CINE

Creed II: Boxeadores sentimentales

La continuación de la saga de Rocky, centrada en un joven campeón, ofrece una mezcla extraña de boxeo y sentimentalidad masculina. ***

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26 de enero de 2019 a las 10:00 a. m.
Adonis Creed (Michael B. Jordan) venga la muerte de su padre en esta nueva entrega de la saga, escrita y coprotagonizada por Sylvester Stallone.
Adonis Creed (Michael B. Jordan) venga la muerte de su padre en esta nueva entrega de la saga, escrita y coprotagonizada por Sylvester Stallone. Foto: FOTOS: BARRY WETCHER

País: Estados Unidos

Año: 2018

Director: Steven Caple Jr.

Guion: Sylvester Stallone y Juel Taylor

Actores: Michael B. Jordan, Sylvester Stallone, Dolph Lundgren

Duración: 130 min

Esta película comienza en el camerino de Adonis Creed (Michael B. Jordan), antes de una pelea de campeonato en la que el boxeador recibe una serie de instrucciones más metafísicas que prácticas de su entrenador, Rocky Balboa (Sylvester Stallone). En el espacio mal iluminado y casi desierto, el hombre mayor, en vez de hablar del estilo de su rival o del plan que han preparado, se concentra en la soledad del cuadrilátero.

Y suena como un absoluto lugar común, como esas frases ampulosas de los narradores de los documentales previos a una pelea, que confunden felizmente boxeo con mitología, lo noticioso con lo eterno: “El ‘ring’ es el lugar más solitario del mundo”, le dice. “Debes preguntarte: ¿estás aquí para demostrarle algo a los demás o para demostrarte algo a ti mismo?”.

Es un comienzo extraño no tanto por el lugar común, sino porque el resto de la película se encarga, una y otra vez, de negar esta idea. La soledad de los dos boxeadores allá arriba no es tal, se insiste, porque cada uno de los combatientes lleva en sus hombros expectativas propias y ajenas, deudas con los amigos y con la familia, en particular con los padres, que no se las permite.

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Uno podía tranquilamente suponer que la serie de Rocky sería uno de esos ejercicios nostálgicos tan rentables como predecibles, pero es extraño en lo que ha mutado. Ha dado un giro para centrarse en hijos que extrañan a sus padres, interpelándolos y encontrándolos imperfectamente en otras personas (un asunto que, además, tiene un eco especial en la comunidad afro de Estados Unidos).

Esas odas al individualismo y a la superación personal de la serie original se convirtieron en estos Creed raros, mestizos, que, además de películas de boxeo, son melodramas masculinos en los que los hijos buscan la manera de estar en paz con quienes los antecedieron en el mundo, con la herencia que recibieron, con lo que los extraños –y ellos mismos– esperan de sí.

Y en esa lucha, mucho más resonante emocionalmente que las peleas mismas, el cuadrilátero no es, para nada, solitario. Al contrario, está densamente poblado por la superposición confusa, al mismo tiempo sofocante y vivificante, de pasado, presente y futuro.

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Este capítulo de la saga tiene la peculiaridad de estar ligado estrechamente con Rocky IV, de 1985, en la que el boxeador de Filadelfia se enfrentó a Iván Drago (Dolph Lundgren), un ruso que al comienzo mataba en el ring a su amigo –y padre de Adonis– Apolo Creed. El asunto es que ahora, más de 30 años después de esa pelea, Iván ha entrenado a su enorme hijo Víktor (Florian Munteanu) para que sea boxeador, y organizan el choque de hijos (aunque desaprovecharon la oportunidad de titularlo así): el hijo del asesino contra el hijo del asesinado.

Hay peleas, obviamente, con golpes que se ven en cámara lenta y cortes a los espectadores angustiados. También, entrenamientos que un montaje musical condensa dinámicamente. Pero lo más interesante es cómo una franquicia ha encontrado la manera de reinventarse, indagando en un terreno relativamente novedoso en el cine deportivo: el de los lazos familiares y afectivos que unen a varias generaciones de hombres.

Aquí y ahora **

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Réplicas  *

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