OPINIÓN

Carolina Escobar

El prestigio sin mérito le pasa factura al país

En esta columna, una reflexión sobre los efectos institucionales y culturales de debilitar el valor del mérito en el acceso al poder, y cómo esta tendencia puede erosionar la confianza en la educación, afectar los incentivos y comprometer el desarrollo del país.
9 de abril de 2026 a las 11:21 p. m.

Hay decisiones de gobierno que cuestan dinero. Otras, más difíciles de cuantificar, erosionan algo aún más valioso: el respeto por el conocimiento.

Colombia parece estar acumulando ambas.

En los últimos años se ha vuelto frecuente que cargos de alta visibilidad y responsabilidad sean ocupados por perfiles cuya experiencia o formación no corresponde con la complejidad de sus funciones. No es un episodio aislado. Es una señal persistente.

Y las señales, cuando se repiten, construyen cultura.

Lo observo no solo como líder empresarial, sino también como madre. En casa, intento inculcar a mis hijos el valor de la educación, la lectura, el arte y el esfuerzo disciplinado. Les explico que el conocimiento no es un adorno, sino una herramienta para entender y transformar el mundo. Sin embargo, fuera de ese entorno, el mensaje se vuelve difuso —cuando no contradictorio—.

El problema no es moral. Es estructural. Un cargo público no es un trofeo ni una concesión política: es una responsabilidad acumulativa. Quien lo ocupa no solo ejerce funciones; hereda un estándar y está obligado a elevarlo.

Ahí radica la dignidad del cargo.

No se trata únicamente de ostentar una posición, sino de engrandecerla mediante el uso legítimo de la experiencia, del conocimiento acumulado y de la capacidad de decidir en contextos complejos. Un cargo se dignifica cuando quien lo ejerce fortalece la institución y deja un umbral más alto para quien sigue.

Porque, al final, el nivel de un país no se decreta: se construye. Y se construye, en gran medida, a partir del nivel de quienes lo dirigen.

Cuando ese principio se debilita, el deterioro es gradual. Las instituciones no colapsan de golpe; se erosionan cuando los estándares dejan de importar.

Esto ocurre en paralelo a un esfuerzo significativo por ampliar la educación superior. Según el Ministerio de Educación, la cobertura bruta pasó de cerca del 24 % en 2000 a más del 52 % en años recientes, reflejando una expansión sostenida del acceso. Sin embargo, ese avance convive con una señal contradictoria: la formación rigurosa no es condición necesaria para acceder al poder ni al reconocimiento.

Ese quiebre de coherencia tiene efectos.

Las economías modernas dependen de incentivos. Cuando el retorno —real o percibido— de la educación se debilita, la inversión en capital humano se resiente. La evidencia internacional es consistente: la OCDE ha documentado que un aumento de 10 puntos porcentuales en la proporción de población con educación terciaria se asocia con incrementos significativos en productividad y niveles de ingreso. No es casualidad que en estas economías los altos cargos técnicos exijan trayectorias verificables como punto de partida.

A esta tensión se suma un cambio cultural.

El ecosistema digital ha reducido las barreras para alcanzar visibilidad e ingresos sin mediación del conocimiento profundo. Aunque existen creadores rigurosos, el modelo dominante premia la atención más que la sustancia. Para una generación —incluidos nuestros hijos— el mensaje es ambiguo: el posicionamiento puede desvincularse del aprendizaje.

El efecto es una doble erosión: institucional, cuando el mérito técnico se relativiza; y cultural, cuando el conocimiento pierde centralidad como vehículo de progreso.

Esto ocurre, además, en un momento en que la inteligencia artificial redefine el valor del trabajo. Lejos de hacer irrelevante la formación, refuerza la importancia de habilidades difícilmente automatizables: el juicio, la experiencia y la capacidad de integrar información en contextos inciertos.

Desincentivar la educación en este entorno no es neutral. Es una desventaja competitiva.

Como advirtió Amartya Sen, “la educación es tanto un fin en sí mismo como un medio para la libertad”. Vaciarla de sentido no solo limita el crecimiento; también restringe la capacidad de una sociedad para decidir mejor.

Pero las señales pueden corregirse.

Reivindicar el valor del conocimiento no exige retórica, sino coherencia: nombramientos que respeten estándares, instituciones que premien la trayectoria y una cultura que vuelva a vincular esfuerzo con progreso.

Porque, al final, también estamos educando con el ejemplo.

Y ese sigue siendo, todavía, el mensaje más poderoso.

Carolina Escobar, CEO de la Fiduciaria Central