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| 6/23/2019 12:00:00 AM

Las personas que transformaron el barrio San Felipe en el distrito del arte de Bogotá

Este barrio de la capital dejó de ser residencial y se convirtió, en menos de una década, en un importante polo cultural para la capital que sigue creciendo. Esta es la historia detrás de esa transformación y los desafíos que enfrenta para ser sostenible en el futuro.

San Felipe, el barrio que se convirtió en el distrito del arte de Bogotá Algunos protagonistas del San Felipe. De pie, de izquierda a derecha: Mauricio Combariza, Alejandro Castaño, Ima Barraza, Camila Montalvo, Guillermo Cárdenas, Juan Uribe, Davide Gatti, Andrea Mcallister, Steven Guberek, Larry Muñoz, Mauricio Gómez Jaramillo y Santiago Pinzón. Sentados, de izquierda a derecha: Adriana Ramírez, Liz Caballero, Celine Lerebourg, Angelina Guerrero, María Adelaida Samper, Elvira Moreno, Daniela Camero, Luis Guillermo Moreno y Thierry Harribey. Foto: foto: pilar mejía-semana

Desde antes de llegar por primera vez a San Felipe, el arquitecto y coleccionista Alejandro Castaño sentía que a Bogotá le faltaba un espacio que reuniera en unas pocas cuadras varios lugares para disfrutar del arte y de la vida cultural.

Algo así como Wynwood, en Miami, o Soho y Lower East Side, en Nueva York: barrios que reúnen galerías, tiendas de diseño, restaurantes, boutiques y bares, y que atraen a los amantes de la cultura.

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Su sueño era crear algo similar en la ciudad. Un lugar en el que la gente pudiera aprovechar una sola visita para recorrer galerías, ver el trabajo de los artistas y, de paso, tomarse un café o una cerveza, sin necesidad de pasar varias horas en medio de trancones.

A muchos, de hecho, les parecía utópico que un distrito de arte como el que pintaba Castaño, pudiera florecer en lo que a simple vista era un barrio normal.

Había estado buscando espacios que pudieran servir para ese propósito cuando encontró San Felipe, un barrio tradicional del norte de Bogotá lleno de casas residenciales, de muchas zonas verdes, vías amplias, precios asequibles y muy bien ubicado: entre las calles 72 y 80, y la avenida Caracas y la carrera 24.

Convencido de que era lo que estaba buscando, en 2010 Castaño compró una casa de 200 metros cuadrados y la adaptó como oficina, pero también como depósito de su colección de arte. De inmediato, con su amigo y socio, Juan Carlos París, comenzaron a invitar a otras personas del mundo del arte a unirse al proyecto.

Foto: Hoy, en San Felipe, hay unos 57 espacios que incluyen galerías, talleres de artistas, fundaciones artísticas, restaurantes, cafés, bares y otros lugares que tienen que ver con la cultura y el emprendimiento.  

Al comienzo fue muy difícil. “Los traíamos, les mostrábamos la zona y les gustaba el sitio, pero había cosas que no los convencían –le dijo Castaño a SEMANA–: la cercanía de la Caracas, que muchos asociaban con un tema de inseguridad, por un lado, y la tranquilidad de la zona, que era contraproducente, pues parecía que aquí no se movía ni una mosca”.

A muchos, de hecho, les parecía utópico que un distrito de arte, un polo cultural, como el que pintaba Castaño, pudiera florecer en lo que a simple vista era un barrio residencial como cualquier otro.

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El mensaje, sin embargo, fue calando poco a poco. El primero que aceptó la aventura y que se mudó al barrio fue Mauricio Gómez Jaramillo, quien montó la sede de su galería 12:00 en una casa en la misma cuadra en la que Castaño tenía su bodega. Luego, a la misma calle, llegaron Liz Caballero, con Sketch, y Daniela Camero, con Beta.

El gran impulso para la zona lo dio José Roca, uno de los curadores más reconocidos en Colombia, quien decidió abrir su fundación Flora ars+natura, un espacio sobre arte contemporáneo que explora la relación entre arte y naturaleza, a unas cuadras de estas galerías.

Foto: con fachadas coloridas y pintadas de varios colores, la cara del barrio ha cambiado también desde afuera.

Castaño sabía que él y Adriana Hurtado, su socia, estaban buscando un sitio para establecerse y les habló del proyecto. “Él lo entendió todo e inmediatamente se lanzó al agua”, recuerda el coleccionista.

Los artistas llegan para estar rodeados de galerías y por la cercanía de barrios como el Siete de Agosto o El Lago, donde pueden adquirir fácilmente los insumos para sus obras.

En 2014, cuando SEMANA hizo un reportaje sobre lo que estaba pasando en San Felipe, el paisaje ya había cambiado. Además de las panaderías, tiendas y algunos talleres mecánicos y las casas de familia, había unas seis galerías, y en las noches ya se notaba que un público diferente, interesado en el arte, paseaba por las calles.

“Varios artistas tienen sus talleres por acá cerca, y los coleccionistas se están dando cuenta de que aquí está pasando algo y vienen a buscar arte contemporáneo”, dijo en ese momento Gómez Jaramillo.

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Era solo el comienzo. Los artistas, interesados en estar rodeados de galerías, en los buenos precios y en la cercanía de barrios como el Siete de Agosto o El Lago, donde pueden adquirir fácilmente los insumos para sus obras, comenzaron a mudarse allí.

Muchos establecieron sus talleres en la zona e incluso también sus casas. Nicolás París, Mateo López, Álex Rodríguez, Fernando Pareja y Lady Chávez, entre otros, llegaron al barrio.

Foto: A la par de sitios de arte, han crecido otro tipo de espacios culturales y gastronómicos.

Para ese entonces, era claro que el San Felipe cumplía con otra característica importante: algunos de sus residentes, sobre todo personas mayores que vivían en grandes casas, estaban buscando venderlas para mudarse a apartamentos más pequeños. Es más, varios ya habían salido de la zona, pues desde unos años atrás las pequeñas oficinas y los locales comerciales se habían empezado a tomar las casas familiares.

Eso facilitó el arribo de artistas, coleccionistas y galeristas. “Eran personas que llevaban viviendo acá toda su vida, pero que se querían ir –cuenta Castaño–. No fue, como muchos piensan, que llegamos a desplazar a la gente, sino todo lo contrario. Fue algo muy amistoso”.

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Así, comenzaron a llegar más galerías y más artistas. Para 2017 ya había unos 18 espacios de arte, muchos de los cuales abrieron sin que Castaño y su socio se enteraran, lo que mostraba que el proyecto ya tenía vida propia.

Mucho más que arte

Cuando en la zona ya había suficiente presencia, empezaron los proyectos colaborativos. El primero fue la Noche San Felipe, un evento que se realiza durante algunos jueves del año, y en el que varias de las galerías, espacios y fundaciones abren sus puertas de siete a diez de la noche, con entrada libre. El otro es el Open San Felipe, que tiene lugar algunos sábados con una filosofía similar.

Foto: El barrio aún enfrenta varios desafíos como el aumento del precio del metro cuadrado.

A la par que esos eventos se hicieron más conocidos, en el barrio fue creciendo otro tipo de ofertas: la gastronómica y emprendimientos culturales.

Hoy, se calcula que en San Felipe hay unos 57 espacios, incluyendo galerías, fundaciones, talleres de artistas, restaurantes, cafés, bares, cervecerías y lugares que tienen que ver con la cultura y el emprendimiento, como la sede de la revista Cartel Urbano, un hostal llamado Luna o una tienda de bicicletas personalizadas.

El éxito del proyecto ha traído una consecuencia negativa: el precio del metro cuadrado en la zona aumentó. Y eso podría ahuyentar a artistas y galeristas.

Además, en el parque principal del barrio se monta durante varios días una tienda rodante que vende materiales para el grafiti. Algunos de los murales, de hecho, han sido intervenidos por artistas urbanos, y las paredes de algunas de las galerías y de los nuevos espacios están pintadas de forma colorida, lo que hace que destaquen.

El proyecto, sin embargo, aún enfrenta varios desafíos si quiere llegar a ser como Wynwood o Soho. El primero es que, a pesar de esos pequeños cambios en algunas fachadas, a un visitante desprevenido le queda muy difícil darse cuenta de que está entrando a un distrito artístico.

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“Ya han aparecido algunos pequeños elementos que generan un interrogante en el transeúnte, pero nada suficientemente fuerte como para que caigan en cuenta que están entrando a un barrio cultural”, explica Castaño. Por eso, trabajan para tener elementos en la vía, en el mobiliario y en el resto de las fachadas que lo hagan más visible.

Otro tiene que ver con el costo de los arriendos y de las casas. El éxito del proyecto ha traído una consecuencia negativa: el precio del metro cuadrado en la zona aumentó. Si hace ocho años costaba menos de 1 millón de pesos, actualmente está en un poco más de 3 millones, y en algunos casos llega a 8 o 9 millones. Eso puede ser contraproducente en el largo plazo y hacer impagable la estadía de galeristas y artistas.

Foto: Ya hay murales y fachadas coloridas en los barrios bogotanos. 

Y el último reto tiene que ver con el público. Aunque el barrio ha logrado atraer cada vez a más visitantes, y durante los eventos los espacios se llenan, aún hace falta impulsar más las ventas, algo básico para las galerías y empresas que viven de comercializar arte.

Probablemente es algo que mejorará con el tiempo. Pues así como hace unos años era impensable que un barrio residencial como el San Felipe pudiera albergar tantas galerías y espacios artísticos, en unos años, tal vez, muchos bogotanos se sorprendan al ver un Wynwood muy cerca de sus casas o lugares de estudio o trabajo. 

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