OPINIÓN

Mariana García

El mayor desafío de la sostenibilidad está en las decisiones

En esta columna, la autora plantea que el mayor desafío de la sostenibilidad no está en los discursos ni en los reportes, sino en la calidad de las decisiones que toman las organizaciones cuando el impacto, el largo plazo y la rentabilidad entran en tensión.
9 de enero de 2026, 8:42 p. m.

Durante años hemos discutido la sostenibilidad como si fuera un asunto de áreas, planes y reportes. Creamos estructuras, nombramos responsables y multiplicamos diagnósticos, convencidos de que el problema era de implementación. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que el verdadero desafío no está en lo que decimos sobre sostenibilidad, sino en cómo estamos decidiendo.

En muchas organizaciones —públicas y privadas— la sostenibilidad se convirtió en un lenguaje aceptado, incluso esperado. Se menciona en discursos, se incluye en presentaciones estratégicas y se referencia en documentos institucionales. Pero cuando llegan las decisiones reales —las que implican inversión, expansión, contratación, compras o priorización de riesgos— ese lenguaje desaparece. Se decide como siempre.

Ahí aparece la contradicción central de nuestra conversación actual: hablamos de largo plazo, pero premiamos el corto; hablamos de impacto, pero priorizamos la velocidad; hablamos de sostenibilidad, pero evitamos que entre en la decisión cuando incomoda.

La sostenibilidad no falla por falta de intención. Falla cuando no logra convertirse en criterio.

Decidir mejor implica aceptar que no todas las tensiones tienen soluciones cómodas. Significa reconocer que hay momentos en los que la rentabilidad inmediata compite con la continuidad del negocio; que la eficiencia choca con la dignidad humana; o que el crecimiento se enfrenta a límites sociales y ambientales que no pueden ignorarse sin consecuencias. Es en esos puntos de fricción donde la sostenibilidad deja de ser narrativa y se vuelve verdaderamente estratégica.

Colombia no es ajena a esta realidad. En un contexto marcado por la incertidumbre regulatoria, la conflictividad social, la presión sobre los territorios y una transición económica todavía en construcción, la forma en que se toman decisiones empresariales y públicas tiene un peso determinante. No se trata de adoptar más marcos conceptuales ni de sumar nuevas etiquetas, sino de mejorar la calidad de las decisiones que se toman cada día.

Las organizaciones más maduras no son necesariamente las que tienen más indicadores o más certificaciones, sino las que han incorporado preguntas distintas en sus procesos decisorios: ¿Qué riesgo estamos asumiendo realmente?, ¿Qué costo futuro estamos trasladando?, ¿Qué impacto invisible estamos normalizando?, ¿Qué decisiones estamos evitando por comodidad?

Decidir mejor no garantiza resultados perfectos, pero reduce errores estructurales. No elimina la incertidumbre, pero permite gestionarla con mayor conciencia. Y, sobre todo, hace posible que la sostenibilidad deje de ser una promesa abstracta y se convierta en una práctica cotidiana.

Tal vez el reto más importante que enfrentamos hoy no sea demostrar cuánto hablamos de sostenibilidad, sino cuántas decisiones estamos dispuestos a revisar a la luz de ella. Porque, al final, la sostenibilidad no se construye con discursos consistentes, sino con decisiones coherentes.

Mariana García, directora de Sostenibilidad Challenger



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