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| 6/6/2020 3:00:00 AM

Merlín: Soledad y encanto

SEMANA visitó Merlín, una de las librerías de viejo más fascinantes del centro de Bogotá. Aunque el librero no da entrevistas, el lugar dice mucho por sí solo. | Los libros y la peste

Librería Merlín del centro de Bogotá en medio de la pandemia del coronavirus Al fondo, Célico Gómez, en la librería Merlín. Foto: Clara Moreno/SEMANA
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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

A Célico Gómez, fundador de la librería Merlín en Bogotá, no le gusta dar entrevistas y esta no es la excepción. “Usted pase, mire lo que quiera y escriba lo que quiera, pero no doy entrevistas. ¿Para qué? ¿Para escuchar la repetidera de los periodistas?”, dijo a SEMANA por teléfono. Tampoco permitió que le hicieran retratos. Quizá para él no hace falta contar que la situación de los libreros en medio de la cuarentena también ha sido difícil, en especial la de los independientes. Igual, siempre lo ha sido, incluso antes del coronavirus. 

Es una pena que Célico no dé entrevistas porque hay mucho en esta librería que da curiosidad. Entonces toca suponer. Imaginar. Describir. El nombre de la librería, Merlín, debe ser en honor al mago del siglo XII. Eso dicen algunos artículos de medios colombianos, además en el local hay varias figuras que representan al nigromante capaz de ver el pasado y el futuro. Al fiel consejero del rey Arturo. A esa especie de profeta salvaje, criado en los bosques, al margen de la sociedad. Esta librería, fundada en 2001, con más de 200.000 títulos, tiene mucho de ese espíritu. 

La entrada al lugar de hecho es un truco. Quien se queda afuera solo verá un pequeño espacio con libros de texto para universidades, en especial de derecho y psicología. Pero quien se atreve a entrar descubre que la librería es inmensa. En el segundo piso, los retratos de algunos autores colombianos como Guillermo Valencia, Rufino Cuervo, Ángel María Céspedes, Ismael Enrique Arciniegas, Rafael Pombo y José Asunción Silva conducen un pasillo directo a varias salas de libros. El que lo cruza se enfrenta al encantamiento. A la sensación de estar perdido en millones de universos que caben en cuatro pisos y a la desdicha de poder elegir apenas algunos. 

El ruido de la ciudad desaparece. El silencio solo se rompe por los crujidos de la madera o de la voz de Célico. De vez en cuando se convierte en un guía para los que no encuentran lo que buscan. 

Merlín es el lugar perfecto para comprar esos libros que no se consiguen en ningún lado. Pero también se puede recorrer como un museo, con la ventaja de que es posible tocar todos los objetos.

“Puedo venir a leer”, pregunta un joven. “A leer no porque no es una biblioteca. Puede venir a chequear y a buscar todo lo que quiera”, dice el librero. Pero la gente sí va (o iba) a leer. Hay varias sillas, butacas y sofás que muchos solían usar para sumergirse en los libros. 

“Lo que me gusta de este lugar es que Célico no interrumpe ni vigila. Lo único que nos pide es que dejemos las maletas a la entrada y después cada cual puede andar como Pedro por su casa. Además de comprar libros, también está la posibilidad de vender algunos o intercambiarlos. Eso la hace atractiva”, dice un hombre en la sección de novela estadounidense. En la sección de literatura latinoamericana hay un joven con tapabocas rojo leyendo algo de J.M. Coetzee. “Siento que no me ha gustado pero me tiene acorralado ya voy 20 páginas”, asegura. 

Después de visitar Merlín la primera vez, vale la pena tener en mente lo que uno está buscando y preguntarle a Célico dónde encontrarlo. También es el lugar perfecto para comprar esos libros que no se consiguen en ningún lado. Pero si no se tiene nada previsto, la librería también se puede recorrer como un museo, con la ventaja de que es posible tocar todos los objetos con tal de que los dejen en orden, como advierten algunos letreros. 

Desde el fondo de su escritorio donde se registran las compras, Célico, con un tapabocas blanco, el pelo negro, abultado y enmarañado, les pregunta a las pocas personas que aparecen qué quieren comprar. Si alguien quiere entrar, le abre la puerta de rejas negras. Hay alcohol en la entrada para el que quiera usarlo.

Una joven pregunta desde la entrada por Cortázar, que está agotado. De todos modos entra y dice que va a ver qué ha llegado de autores latinoamericanos. Célico anota en su cuaderno que debe buscar más libros de ese autor y le pide el nombre y el celular a la chica. “María Rojas”, responde. Ella cuenta que le gusta mucho ir a Merlín porque “es mágico”. También dice que en otras épocas Célico no estaba solo y que ahora solo ha visto a otro muchacho que le ayuda. 

La actitud de Célico muestra que para él los libros no son un negocio.

Un hombre con sudadera gris busca novelas negras. Hay una sección entera de eso. En realidad hay una sección casi para cada cosa que cualquier lector pueda imaginar. Literatura estadounidense, inglesa, alemana, rusa, francesa, latinoamericana, española. Libros en danés, en árabe, en chino, en húngaro, en portugués. Un salón entero para Colombia. Salas de movimientos sociales, guerras civiles y flagelos como la esclavitud. Estantes de música, separados también por géneros. Tangos, baladas, folklore, clásica. Escaparates de libros sobre arte o sobre esoterismo. Hay revistas y colecciones de albumes de los mundiales de fútbol y de periódicos que ya no circulan. El hombre elige siete títulos de autores como Alonso Cueto, Manuel Vázquez y Juan Madrid. 

Los estantes están señalados con cinta y marcador negro para ubicar a los lectores en la sección y están ordenados por orden alfabético. Como hay libros atiborrados por donde quiera que se mire, también hay cartones con nombres de los autores encima de las columnas que se apilan en el piso, en las escaleras o en algunas mesas. 

Incluso las escaleras de la libería apilan cientos de libros en Merlín. Foto: Clara Moreno/SEMANA. 

¿Cuáles serán las reliquias del lugar? ¿Las columnas de enciclopedias ilustradas de 1800 o los libros diminutos de poesía de bolsillo del siglo XVIII con tapas de cuero? La librería también parece un anticuario porque hay baules, teléfonos antiguos y máquinas de escribir empolvadas. Aparte de los libros, causan curiosidad los cuadros y las fotografías que decoran el lugar. Hay varias de Marilyn Monroe y hay una de una anciana con el ceño fruncido fumando un cigarrillo y una mirada muy potente. También hay un cartel de la película ‘Los girasoles del cielo’. ¿Cuál será la historia de las porcelanas diminutas o las esculturas que están en algunos cuartos? ¿A dónde dirige la puerta del cuarto piso que está cerrada? El último libro que se ve allí, al lado de unas escobas y unos trapos, es “Imágenes de Guerra”, de Robert Capa. 

Medios como El Espectador, El tiempo, Semana y Arcadia aseguran que Merlín fue fundada por dos amantes de la literatura, Célico Gómez, quien terminó literatura en la Javeriana y Eliana Jordán, quien estudió lenguas en la Central. Iniciaron haciendo trueques de libros y tenían solo el primer piso, pero después compraron los demás. En estos casi 20 años han recibido donaciones de libros diferentes lados y hoy tienen una de las librerías del viejo más imponentes de la ciudad. 

Quienes visitan el lugar con cierta frecuencia saben que antes de la pandemia se veía mucho más concurrida. Incluso iban varios turistas solo para ver lo impresionante que es esta librería. En este recorrido de dos horas solo aparecieron cinco personas y se escuchó que a Célico le hicieron dos pedidos por domicilio. 

A pesar de eso, Célico ni siquiera se atreve a recomendar libros a quienes les piden una sugerencia. “No, no recomiendo libros porque eso siempre sale mal. Que cada cual descubra lo que le gusta. Solo le recomiendo libros a los amigos”, dice. Pero cuando llegan lectores, los ubica o les ayuda a encontrar los que buscan. “Si va a entrar a la sección de cocina, le pido que tenga mucho cuidado. Hay gente que siempre se pega con el techo”, son algunas de sus sugerencias. La más conocida es “siga y piérdase”.  

La actitud de Célico muestra que para él los libros no son un negocio. Deja que los lectores hagan la cuenta cuando van a pagar. No verifica. Es como si le diera pena cobrar por los libros. “Son 103.000 por estos cuatro. Dos de Doris Lessing, uno de Carson McCullers y este de cocina”, le dice una. “Deme 100”, le responde mirando de reojo. Luego anota con diligencia los encargos. “Cuando los tenga, la llamo”, le dice el librero. Se despide abriendo la reja negra y haciendo una venia.  


*Merlín está ubicada en la carrera 8a # 15 - 70, en el centro de Bogotá. Mientras la cuarentena pasa, está abierta de 12 del día a 7 de la noche. Si desea pedir libros a domicilio, puede hacerlo llamando al 3115376516, al 7020778 o al 2844008. El costo de envío en la capital es de 5.000 pesos, en otros lugares “lo que cueste que llegue allá”.

*Periodista de Bogotá en SEMANA. 

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