OPINIÓN

Ana María Delgadillo Velásquez

En un mundo donde la confianza está en crisis, la tecnología exige más responsabilidad

En esta columna, una reflexión sobre el papel de la inteligencia artificial en un contexto donde la confianza social enfrenta una profunda crisis. Desde su experiencia en la gestión empresarial, plantea que el verdadero desafío no está en adoptar la tecnología, sino en hacerlo con criterio, responsabilidad y una sólida orientación ética.
4 de mayo de 2026 a las 2:34 p. m.

En los últimos meses he sentido la necesidad de entender un tema del que todos hablan: la inteligencia artificial.

No he sido una persona especialmente interesada en la tecnología, y si soy honesta, tampoco me apasiona. Pero quizá por eso mismo sentí la necesidad de buscar, aprender y comprender de qué se trata.

Tuve la oportunidad de asistir a una charla sobre inteligencia artificial con la convicción de que, como líder, no puedo ignorar los cambios que están transformando la forma en que trabajamos, tomamos decisiones y entendemos el futuro de las organizaciones.

Lo que encontré fue un universo de información sorprendente, pero también desafiante.

Un mundo lleno de posibilidades para mejorar procesos, aumentar la eficiencia y optimizar recursos, pero al mismo tiempo lleno de interrogantes sobre sus límites y sus implicaciones.

Porque la inteligencia artificial no es solo una herramienta tecnológica; es una herramienta que nos obliga a reflexionar sobre la ética.

Este debate llega en un momento particularmente complejo, pues vivimos en una sociedad donde la confianza se ha debilitado y donde la honestidad se pone a prueba en todos los niveles: en la política, en las instituciones y también en las organizaciones.

La veracidad de la información se ha convertido en un desafío cotidiano, y distinguir lo verdadero de lo falso ya no es una tarea sencilla.

En ese contexto, la inteligencia artificial introduce un ingrediente adicional: la capacidad de generar información, analizar datos y producir contenido a una velocidad que supera nuestra capacidad natural de verificar y reflexionar.

La pregunta, entonces, no es si debemos adoptar la inteligencia artificial. La verdadera pregunta es cómo hacerlo con responsabilidad y con suficiente conocimiento.

Desde la gestión empresarial, la inteligencia artificial representa, sin duda, una oportunidad para mejorar la operación de las organizaciones.

Permite, en términos generales, analizar información de manera más ágil, optimizar procesos, reducir costos y responder con mayor velocidad a los cambios del entorno.

En empresas como la que lidero, donde la eficiencia operativa y el control son determinantes, estas herramientas pueden convertirse en aliados importantes para lograr mejores resultados.

Pero junto con las oportunidades también aparecen nuevos riesgos.

La inteligencia artificial puede aumentar errores si se utiliza sin criterio o sin la información suficiente. Puede generar respuestas rápidas, pero no siempre respuestas correctas.

Y ahí está precisamente el punto más importante.

El liderazgo hoy exige algo más que adoptar tecnología; exige desarrollar la capacidad para cuestionarla, validar la información que produce y asumir la responsabilidad sobre su uso.

En un entorno donde la información circula con tanta velocidad, la prudencia y el juicio profesional se convierten en activos estratégicos.

No todo lo que es técnicamente posible es necesariamente conveniente. La verdadera diferencia está en el criterio con el que se utiliza y esa es sigue siendo una distinción que solo el ser humano puede hacer.

Por eso, adoptar una nueva tecnología no es solo una decisión técnica; es una decisión estratégica y ética.

Implica definir límites, establecer criterios y asumir la responsabilidad sobre su impacto.

No podemos confundir eficiencia con automatización total.

No podemos reemplazar personas y perder la esencia ni la cultura organizacional de las empresas.

El objetivo no debe ser desplazar talento, sino liberar tiempo y recursos para que los equipos puedan enfocarse en tareas de mayor valor, en decisiones más estratégicas y en aquello que ninguna maquina puede sustituir: el juicio, la empatía y la confianza.

Como gerente general, mi reto no es adoptar la inteligencia artificial por presión del mercado ni por seguir una tendencia.

Mi reto es integrarla de manera consciente, evaluando su impacto en la operación, en las personas y en la sostenibilidad del negocio.

Significa preguntarme constantemente si la tecnología está generando valor real o simplemente creando una ilusión de modernidad.

Porque el desafío de esta nueva era no será dominar la tecnología, sino mantener la integridad en medio de su avance.

La eficiencia es importante, pero la confianza es indispensable.

Y ninguna innovación, por poderosa que sea, puede reemplazar la responsabilidad humana de hacer lo correcto.

La inteligencia artificial llegó para quedarse.

Pero la honestidad también debe quedarse.

Ana María Delgadillo Velásquez, gerente general de Stretto Colombia.