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ANÁLISIS

La Encuesta Nacional de Lectura y las elecciones presidenciales

Los resultados de la reciente Encuesta Nacional de Lectura de 2017 mostraron que los colombianos leemos 5,1 libros al año. Julián De Zubiría explica por qué esa cifra no es correcta y analiza lo que implican sus resultados para las próximas elecciones presidenciales.

Julián De Zubiría*
9 de abril de 2018

El presidente Juan Manuel Santos y muchos medios de comunicación han divulgado un dato equivocado sobre el número de libros leídos en promedio en Colombia. Han dicho que son 5,1, por persona, al año. Eso no es cierto. El número de libros que en promedio leemos los colombianos es de 2,7. Sin embargo, para “inflar” estadísticamente este dato, se eliminó a los colombianos que no leen ningún libro al año, que son la mitad de la población.

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Hacer eso es como excluir a los que no comen pollo para calcular el promedio de pollos que comen los colombianos. Si tenemos en cuenta a todos los colombianos –los que leen y los que no leen libros–, en promedio leemos 2,7 libros por año. Ese es el dato correcto y el que hay que tener presente al compararnos con otros países.

Sin duda, el promedio de 2,7 es mayor que el de 1,9 que se reportaba en el 2014 y eso hay que destacarlo: los colombianos estamos leyendo un poco más. Lo que no se puede permitir es un uso publicitario o amañado de la estadística obtenida.

La explicación es clara cuando se les pregunta a los colombianos por qué leyeron un poco más que en años anteriores. Responden que hoy hay más facilidad para acceder a los libros. Y tienen toda la razón. Colombia cuenta hoy con 1.484 bibliotecas públicas y el 91% de ellas están conectadas a internet, aspecto que hay que resaltar porque la conectividad es la ruta esencial por la que necesariamente tendrán que transitar las bibliotecas. De ellas, 210 fueron construidas en los últimos 8 años.

El 27% de los colombianos asistimos durante el año 2017 a bibliotecas públicas y el 93% tenemos una imagen muy favorable de ellas, como un espacio ideal para aprender y crear. Éste es también otro dato por destacar, en mayor medida ahora que se lee principalmente desde el celular.

Los datos señalados dejan bien librados a los ministerios de Cultura y de Tecnologías de la Información. Por ciudades, son sobresalientes los resultados de Bogotá, Medellín y Tunja, todas con importantes experiencias de innovación pedagógica en la última década. En el país, no hay duda, hoy leemos un poco más, pero no un poco mejor. Esto lo podemos verificar incluyendo algunas estadísticas de la misma encuesta realizada en el año 2017. Veamos.

El 22% de las personas, al mismo tiempo que leen, están viendo televisión, lo que no permite extraer las ideas, organizarlas, reflexionar o profundizar en ellas. El 8% de ellos, lo hace comiendo, lo que dificulta la concentración, y el 13% de ellos lo hace al mismo tiempo que chatea y navega en internet, lo que hace casi imposible pensar en torno a las ideas más generales de la lectura que tiene enfrente. No por casualidad los textos menos leídos son los académicos.

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Algo similar sucede cuando se les pregunta por la escritura. El 67% responde que escribe mucho, pero cuando se le pregunta qué escribe, contesta que mensajes de textos en chat (67%) o correos electrónicos (46%).

Los resultados de lectura y escritura son un poco mejores a los que habíamos encontrado en las mediciones anteriores, pero son mucho menos favorables si nos hacemos la pregunta sobre la calidad de la lectura y la escritura que estamos alcanzando en nuestro sistema educativo. Eso lo sabemos todos los maestros de colegio y universidad. También lo saben los empresarios.

La pregunta que tenemos que hacernos los colombianos, a un mes de las elecciones, no es cuántos libros leemos, sino cuántos, de los que leemos, entendemos. La Encuesta no evalúa comprensión, sino hábito lector.

Para responder a la pregunta de la comprensión podríamos recurrir a la prueba SABER que aplicamos desde el tercer grado de primaria hasta la culminación de la universidad. Sin embargo, dicha prueba no nos permite compararnos con otros países. De allí que resulte más pertinente recurrir a la prueba PISA, cuya última versión fue aplicada en el año 2015. En ella participaron 65 países, lo que permite una muy amplia y diversa comparación.

Adicionalmente, sus resultados son muy similares a los obtenidos en las pruebas SABER. Son pruebas que se aplican a los 15 años y podríamos pensar que algunos jóvenes podrían mejorar posteriormente su comprensión lectora y la lectura crítica. Es posible, aunque es algo que suele dejarse de trabajar. Sin embargo, no tenemos pruebas para adultos y por ello, debemos recurrir a las pruebas aplicadas al culminar la educación básica. Son consistentes y bastante confiables.

Según los resultados de PISA en 2015, el 43% de los jóvenes colombianos que llevan diez años en el sistema educativo no pueden extraer una sola idea de un párrafo. No entienden lo que leen; y aunque tienen 15 años, leen como si tuvieran 7 y llevaran apenas unos meses en un colegio. Se retrasaron sus procesos para pensar e interpretar la realidad.   

El 49% logra extraer ideas, pero sólo aquellas que se expresan explícitamente en el texto (Niveles 2 y 3). Tan sólo el 7% de ellos capta matices en las ideas expresadas en los textos y puede hacer una lectura profunda (Nivel 4) y menos del 1% lee de manera crítica (Niveles 5 y 6).

A los 15 años, sólo uno de cada cien jóvenes puede encontrar incoherencias, falacias y debilidades en los argumentos de un texto escrito. Ese dato es significativamente inferior al que obtuvieron los jóvenes de Chile, Uruguay y Costa Rica y similar al de los de México utilizando la misma prueba y para el mismo año (los estudiantes de Argentina no se incluyeron en los resultados finales).

No hemos sido, no somos y seguramente no seremos los mejores lectores de América Latina si no realizamos cambios pedagógicos muy estructurales en el currículo, el modelo pedagógico y en la selección y formación de los docentes.

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También en el 2015, el presidente Santos anunció que Colombia había alcanzado el nivel más alto en lectura en su historia. Eso sí era cierto. Lo que no nos dijo era cuál era ese nivel: Tan sólo el 1% de los jóvenes estaba alcanzando la lectura crítica. Nunca hay que olvidar que a los políticos no hay que oírles lo que dicen, sino –y muy especialmente– lo que dejan de decir. Eso, en el fondo, es leer de manera crítica.

Transfiriendo los resultados anteriores a un debate televisivo entre candidatos presidenciales, querría decir que menos del 1% de los televidentes estaría en capacidad de encontrar el engaño que podría estar realizando algún candidato al simular mayor experiencia que la que tiene, al amañar las cifras que comparte o al prometer las obras que supuestamente realizará durante su gobierno.

A quién engañas abuelo, el profundo bambuco de Garzón y Collazos, decía que los políticos andaban “prometiendo puentes donde no hay ríos”. Hoy siguen haciendo lo mismo, porque mientras no mejoremos la calidad de la educación, los políticos seguirán engañando fácilmente a la población.

Tan solo el 1% de los televidentes hoy podría darse cuenta de que algunos de los candidatos son incoherentes cuando quieren engañar con sus propuestas o inculcar miedo o manipular al electorado con sus interpretaciones. La gran mayoría es fácil presa de sus manipulaciones y engaños.

Así mismo, el 43% de los televidentes no está en condiciones de entender el debate de ideas que se está realizando. No pueden captar las ideas que están en pugna. Y un grupo también cercano a la mitad de la población (49%) no escuchan los silencios de los candidatos, ni sus ideas profundas, ni lo que ocultan, ya que no pueden hacer inferencias indirectas.

Eso quiere decir que el 92% de las personas que escucha a los candidatos en la televisión tiene serias dificultades para interpretar el debate que se está llevando a cabo. Más grave aún: Tan solo el 8% de los colombianos puede descifrar las ideas que ocultan los políticos que están hablando. Y los políticos suelen ser expertos en decir lo que el público quiere escuchar y en ocultar lo que no quieren que se escuche de ellos. Por eso, leer de manera crítica es esencial para interpretar a la clase política.

Como puede verse, el problema de la baja calidad de la educación no es que los niños sepan poco de física, química, gramática o geografía. El problema es mucho más grave: Si la educación es de tan baja calidad, como la que tenemos en Colombia, se restringe la democracia, la creatividad, la productividad y el desarrollo individual y social de los colombianos.

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La pregunta esencial que se deriva de la reflexión anterior, es: ¿Se puede llamar democracia un país con una educación de tan baja calidad como la que actualmente recibe la gran mayoría de la población?

Esa cuestión adquiere enorme pertinencia ahora que estamos a un mes de elegir al próximo presidente que gobernará el país por cuatro años o por más, si quienes llegan, vuelven a cambiar la Constitución para atornillarse en el poder. Eso será más fácil si la educación que reciben los colombianos sigue siendo de tan baja calidad como la que hemos tenido hasta el momento en el país.

*Director del Instituto Alberto Merani y consultor en educación de las Naciones Unidas. Twitter: @juliandezubiria