de los labios de los protagonistas, parecen la recitación forzada del libreto, como cuando Yocasta ordena alistar el cadáver de Layo para el entierro, o cuando el cura amenaza con un revólver al joven guerrillero y lo obliga a rezar. La cinematografía corre fluida, pero el guión cojea, intenta en vano acoplar a la perfección el mito griego a la violencia colombiana y, sin libertad de opciones, deja escapar ciertas ligerezas. No por otra razón resulta poco comprensible que Edipo, previo discurso pacifista, arremeta con fuerza contra los asesinos de Layo, asegurando que ellos sí no podrán tener perdón jamás. Con todo, no cabe duda de que Edipo alcalde, realizada en conjunto entre España, Colombia y México, hace relucir una notable producción. Pero sus ingenuidades de guión, la mayor de las cuales es la de absolver a las fuerzas militares del conflicto, dejan la impresión de que hizo falta una propuesta más contundente que aquella de mostrar tan solo la violencia intacta que se ve diariamente en los noticieros.

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