Les ha pasado alguna vez que queda una conversación abierta que por alguna razón del destino quieres cerrar, pero sencillamente queda como en “visto”. Creo que, aunque me ha pasado en términos reales ahora, es más común que antes dejar preguntas sin responder sin tener el más mínimo resplandor de vergüenza.
Son esas conversaciones donde estás preguntando algo importante, que la otra persona ve y sencillamente te ignora. Me parece fabuloso que eso ahora tenga un nombre y sea “ghosting”, pero me parece fatal a la vez que sea tan recurrente como para que se vuelva un término usado y aceptado socialmente.
Catalina me estaba contando de una gran conversación de negocios que tuvo con una colega muy influyente en el sector que se mueve. Cata estaba feliz porque en sus planes de emprendimiento la señora en cuestión se mostró muy animada con su proyecto y le prometió no solo apoyarla, sino ser su socia. Después de dos reuniones, las cosas iban realmente bien, según la percepción de Cata.
Pasaron los días y en una tercera reunión llegó el momento de la verdad. Debían ver precios, tarifas, tareas aterrizadas y próximos pasos claros. En ese momento la señora, que no recuerdo su nombre, le dijo a Catalina que contara con ella y que todo estaba listo.
Según me cuenta Catalina, después de esa charla todo cambió. El personaje que había jurado su apoyo incondicional no volvió a responder ni un mensaje. Cata cumplió su tarea, le mandó la propuesta, le pidió la información que requería, pero no encontró absolutamente nada a cambio. Varios mensajes por WA que ya ni siquiera aparecían en azul, ni siquiera se tomó el trabajo de leerlos. Yo no sé si eso aplica para ghosting o para grosería crónica.
La historia de Cata parece ser más recurrente de lo que yo pensaba. Tal vez porque, con mi estilo, si algo me gusta es que me hablen de frente. Con respeto, pero de frente. Me sentí muy mal por Cata, porque en realidad ella estaba entusiasmada y hasta llegó a pensar que era su culpa. Me preguntó con cara de preocupación: “¿Qué crees que hice mal?“.
Eso me dejó pensando un buen rato. No creo que ella haya hecho algo inadecuado, pero si lo hizo, lo mínimo es que la señora le responda. Qué nos cuesta decir ya no me interesa, no tengo el dinero, no tengo tiempo o cambié de opinión. No se si pueda convivir con eso.
Me gustaba el tiempo donde la gente ponía la cara. No había forma de esconderse. Además pienso seriamente ¿cuál es la necesidad de ignorar a otro?. Todavía estoy construyendo un argumento que excuse el mal comportamiento de la señora. Es como decir me importas tan poco que ni me tomo el tiempo de leerte.
Pensé que hace poco me invitaron como conferencista a un evento de educación. Me reuní un par de veces con ellos, le gasté tiempo a la idea e incluso ya tenía el esquema de mi presentación armada. Me habían dicho que sí, que les encantaba la idea y de hecho fueron ellos quienes me buscaron. Luego desaparecieron y cuando la fecha estaba cerca, pregunté varias veces (no quería quedarme a ultima hora con algo mal hecho) sin respuesta.
Alguien con algo de vergüenza me dijo, no es que decidieron que ya no, faltando dos días. La verdad para mi estuvo bien, mi agenda anda un poco saturada, pero me quede pensando por qué es tan difícil poner la cara. De hecho, no me iban a pagar un peso.
Con estas historias estamos bajando la conexión y ese acto humano de cumplir los compromisos. Cuando la palabra valía era extraordinario tener la posibilidad de argumentar y llegar a acuerdos o desacuerdos. No puede ser que le demos a la tecnología el “buen uso” para desaparecer sin una palabra decente con otro ser humano que confió en nosotros. Un poco más de respeto por favor.
La bondad es el principio del tacto, y el respeto por los otros es la primera condición para saber vivir.
Henry F. Amiel
