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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Un oasis en la guerra

'La Ruta del Arte' recorrió varios municipios de Boyacá y los Santanderes y puso a pintar, bailar y actuar a sus habitantes. Ana María Escallón estuvo con ellos en Chinácota y Villa del Rosario.

Un oasis en la guerra Un oasis en la guerra
Hay un cuento budista que lleva rodando más de 3.000 años y narra cómo el mundo está ardiendo en el fuego de la ignorancia, de la codicia, de la agresividad. Para comenzar a romper este ciclo vicioso se creó La Ruta del Arte. Se rebeló contra la ignorancia y la indiferencia y creó una manera de llegar a algunos pueblos de Boyacá y los Santanderes con un grupo de artistas errantes que proponían que la creación fuera un territorio de todos y alternativa, que la risa alegre fuera un mecanismo de defensa no contaminada con la burla de uno mismo. Así nació La Fundación Anna y Talleres de Artistas en Villa de Leyva, que dio como resultado la Ruta del Arte. Para ello, el pintor Luis Luna pudo convencer a patrocinadores y a protagonistas para convertirlos en cómplices de su sueño: llegar a mundos periféricos donde la violencia es el referente continuo en una memoria colectiva cargada de graves cicatrices. El grupo no buscaba votos. Pretendía sorprender con actos creativos, promover el intercambio de ideas donde el ejercicio de la imaginación fuera el único mediador. No había promesas sino propuestas: entender una perspectiva amable, concebir que las soluciones se buscan y se encuentran y que la convivencia es la única alternativa para construir el presente en el futuro. Luna contó con el apoyo de la Fundacion Kellogg, lo que permitió que su proeza tuviera dimensiones de compromiso social. Músicos, artistas, teatreros, saltimbanquis, productores, presentadores conductores y quien realizaba el registro visual llegaban a cada pueblo en una 'van' y un camión cargados de escenografías, instrumentos, materiales y vestuario. Recorrían las calles e invitaban a los talentos a acompañarlos y a hacer que sus ejercicios creativos privados fueran un orgullo público. Las propuestas eran múltiples. Talleres de arte para la realización de un mural, una fiesta de acróbatas que se tomaban el pueblo al atardecer, y en la noche, las obras de foro-teatro. Los talleres invitaban a dibujar los símbolos que identificaban el lugar, a confrontar la posibilidad de ser artista, a pensar diferente, a multiplicar el talento de los niños y a alegrar la soledad de los viejos. Estudiantes de arte de la Universidad de Pamplona ejecutaban los talleres. Su jornada comenzaba por la mañana, cuando un promedio de 30 niños y ancianos se reunían en la Casa de la Cultura para elaborar los bocetos para el mural. En Chinácota y Villa del Rosario, las dos últimas del periplo que ya llevaba mes y medio, salieron del alma la presencia de la raza indígena, los árboles centenarios de la plaza y las palmeras que sobresalen, la iglesia, la carretera, el río, una bandera, el prócer, las cosechas, flores, animales y hasta la huella que el diablo dejó en una roca que resguarda un pozo de agua cristalina. Esa tarde y al día siguiente tradujeron a imágenes las ideas y lo pintaron sobre una cuadrícula que el artista uruguayo Joaquín Torres García promulgó en su filosofía del Universalismo Constructivo como la regla áurea: después de una distribución equitativa, todos los espacios divididos, no importa el tamaño o el lugar, tienen la misma importancia. Cada dibujante se apropiaba de un pedazo del muro y así ilustraron sus relatos de la aproximación a lo propio. En Villa de Leyva, Moniquirá, Vélez, Socorro, San Gil, Zapatoca, Matanza, Girón, Pamplona, Bochalema, Chinácota y Villa del Rosario quedó un mural como testimonio de la imaginación de la región. Al final de la tarde comenzaba la fiesta. En una calle cercana a la plaza, la banda municipal abría el camino con sus marchas de timbales y tambores, acompañados por sus líderes femeninas con sus gestos y bailes. Seguían los saltimbanquis y payasos para quienes el objetivo era involucrarse con la gente a través de una risa de sorpresa, una ayuda para recoger las bolas que saltaban en el aire, un cambio de la mirada severa de la desconfianza y el miedo por una amable para instaurar una relación de camaradería. Al final, caminaba el grupo musical que acompañaba la Ruta. Los bailes, su historia y los niños intercambiaban gestos amables con esos seres que parecían haber llegado de otro mundo. Durante dos noches le tocaba el turno al teatro foro. La tarima, la escenografía -realizada por Luis Luna- y luces y sonido de un espectáculo respetable. Al lado del grupo musical que les proporcionaban el fondo sonoro y la teatralidad. El teatro-foro fue creado en los 70 por el brasileño Augusto Boal, y Juan Ángel, quien sigue la línea de su profesor, lo retomó en Colombia. Como su nombre lo indica, la participación del público es lo fundamental. En la primera presentación, mientras un narrador llevaba el hilo conductor, cuatro actores representaron tres cuadros. En el primero, una madre descubre la poesía y la lee mientras su marido e hijos piden la comida. El segundo se basa en un cuento chino donde un padre moribundo reparte su herencia a sus tres hijos que, a postre, la dilapidan. El tercero es la fábula de un ratón, un sapo y un marrano que declaran persona non grata y expulsan a la rana porque hace ruidos durante la noche. Luego el público intervenía y actuaba para encontrarles una salida inteligente a las situaciones. La noche siguiente, el foro-teatro retomaba un fragmento de Sueño de una Noche de Verano, de Shakespeare: la historia de amor de Píramo y Tisbe que tiene un final trágico como consecuencia de unos malentendidos. Una vez han entendido el acto y aprendido los recursos de actuación, miembros del público, con la ayuda de los actores, interpretaban los papeles, incluidos el muro que los separa, la rendija que les permite verse. El resto del público actuaba como la voz de conciencia del personaje que duda o los ruidos del viento en un momento dramático. Del ensayo llegaba la representación final sin interrupciones. Las funciones se alargaban porque había lugar para las presentaciones locales: la orquesta juvenil, la banda, el niño orador que declamaba versos con pos de prócer, jóvenes se atrevían dar saltos mortales, bailes, mimos y grupos musicales. La finalidad era la reflexión. Sobre lo importante que es confiar en el otro, aprender a confrontar como parte de la convivencia, descubrir que la armonía es una cadena de concesiones donde todos tienen la posibilidad de ganar y donde el respeto mutuo ayuda a conservar el propio. Lecciones que van más allá del reparo, la vergüenza o venganza. En fin, un homenaje a la vida.

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