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| 5/16/2020 2:52:00 AM

Güicán, donde las huertas se convirtieron en salones de clases

Mientras el colegio esté cerrado, los niños campesinos de Güican de la Sierra, en Boyacá, aprenderán matemáticas midiendo la tierra, ciencias estudiando el ciclo de vida de las plantas y español redactando los avances del cultivo.

Educación rural: Güicán, donde las huertas se convirtieron en salones de clases Los estudiantes de la I.E. Normal Superior Nuestra Señora del Rosario cambiaron computadores y tabletas por el azadón, el metro y la piqueta.

El municipio de Güicán de la Sierra se alza a 3.000 metros de altura, en la vecindad de los nevados de la Sierra Nevada del Cocuy. Hay cóndores, ovejas, lagunas, glaciares y una famosa virgen de rasgos indígenas que los pobladores llaman con cariño “La Morenita”. Allí, en el oleaje de montañas de la Cordillera Oriental, los estudiantes de la I.E. Normal Superior Nuestra Señora del Rosario cambiaron computadores y tabletas por el azadón, el metro y la piqueta. Cada uno recibió en su casa tres paquetes de semillas de zanahoria, cilantro y lechuga que ahora deben plantar, pues mientras las aulas permanezcan cerradas, aprenderán matemáticas midiendo la tierra,  ciencias estudiando el ciclo de vida de las plantas y español escribiendo los avances del sembrado.

El colegio entregó semillas a las 550 familias de los 800 estudiantes de la institución. Aunque la mayoría tiene su pedazo de tierra para sembrarlas, muchos niños, en especial los del casco urbano, plantaron las suyas en botellas plásticas o en bolsas de leche que, vueltas por el revés, sirven de improvisadas materas donde crecerán sus plantas. 

Yahen es profesora de matemáticas. Enseña sembrando al mismo tiempo que sus alumnos. Archivo particular. 

Yahen Sandoval es profesora de matemáticas en la escuela de Güicán, es una de las abanderadas para que en la cuarentena los niños no dejen de recibir sus clases. Nació en Chita, una población boyacense que acaricia los 3.000 metros sobre el nivel del mar. Allí, sus padres, ambos profesores, le heredaron el amor por el campo y la enseñanza.

Su primer trabajo como maestra fue en un corregimiento llamado Los Venados, a donde se llega luego de una travesía de 9 horas a lomo de mula. De allí pasó a Socha, Duitama San Mateo, Jericó y, finalmente, a Güicán. En esta última población enfrenta el mayor reto en veinte años como profesora, pues la llegada del coronavirus la distanció de sus estudiantes, cuyo 80 por ciento vive vive en zonas rurales y no tiene acceso a Internet.

Yahén decidió utilizar la emisora del pueblo, Radio Güicán, para contrarrestar este problema. Ella se encarga de enviar los audios y, entre las 9 y las 11 a.m., los niños sintonizan la frecuencia 89.6 FM y escuchan por los parlantes la voz de su profesora en un espacio bautizado ‘El maestro llega a tu casa’. 

Los contenidos de las clases también viajan por correspondencia. Cada quince días,  las coordinadoras se encaminan hasta San Juan, La Cueva, El Tabor, Calvario, San Roque y otras veredas para entregar el material en cada casa. Hace unos días, Yahen recibió el siguiente mensaje de voz de un estudiante de 10 años de la vereda San Ignacio: “Ay, profe, yo hice dos trabajos iguales, por si el que le envié se pierde mientras le llega hasta donde sumercé está. No sea que yo pierda matemáticas …(Silencio). Chao, profe... ¡Ay sí, profe!: la extrañamos mucho”.

El 80 por ciento de la población de Güicán es rural. Archivo particular. 

Yahen lleva un diario en el que cada noche registra sus vivencias. Allí escribió al pie de la letra una llamada telefónica del papá de uno de sus alumnos:

-Buenas tardes, profesora, la llamo desde la vereda San Roque. Soy el papá  de Luis, del grado séptimo. Profesora: esos videos que mis chinos dicen que toca ver no los hemos podido ver porque yo no sé cómo se ven en este aparato…

El niño pasa al teléfono:

-Profe, es que mi papá no quiere entender que mi celular no tiene WhatsApp.

El coronavirus ha trasformado las dinámicas incluso en la soledad y el silencio del campo. En Güicán, maestros, padres y alumnos esperan que en tres meses, cuando las semillas florezcan y los niños recojan su cosecha de  lechugas, zanahorias y cilantros, las puertas del colegio ya están abiertas y los niños llenen cada mañana los salones.

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