Durante años, ayudar a niños con cáncer ha sido visto como un acto de generosidad: una causa noble, profundamente humana, pero ubicada en el terreno de la filantropía; es decir, algo opcional, voluntario, incluso emocional.
Esa narrativa, aunque bien intencionada, resulta insuficiente. En algunos casos, incluso puede ser perjudicial.
Hoy, desde mi experiencia como médica, madre y líder social, tengo la certeza de que debemos replantear la conversación: apoyar a niños con cáncer no debería entenderse como un acto de caridad, sino como una decisión responsable de país.
¿La razón? El cáncer infantil no ocurre en el vacío. Es una enfermedad que expone, amplifica y profundiza desigualdades estructurales. Un niño no solo necesita tratamiento médico; necesita, además, condiciones que le permitan resistirlo: nutrición adecuada, estabilidad familiar y acompañamiento psicosocial.
Sin estas condiciones, las probabilidades de éxito disminuyen, incluso cuando el sistema de salud cumple su parte.
Es ahí donde entra un actor que históricamente ha estado subutilizado: el sector empresarial.
Las empresas no solo generan empleo y crecimiento económico. También tienen la capacidad —y la responsabilidad— de incidir en los determinantes sociales que afectan la salud. Sin embargo, para lograrlo, deben dejar de ver estas causas como acciones aisladas de responsabilidad social y empezar a integrarlas en el corazón de su estrategia.
No se trata de donar. Se trata de invertir.
Invertir en programas que mejoren la adherencia a los tratamientos.
Invertir en nutrición clínica, que impacta directamente en la recuperación.Invertir en acompañamiento familiar, que reduce el abandono terapéutico.
Esto no es una postura teórica. Es evidencia.
Cada peso invertido en atención integral reduce costos futuros del sistema, mejora resultados clínicos y fortalece el tejido social. Es, en todo sentido, una decisión inteligente.
Además, en un entorno donde los criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) son cada vez más relevantes, las empresas que comprenden este enfoque no solo generan impacto, sino también reputación, confianza y sostenibilidad.
El problema es que aún operamos bajo un modelo asistencialista, fragmentado y de corto plazo. Donaciones puntuales que, aunque valiosas, no transforman las realidades de fondo.
Necesitamos evolucionar hacia modelos sostenibles, medibles y articulados. Modelos en los que las empresas no sean espectadoras ocasionales, sino aliadas permanentes.
Modelos donde el impacto no se mida en eventos o fotografías, sino en indicadores reales: niños que completan sus tratamientos, familias que no colapsan económicamente y procesos de atención que funcionan de manera integral.
Esto exige un cambio de mentalidad.
Exige entender que el valor no está en ayudar una vez, sino en comprometerse de manera consistente. Que el impacto social no es un gasto, sino una inversión con un retorno intangible, pero urgente.
Y que, en el caso del cáncer infantil, esa inversión tiene un rostro, una historia y una urgencia que no admite postergaciones.
Colombia tiene la oportunidad de liderar este cambio. De demostrar que, cuando el sector salud, el sector social y el sector empresarial trabajan de forma articulada, los resultados pueden ser radicalmente distintos.
La pregunta ya no es si debemos ayudar.
La pregunta es si estamos dispuestos a hacerlo bien.
Porque en el cáncer infantil, hacerlo bien no es un lujo. Es la diferencia entre avanzar o quedarse a mitad de camino.
Y eso, para un niño, lo cambia todo.
Karen García, directora y fundadora de la Fundación para la salud estudio bienestar y aprendizaje social - Funsebas
